Ciudad de México a 11 diciembre, 2025, 6: 49 hora del centro.
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El espejismo de la vocación productiva es la educación

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En los últimos sexenios, México ha transitado por una serie de proyectos que buscan impulsar el desarrollo económico regional. Felipe Calderón apostó por los Clústeres Regionales; Enrique Peña Nieto, por las Zonas Económicas Especiales (ZEE); y ahora, bajo la administración de Claudia Sheinbaum, se promueven los Polos de Desarrollo. En todos los casos, la meta es la misma: detonar el crecimiento en zonas rezagadas del país.

No obstante, más allá de las diferencias de nombre o estrategia, los objetivos del desarrollo regional en México han permanecido prácticamente inalterados. Durante décadas, los gobiernos han privilegiado la infraestructura y la inversión como ejes del progreso, pero han relegado un elemento que resulta indispensable para alcanzar un crecimiento sostenido: la educación vinculada a la vocación productiva local.

La política económica nacional ha tenido un enfoque eminentemente material: parques industriales, modernización de puertos, vías férreas, corredores logísticos. Todo ello es necesario, pero insuficiente si no se acompaña de una formación técnica y profesional capaz de responder a las necesidades productivas de cada región. Sin conocimiento no hay desarrollo duradero; sin educación arraigada al territorio, no hay soberanía económica posible.

El Plan México de la presidenta Sheinbaum, aunque reconoce las vocaciones productivas del país, repite la misma omisión: al no considerar una estrategia educativa paralela que forme a las y los profesionistas conforme a las características de cada zona. México requiere un modelo educativo propio, diseñado para fortalecer sus regiones y no para abastecer la demanda del mercado global.

Estados como Sinaloa, Chihuahua, Jalisco, Michoacán o Guanajuato —donde el campo, la agroindustria y la ganadería son pilares históricos— ofrecen un ejemplo claro. Sus condiciones naturales han convertido a estas entidades en el corazón agrícola del país. Sin embargo, no se ha consolidado allí una red educativa que impulse carreras afines, como Agronomía, Ingeniería Agrícola, Veterinaria, Zootecnia o Sostenibilidad. Apostar por ese tipo de formación sería sembrar el futuro del país a largo plazo, más allá del horizonte de un sexenio.

Preocupa, además, que no se considere la profesionalización de la mano de obra local. Miles de jóvenes se ven obligados a migrar en busca de oportunidades laborales, dejando atrás sus comunidades. Este desplazamiento constante erosiona el tejido social y debilita la identidad regional. El verdadero desarrollo debe permitir que los mexicanos crezcan y prosperen en su propio territorio, con oportunidades acordes a sus capacidades y a los recursos de su entorno.

Hoy, los Polos de Desarrollo Económico para el Bienestar (PODECOBI) buscan retomar la idea de fortalecer la vocación productiva nacional. De los 14 aprobados, 11 ya están en operación y varios más en evaluación. Sin embargo, el éxito de estos proyectos no debe medirse únicamente en cifras o inversiones, sino en la capacidad de los mexicanos para convertirse en protagonistas de su propio progreso.

México necesita un modelo económico- educativo que responda a su diversidad productiva y que forme profesionales comprometidos con el desarrollo de sus regiones. Un país verdaderamente fuerte es aquel que produce lo que consume, educa para lo que trabaja y crece desde sus raíces.

Por ello considero que el desarrollo económico debe ser una obra compartida con quienes habitan y sostienen cada rincón del territorio. Solo así podremos aspirar a un crecimiento auténtico, sostenible y orgullosamente mexicano.

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