Existe un cambio de época a nivel global. Muchos analistas, columnistas, académicos, teóricos, ya nos lo habían anunciado. La llamada era de la normalidad democrática acompañada de un relativo progreso neoliberal ha terminado.
Desde hace unas décadas, los debates sobre la globalización coparon las ciencias sociales incluso teóricos habían anunciado con bombo y platillo una inminente “ciudadanía global”. Y una sociedad cosmopolita. Hoy nos encontramos más lejos de aquella idea.
La cuestión social permea sobre el discurso político; es decir, vemos como los valores típicos del liberalismo: tolerancia, libertades, respeto a la diferencia —entre otros— pierden legitimidad y se refleja en los dirigentes que se eligen para conducir sus respectivas naciones. Aunque no es una generalidad, si podemos observar una tendencia en rechazar el dogma liberal.
Por otro lado, la economía se encuentra globalizada. Los mercados mundiales se encuentran interdependientes uno de otro. Si se deja de producir algún alimento, otro país al otro lado del mundo lo resiente. Las finanzas se ejercen con pinzas y su comportamiento es monitoreado como si fuera una persona en terapia intensiva. Cualquier gesto “adverso” o no convencional y al paciente habría que estarle practicando primeros auxilios. Una realidad difícil de escapar.
La política tiene un destino más o menos similar, la democracia se convirtió en el modelo político de organización absoluto posterior a la Guerra Fría. Cualquier régimen adverso no formaría parte de las prebendas que brinda el libre mercado. No obstante, en los últimos años observamos regímenes cayendo o tomando rutas alternas, guerras sacudiendo Oriente Medio, Europa Oriental y una latente amenaza en América del Sur.
La economía mundial, las finanzas se convulsionan y los regímenes políticos se desestabilizan con facilidad, prueba de la interdependencia entre el modelo político y económico. Por ello llegamos a ver el ejercicio de la política como un mercado, pero parece que esa faceta se está desvaneciendo.
Cada día observamos que la competencia es letra muerta. Lo vemos a nivel económico y político. Las grandes industrias tienen a fusionarse, comprarse entre ellas, para generar amplios monopolios u oligopolios. Un ejemplo: el entretenimiento, Netflix vs. Disney, ya no se diga de las grandes empresas financieras, bancos, social media, productores agrícolas, gas, petróleo, autos, etcétera.
La nueva “normalidad” es una ruptura aparente entre la democracia y el capital, dónde me temo el capital es el que las lleva de ganar. Observamos liderazgos poco usuales a lo acostumbrado y nos percatamos que el discurso político se torna irreverente. Se criminaliza a los marginados (migrantes), se coloca en tela de juicio la orientación sexual, se crean enemigos imaginarios. Se rompe el consenso liberal de la política.
Más allá en definir si los “nuevos” políticos son de izquierda o derecha tenemos que analizar su actuación, es allí dónde realmente nos damos cuenta cuales son sus intenciones a la hora de usar el poder, ¿quiénes se benefician de la actividad política de tal o cual?
Aunque las respuestas parezcan obvias, la cuestión política cambia de ruta y vira hacia la independencia de la cuestión económica. Sin embargo, aún se cuida la fragilidad de los sistemas financieros. Podemos ver personas perdiendo derechos, políticas xenófobas y rechazo abierto a los Derechos Humanos, pero jamás veremos que un país descuide su trato ante los organismos e instituciones financieras globales. Es el dominio del capital sobre la política, pero sin respetar el consenso liberal.
Con mucha claridad estamos entrando a una nueva época, una dónde el orden mundial ya no se encuentra dictado unipolarmente, sino que se escribe conforme las potencias actúan, reaccionan y direccionan sus intenciones.
Esperemos que este 2026 nos traiga mejores porvenires, con la intención de transitar hacia un mundo mejor, más equitativo, igualitario y libre. La política está hecha para dirimir los conflictos sin la necesidad de pasar por la violencia. Si la política se independiza del poder económico, es por que su postura debe ser moral, y es allí donde los grandes líderes se diferencian.
¡Felices fiestas!





