En medio del debate sobre litio, CFE, Pemex o tarifas eléctricas, pocos voltean a ver uno de los cambios energéticos más importantes que ha emprendido México este año: la nueva política nacional de biocombustibles. En marzo de 2025 se aprobó una Ley de Biocombustibles moderna, con enfoque de economía circular, uso de residuos y metas de descarbonización. En octubre se publicó su reglamento, que traza una ruta para producir combustibles renovables (como etanol, biodiésel, biogás y bioturbosina) sin deforestar ni competir con cultivos alimentarios.
Este cambio regulatorio no ha tenido reflectores, pero tiene implicaciones enormes. La Agencia Internacional de Energía (IEA) destaca en su World Energy Outlook 2025 que los biocombustibles serán claves para descarbonizar sectores difíciles como aviación y transporte pesado. México, por su potencial agrícola, debería estar al frente de este proceso. Sin embargo, importamos casi todo el etanol que usamos y seguimos agregando MTBE a nuestras gasolinas, un aditivo fósil contaminante.
La nueva política busca revertir eso. Incentiva el uso de suelos marginales, residuos orgánicos y excedentes de caña o sorgo para producir combustibles renovables, al tiempo que prohíbe la deforestación y exige trazabilidad. Esto abre oportunidades para transformar ingenios azucareros, producir bioturbosina para la industria aeroespacial y aprovechar infraestructura petrolera existente.
Un hito clave fue el acuerdo firmado el 25 de agosto de 2025 entre la Secretaría de Energía de México y el Ministerio de Minas y Energía de Brasil. El convenio contempla cooperación técnica y regulatoria, impulso a la producción de etanol y SAF con criterios de sostenibilidad, desarrollo de capacidades técnicas, integración de mercados regionales y colaboración en innovación. México busca aprender de la experiencia brasileña con RenovaBio y adaptarla a su contexto rural, climático e industrial.
Brasil ofrece una guía clara: políticas integradas, apoyo al agricultor, reglas estables y visión de largo plazo. Si México sigue ese camino, puede detonar cadenas productivas rurales, reducir importaciones contaminantes y desarrollar nuevos polos industriales verdes.
La transición energética no se logra solo con paneles solares. También requiere llenar aviones, tractores y camiones con energía renovable. Por eso, los biocombustibles deben dejar de ser un tema técnico de segunda línea y convertirse en política pública prioritaria. Ignorarlos sería un error estratégico.





