Ciudad de México a 14 diciembre, 2025, 2: 13 hora del centro.
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Cuba sin azúcar

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Cuba fue, durante buena parte de los siglos XIX y XX, el principal exportador de azúcar del mundo. No es nostalgia caribeña, es historia económica verificable. Aquella isla volcó su geografía, su infraestructura y su cultura en torno a la caña; el azúcar fue músculo, moneda y mito nacional. Hoy, en 2025, la zafra toca fondo: la producción cae por debajo de las 200 mil toneladas, un mínimo nunca antes visto desde el siglo XIX.

Técnicamente los motivos de esta tragedia industrial son claros, la falta de combustible y lubricantes, roturas industriales por ausencia de refacciones, y un parque de ingenios reducido a cuenta gotas. Si ayer la isla medía su destino en millones de toneladas y trenes cargados de crudo soviético a cambio de azúcar, hoy rasguña lo imprescindible para abastecer racionamiento, ron y farmacéuticas, e incluso se ve forzada a importar azúcar. Detrás de cada tonelada que no se corta hay una pieza que no llegó, un crédito que no se pudo cursar, un barco que no atracó.

Pero los tecnicismos no son suficientes para explicar semejante derrumbe sin mirar el elefante en la sala, un cerco financiero y comercial de alcance extraterritorial que asfixia transacciones, seguros, logística y financiamiento. Cada noviembre, la Asamblea General de la ONU vota  el fin del embargo. Este año y el anterior, 187 países pidieron levantarlo. Washington e Israel votaron en contra. ¿No les suena a consenso del mundo frente a una anomalía?

Y esa “anomalía” no es sólo impopular sino que es ilegal. La aplicación extraterritorial de sanciones, esa telaraña que impide a bancos europeos, navieras asiáticas o aseguradoras canadienses tocar una operación con Cuba por miedo a represalias en EE. UU., ha sido calificada “ilegal bajo el derecho internacional” por el propio gobierno del Reino Unido cuando se activó el Título III de la Helms-Burton. La Unión Europea adoptó desde 1996 un “bloqueo al bloqueo” (Reglamento 2271/96) que protege a sus empresas y, en documentos oficiales, sostiene que esa extraterritorialidad contraviene el derecho internacional. Si hay que decirlo claro: la zafra cubana se corta también en los escritorios de compliance de media humanidad, intimidados por regulaciones estadounidenses y sionistas que pretenden gobernar más allá de su jurisdicción.

Volvamos a la industria azucarera. Un ingenio no se para por romanticismo: se para cuando no hay piezas, cuando una transferencia SWIFT rebota por sanciones, cuando el flete se encarece por riesgos reputacionales, cuando un proveedor de fertilizantes decide no vender para no perder el mercado norteamericano. Reuters lo resumió sin adornos: escasez de insumos críticos y quiebre operativo en cadena, todo suma. Pero el cuello de botella sistémico es el que impide a Cuba comprar, pagar, transportar y asegurar a costos razonables. Eso es el bloqueo en 2025.

De 8 millones de toneladas a finales de los 80 a esta zafra de centenas de miles. No es sólo declive: es una desconexión forzada del sistema financiero y comercial global que penaliza a terceros si comercian con la isla. 1989 fue un pico; tras la caída del campo socialista vino el “Periodo Especial”; después, la trampa de las sanciones renovadas. Resulto en menos caña plantada, menos ingenios moliendo, menos divisas para reinvertir… y un círculo vicioso, que castiga a un pueblo entero por decidir sobre su destino político.

En esta película, los titulares de prensa suelen cargar la tinta en “el fracaso del modelo”, como si el mercado mundial fuese un jardín neutral y Cuba, un mal jardinero. No lo es. Cuando un país no puede asegurar un buque, pagar un proveedor o cobrar una exportación porque un tercero que no es juez ni parte en ese contrato impone sanciones con efectos fuera de sus fronteras, no hablamos de “ineficiencia” a secas: hablamos de una arquitectura de coerción que convierte en “riesgo” cualquier operación con la isla. Eso deforma precios, encarece fletes, dilata mantenimientos y, sí, desarticula la zafra.

La agroindustria del azúcar en México igual se encuentra en riesgo. Con pagos a las y los campesinos cañeros cada vez menor por tonelada, triangulaciones de empresas transnacionales de EEUU para pagar precios menores e importación de azúcar mezclada con aserrín que daña directamente a los consumidores de un endulzante natural. Los saboteos no son cosa nueva en México y debemos de ver que la única manera de proteger la industria nacional, es desarrollando todo lo necesario dentro del país para blindarnos de cualquier boicot o bloqueo como nuestros hermanos cubanos.

México y América Latina, que saben de zafras, de ingenios y de soberanía, deberían leer esta crisis con menos prejuicio y más realismo logístico. Hay cooperación posible en insumos, refacciones, asistencia técnica, financiamiento con blindajes legales y corredores de pago que no pasen por el veto de siempre. ¿Idealista? No tanto: si Europa dicta un estatuto de bloqueo para proteger a sus empresas, Latinoamérica puede articular mecanismos regionales para comercio esencial y finanzas de desarrollo sin intimidación extraterritorial.

La caña no miente. La zafra cubana de 2025 es un grito seco: no se puede podar el árbol, sancionar el agua y luego reprochar que el fruto no crece. El bloqueo es la variable determinante que convierte cualquier plan de rescate en promesa incumplible. Cuba ha tomado pasos para modernizarse y abrir su economía. Pero sin levantar el bloqueo la zafra seguirá en números rojos y el Caribe seguirá pagando, en azúcar y en dignidad, el precio de una política que envejeció peor que cualquier ingenio azucarero.

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