He pasado buena parte de mi vida profesional acompañando a alcaldes y gobernadores en el arte —y a veces en la tragedia— de la comunicación política. He visto campañas ganadas con una consigna poderosa y gobiernos debilitados por una frase mal dicha. He sido testigo, también, de una mutación silenciosa pero profunda: la política dejó de habitar únicamente en los salones del poder y migró al territorio inestable de la atención. Hoy, más que votos, se disputan segundos de mirada. Y en ese nuevo campo de batalla, el político tradicional corre el riesgo de convertirse en una figura anacrónica.
Byung-Chul Han ha insistido en que vivimos en la sociedad del cansancio, donde el exceso de positividad y de estímulos produce sujetos exhaustos, incapaces de contemplación. A esa lógica no escapa la política. El ciudadano ya no se siente interpelado por largos discursos programáticos ni por documentos técnicos impecables. Está fatigado. Y frente al cansancio, lo único que sobrevive es aquello que logra conmover, interrumpir, producir sentido en medio del ruido. Aquí emerge una verdad incómoda para muchos: el político que no entiende la economía de la atención está condenado a la irrelevancia.
Durante años formamos líderes para la tribuna, para el mitin, para el comunicado oficial. Hoy, ese repertorio resulta insuficiente. No porque carezca de valor, sino porque ha perdido centralidad. La plaza pública ya no es la explanada municipal; es la pantalla del teléfono. Y allí rigen otras reglas: cercanía, autenticidad performativa, narrativa personal. No se trata de frivolizar la política, sino de comprender que la forma es también fondo. Como advertía Marshall McLuhan, el medio no solo transmite el mensaje: lo transforma.
En este punto, muchos se escandalizan cuando hablo de políticos-influencers. Creen que se trata de reducir la política a likes y tendencias. Yo sostengo lo contrario. El influencer no es, necesariamente, un ser superficial; es alguien que ha entendido cómo se construye comunidad en la era digital. Influenciar no es manipular, sino incidir en la conversación pública. Y la política, desde sus orígenes, siempre ha sido eso: la disputa por el sentido común.
Byung-Chul Han también nos habla de la sociedad de la transparencia, donde todo debe mostrarse, exponerse, compartirse. El político que se aferra al hermetismo, al lenguaje críptico o al guion rígido, genera desconfianza. Hoy se exige una exposición permanente: del rostro, de la voz, incluso de la intimidad. Este fenómeno es ambivalente. Por un lado, puede derivar en una obscenidad de lo privado; por otro, abre la posibilidad de una política más humana, menos sacralizada. El desafío está en no confundir transparencia con banalidad.
He visto gobernantes fracasar no por malas decisiones, sino por no saber narrarlas. Y he visto otros, con gestiones mediocres, sostener capital político gracias a un relato eficaz. Esto no es nuevo —Maquiavelo ya lo intuía—, pero hoy la velocidad lo intensifica todo. La narrativa ya no se construye en años, sino en ciclos de 24 horas. Aquí entra otra lección filosófica: en la modernidad tardía, como diría Zygmunt Bauman, todo es líquido. La lealtad es frágil, la memoria corta, la reputación volátil.
Por eso afirmo, desde mi experiencia, que la trascendencia política ya no se juega únicamente en el cargo, sino en el contenido. El político que aspire a dejar huella debe producir sentido de manera constante: ideas, símbolos, gestos. Debe convertirse en un creador de significado. No basta con administrar; hay que comunicar existencia. En un ecosistema saturado, quien no emite desaparece.
Ahora bien, este tránsito del político tradicional al político-influencer no debe ser acrítico. Hannah Arendt advertía sobre el peligro de reducir la política a espectáculo. La acción política auténtica, decía, tiene que ver con la pluralidad y con la palabra compartida en el espacio público. El riesgo actual es que la política se encierre en burbujas algorítmicas, donde solo se escucha al convencido. El reto del nuevo liderazgo es usar las herramientas de la influencia digital para ampliar el diálogo, no para empobrecerlo.
Escribo estas líneas no como un entusiasta ingenuo de las redes, sino como alguien que ha aprendido —a veces a golpes— que la comunicación política es una forma de filosofía práctica. En ella se juegan concepciones del poder, del sujeto y de la comunidad. El político que logre comprender esto podrá trascender su tiempo; el que no, será apenas una nota al pie en la cronología del olvido.
En definitiva, no se trata de que los políticos “jueguen” a ser influencers, sino de que asuman, con responsabilidad filosófica, que hoy influir es gobernar imaginarios. Y en una época donde el sentido está en crisis, quizá esa sea la forma más profunda de ejercer el poder.
Nos vemos en la próxima.



