Acapulco es mucho más que un destino turístico. Es un símbolo de resonancia nacional, un espacio donde durante décadas convivieron el glamour internacional, la informalidad urbana, la desigualdad estructural y, con el paso del tiempo, la violencia criminal. Hoy, tras los huracanes Otis y John, el puerto se encuentra ante una disyuntiva histórica: limitarse a reconstruir lo que fue o atreverse a reinventarse para visualizar un futuro de prospero.
El Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum ha colocado a Acapulco en el centro de su narrativa de reconstrucción nacional. No es casual que haya decidido pasar unos días de descanso en el puerto, acompañada de su familia, luego de anunciar una de las inversiones públicas más importantes destinadas a la recuperación de una ciudad turística en la historia reciente del país. El mensaje es político, simbólico y estratégico: Acapulco sigue siendo una apuesta ganadora y los embates no detienen su grandeza.
Tras el impacto del huracán Otis, en octubre de 2023, y de John, en septiembre de 2024, las pérdidas humanas y materiales fueron devastadoras. En conjunto, ambos fenómenos dejaron más de 70 personas fallecidas, decenas de desaparecidos y alrededor de 40 mil viviendas dañadas solo en Acapulco. A ello se sumaron pérdidas económicas estimadas en más de 200 mil millones de pesos, afectando hoteles, restaurantes, comercios, infraestructura pública y, sobre todo, miles de empleos vinculados directa o indirectamente al turismo.
Frente a este escenario, el Gobierno federal anunció una inversión pública superior a los 7 mil 500 millones de pesos para la recuperación inmediata del puerto. Los recursos se han destinado principalmente a la rehabilitación integral de la Costera Miguel Alemán —la arteria turística y económica más importante—, a obras de drenaje pluvial y sanitario que no se atendían desde hace décadas, a la reparación de vialidades, redes eléctricas, alumbrado público y espacios urbanos estratégicos.
Además, se proyecta una inversión adicional de más de 8 mil millones de pesos en el marco del programa “Acapulco se Transforma Contigo”, con el objetivo de convertir al puerto en un Centro Integralmente Planeado. Este enfoque busca no solo reparar daños, sino ordenar el crecimiento urbano, mejorar servicios básicos y elevar la calidad de vida de los habitantes permanentes, no únicamente de los visitantes.
El turismo, motor económico del puerto, empieza a mostrar señales de recuperación. En temporadas recientes, la ocupación hotelera rompió récord, con una ocupación del 98.6%, cifras que entusiasman y conforman que la estrategia federal de reposicionamiento está repuntando al destino, más si se considera que aún no se ha recuperado la totalidad de la infraestructura hotelera previa a Otis. Actualmente, se estima que operan alrededor de 11 mil 500 habitaciones, cuando antes del huracán la oferta superaba las 19 mil.
Sin embargo, el contraste sigue siendo evidente. Mientras la Costera renace, muchas colonias populares continúan enfrentando carencias graves: acceso irregular al agua potable, servicios de drenaje insuficientes, transporte público precario e inseguridad persistente. Acapulco sigue siendo una ciudad partida, donde el lujo y la precariedad coexisten a pocos metros de distancia. Un contraste ofensivo entre la opulencia y una sociedad local precarizada, sostenida por una histórica maraña de intereses.
Guerrero continúa siendo uno de los estados más inseguros del país, atravesado por la disputa de múltiples grupos criminales. La presencia del crimen organizado ha impactado directamente en la vida cotidiana, en la economía informal y en la percepción de seguridad del destino, un pendiente clave para su recuperación total.
Y ahí es donde la figura de Sheinbaum toma relevancia. Frente a la catástrofe, ha optado por una estrategia de presencia constante: ha visitado Acapulco en al menos ocho ocasiones oficiales, designó a un funcionario de alto nivel para coordinar la reconstrucción desde el territorio y ha vinculado su imagen política al proceso de recuperación.
La pregunta de fondo no es si la reconstrucción avanza —porque avanza—, sino si esta vez se logrará romper el ciclo histórico de abandono, desigualdad y soluciones parciales. Reinventar Acapulco implica algo más profundo que pintar fachadas y cebras peatonales: exige seguridad sostenible, servicios públicos eficientes, planeación urbana real y oportunidades económicas para quienes han sostenido al puerto incluso en sus peores momentos.
Acapulco merece algo más que ser un sobreviviente de los múltiples desastres naturales. Merece una transformación profunda que dignifique la vida de sus habitantes. La apuesta está sobre la mesa. El tiempo dirá si se trató solo de un intento o significo el comienzo de un renacer prometedor para la bahía más hermosa del mundo.





