Cada año, al acercarse el 8 de marzo —fecha en que se conmemora el Día Internacional de la Mujer— se multiplican los mensajes institucionales, campañas publicitarias, discursos políticos y publicaciones en redes sociales teñidas de color morado, mismo que caracteriza dicha conmemoración, sin que existan compromisos reales con la igualdad. El término “lavado violeta”— del inglés purplewashing— se refiere al uso estratégico del discurso feminista o de la defensa de los derechos de las mujeres por parte de empresas, instituciones o figuras públicas, con el objetivo de mejorar su imagen, sin que exista un compromiso genuino con la igualdad de género. Es decir, se utilizan símbolos, consignas o mensajes de empoderamiento femenino como estrategia de marketing o posicionamiento político, mientras en la práctica persisten desigualdades estructurales. Este fenómeno se vuelve especialmente visible cada año en torno al 8M. Muchas instituciones pintan de morado sus logotipos, publican mensajes de apoyo a las mujeres o promueven campañas temporales que hablan de igualdad… que no siempre se traducen en políticas reales o transformaciones profundas. El feminismo no es una moda, ni una estrategia de imagen: es un movimiento histórico que ha impulsado cambios trascendentales en la vida de las sociedades. El origen del 8 de marzo está vinculado a las luchas obreras de mujeres a principios del Siglo XX y a la exigencia de derechos laborales, justicia social y participación política. En 1975, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) reconoció oficialmente la fecha como el “Día Internacional de la Mujer”, consolidándola como un momento global para reflexionar sobre los avances y pendientes en materia de igualdad.
Las conquistas logradas gracias a estas luchas han sido profundas. Las mexicanas votamos, participamos en la vida pública, tenemos acceso a la educación superior y ocupamos espacios de liderazgo que durante siglos nos fueron negados. Uno de los logros más importantes es la paridad constitucional en los cargos públicos. Este proceso ha sido impulsado por reformas legislativas y por una visión política que reconoce que la democracia sólo puede consolidarse si incluye plenamente a las mujeres. El país vive además un momento histórico con la llegada de la primera mujer a la Presidencia de la República, la Dra. Claudia Sheinbaum, un hecho que simboliza décadas de lucha por la igualdad política, lo que significa no sólo un avance simbólico, sino la posibilidad de seguir fortaleciendo políticas públicas que promuevan la justicia social y la igualdad sustantiva. La transformación de la vida pública impulsada en los últimos años también ha puesto en el centro la necesidad de combatir desigualdades históricas. Programas sociales, políticas de bienestar y reformas legales han buscado cerrar brechas que durante mucho tiempo dejaron a las mujeres en condiciones de desventaja, en el entendido de que reconocer lo logrado no significa ignorar los retos que aún persisten. Las mujeres continuamos enfrentando desigualdades económicas importantes. Nuestra participación en el mercado laboral ronda el 46%, mientras que la de los hombres supera el 75%. Además, diversas mediciones señalan que persiste una brecha salarial que puede ubicarse entre 14% y 25%, dependiendo del sector.
La violencia de género sigue siendo uno de los desafíos más urgentes. Cada feminicidio representa una tragedia y una señal de que la sociedad aún tiene mucho que transformar. Y precisamente por eso, el fenómeno del lavado violeta resulta tan preocupante. Cuando la causa feminista se utiliza como una estrategia de imagen, se corre el riesgo de banalizar una lucha histórica y de crear la ilusión de que los problemas ya están resueltos. Cambiar un logotipo a color morado o publicar mensajes de empoderamiento durante marzo, no transforma las estructuras que generan desigualdad. Por ello, resulta fundamental aprender a identificar estas prácticas y exigir coherencia entre el discurso y las acciones.
El 8M exige reflexionar sobre el camino recorrido y sobre lo que aún falta por lograr. La lucha feminista, al igual que el proyecto de transformación que vive México, comparte un objetivo profundo: construir una sociedad más justa, igualitaria y con oportunidades para todas y todos. En ese camino, visibilizar fenómenos como el lavado violeta, resulta fundamental. La igualdad no se construye con discursos ocasionales ni con campañas de temporada, sino con políticas públicas, cambios estructurales y culturales, así como con compromisos reales. El 8 de marzo nos recuerda que el feminismo no es una etiqueta que se utiliza cuando conviene, sino una causa colectiva que busca transformar la sociedad. En esa transformación hacia un país más justo, democrático y más igualitario, las mujeres no sólo participamos: somos protagonistas.




