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El modelo de gobierno de la 4T, el humanismo mexicano

postal PP horizontal Marcela Huerta (1)

Durante el periodo neoliberal, que inició en 1982 con la presidencia de Miguel de la Madrid y concluyó en 2018 al finalizar el gobierno de Enrique Peña Nieto, México fue gobernado desde una lógica profundamente alejada de la realidad que vivía el Pueblo. Gobernar, para el neoliberalismo, se redujo a decir que la economía crecía, aunque los salarios no alcanzaran, el empleo fuera precario y la pobreza siguiera aumentando. El resultado fueron salarios bajos, servicios caros, campo abandonado, migración forzada y gobiernos ricos con Pueblo pobre. Frente a ese modelo excluyente, la Cuarta Transformación planteó un cambio de fondo, un modelo de gobierno sustentado en el humanismo mexicano, donde el centro de la acción pública vuelve a ser la dignidad humana.

El neoliberalismo y el humanismo mexicano representan dos modelos de país profundamente opuestos. Mientras el neoliberalismo de los gobiernos prianistas colocó al mercado por encima de las personas y redujo al Estado a un simple administrador de crisis, el humanismo mexicano devuelve al gobierno su responsabilidad social de garantizar bienestar, derechos y dignidad.

Durante el periodo neoliberal, la prosperidad se concentró en unos cuantos bajo la falsa promesa de que algún día “derramaría” hacia abajo. En contraste, el humanismo mexicano sostiene que la prosperidad solo es legítima si es compartida y que no puede haber gobierno rico con Pueblo pobre. De ahí surge la política de austeridad republicana como principio ético para poner fin al dispendio y destinar los recursos públicos al bienestar colectivo.

Lo que antes se perdía en privilegios y corrupción, hoy se traduce en derechos. Para 2026, se proyecta que el Gobierno de México destine más de un billón de pesos a programas sociales, beneficiando a 42.9 millones de personas en todo el territorio nacional. Esta asignación histórica busca garantizar derechos básicos como educación, salud y bienestar. La pregunta es inevitable: ¿qué hacían con esos recursos los gobiernos neoliberales?

El neoliberalismo gobernó desde la distancia; el humanismo mexicano gobierna desde el territorio y la cercanía. El primero normalizó la desigualdad; el segundo coloca la igualdad sustantiva como objetivo del Estado. Mientras el neoliberalismo toleró la corrupción como parte del sistema, el humanismo mexicano la combate como una forma de violencia estructural que le quita recursos y oportunidades a quienes menos tienen. Por ello, uno de sus pilares es la honradez y la honestidad, entendidas como coherencia entre lo que se piensa y lo que se hace.

En el modelo humanista, la economía deja de estar al servicio del mercado y se orienta al bienestar. El crecimiento solo tiene sentido si hay distribución de la riqueza, porque eso es desarrollo. A diferencia del dogma neoliberal, aquí se afirma que el mercado no sustituye al Estado. El Estado no se diluye ni renuncia a su responsabilidad económica, política y social; su función principal es mejorar las condiciones de vida y de trabajo del Pueblo.

De ahí se desprende uno de los principios más claros del humanismo mexicano “Por el bien de todos, primero los pobres. No dejar a nadie atrás, no dejar a nadie fuera”. Esto implica igualdad sustantiva entre mujeres y hombres, dignidad para las personas adultas mayores, derechos para las juventudes y el rechazo absoluto a cualquier forma de discriminación.

Mientras el neoliberalismo midió el éxito en cifras macroeconómicas, el humanismo mexicano lo mide en bienestar, acceso a derechos y calidad de vida. Donde antes hubo privatización y abandono de lo público, hoy hay defensa de la soberanía y de los bienes comunes. Un ejemplo claro es PEMEX, que durante el periodo neoliberal fue debilitada para abrir paso al interés privado, comprometiendo la soberanía energética del país. En contraste, el humanismo mexicano reconoce que PEMEX es un activo estratégico del Estado, fundamental para el desarrollo nacional y para garantizar recursos que se traduzcan en bienestar social.

El humanismo mexicano reconoce que no hay paz sin justicia. La violencia y la inseguridad no se combaten solo con fuerza, sino atendiendo sus causas, la pobreza, desigualdad y falta de oportunidades. Reactivar la economía, generar empleo y garantizar bienestar es también una política de seguridad. Este modelo recupera el principio histórico “El respeto al derecho ajeno es la paz”, orientando una política exterior basada en la no intervención y la cooperación entre Pueblo.

En conjunto, estos principios configuran un modelo de gobierno que no idealiza al poder, sino que lo humaniza. La Cuarta Transformación propone gobernar con ética, libertad y confianza, apostando no solo al bienestar material, sino también al bienestar del alma colectiva. Como ha dicho el presidente Andrés Manuel López Obrador: “El amor al prójimo es la esencia del humanismo”. Ese principio devuelve sentido a la política, gobernar para servir y no para servirse, poner al centro a quienes fueron olvidados y demostrar que otra forma de gobernar es posible.

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