viernes, 24 abril 2026
Hora: 15:15

¿Escuela de las Américas 2.0?

En la historia reciente de América Latina, pocos símbolos condensan con tanta claridad la intervención extranjera como la Escuela de las Américas. Fundada en 1946 en Panamá y trasladada posteriormente a Fort Benning, Georgia, esta institución se presentó como un centro de formación militar para oficiales latinoamericanos. Sin embargo, lo que en apariencia era cooperación y capacitación, en la práctica se convirtió en un mecanismo de injerencia política y militar de Estados Unidos en la región.

La Escuela de las Américas entrenó a más de 60 mil militares y policías latinoamericanos. Muchos de ellos ocuparon puestos clave en dictaduras y gobiernos autoritarios, aplicando doctrinas de “seguridad nacional” que justificaban la represión interna como defensa contra el comunismo. El resultado fue devastador: desapariciones forzadas, torturas, masacres y persecuciones sistemáticas contra movimientos sociales, campesinos, estudiantes y líderes comunitarios.

La injerencia se manifestó no solo en la exportación de técnicas militares, sino en la imposición de una visión política. La idea del “enemigo interno” fue sembrada en las academias castrenses de la región, moldeando generaciones de oficiales que aprendieron a ver a sus propios pueblos como amenazas. Así, la Escuela de las Américas no solo enseñó tácticas, sino que inoculó una ideología de subordinación a los intereses de Washington.

Los defensores de la institución suelen argumentar que se trataba de un espacio de formación técnica y que no puede responsabilizarse a la escuela por los crímenes cometidos por sus graduados. Pero la evidencia contradice esa narrativa: manuales desclasificados revelan instrucciones sobre tortura y coerción, mientras que los nombres de sus egresados aparecen una y otra vez vinculados a violaciones de derechos humanos en países como Chile, Argentina, El Salvador y Guatemala. No es casualidad que tantos responsables de atrocidades compartan el mismo lugar de formación.

La clausura oficial de la Escuela de las Américas en el año 2000 y su transformación en el Instituto del hemisferio occidental para la Cooperación en Seguridad fue más un cambio de fachada que una ruptura real. La injerencia persiste bajo nuevas formas, con programas de “cooperación” que mantienen la dependencia militar y doctrinal de América Latina respecto a Estados Unidos.

Hoy, cuando la región enfrenta desafíos como la violencia del narcotráfico, la crisis climática y la desigualdad social, resulta urgente cuestionar estos modelos de seguridad importados. La verdadera defensa hemisférica no puede construirse desde la imposición externa ni desde la militarización de la vida social. América Latina necesita instituciones que fortalezcan la paz, la justicia y la soberanía, no academias que perpetúen la represión y la subordinación.

La Escuela de las Américas es un recordatorio de que la intervención extranjera disfrazada de cooperación nunca es neutral. Su legado nos obliga a reflexionar sobre la importancia de construir proyectos propios, basados en la autodeterminación y el respeto a los derechos humanos.

El Escudo de las Américas, impulsado en días recientes por Donald Trump, aparece como una reedición de aquellas viejas prácticas de control militar en la región. Bajo el discurso de la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, este programa busca reforzar la presencia y la influencia de Estados Unidos en los ejércitos latinoamericanos. El riesgo es evidente: que se convierta en una continuación moderna de la Escuela de las Américas, con nuevos nombres y justificaciones, pero con la misma lógica de subordinación y dependencia.

Si América Latina no cuestiona y resiste estos intentos de reeditar las injerencias extranjeras, corremos el peligro de repetir la historia. El Escudo de las Américas puede transformarse en un nuevo laboratorio de doctrinas externas que, en lugar de fortalecer la soberanía y la paz, perpetúe la militarización y la represión. La lección es clara: la seguridad de nuestros pueblos debe construirse desde adentro, con respeto a los derechos humanos y a la autodeterminación, no desde academias que responden a intereses ajenos.

Temas relacionados

Sobre el autor

Comparte en:

Comentarios