Imaginemos que una mañana el país despierta distinto, no porque haya ocurrido una catástrofe visible, no hay sirenas ni humo en el horizonte, no hay tanques en las calles, simplemente algo se ha desplazado en silencio, como cuando el piso cede unos milímetros y nadie lo nota hasta que la casa comienza a resquebrajarse, y en ese México que amanece torcido ya no existe el salario mínimo que creció por encima de la inflación, ni las pensiones universales que aseguraban vejez con dignidad, ni las becas que mantenían a millones de jóvenes en la escuela, ni el derecho a la salud como promesa tangible, ni la idea, tan simple y tan subversiva, de que el gobierno existe para servir y no para servirse.
En ese país distópico, las refinerías vuelven a ser ruinas rentables para otros, la electricidad deja de ser palanca de desarrollo y vuelve a ser mercancía, el campo regresa a la orfandad, los pueblos indígenas a la invisibilidad, y el sur del país vuelve a ser apenas una nota al pie del progreso ajeno. Las obras que cosieron regiones enteras se detienen porque “no son rentables”, los programas sociales se reducen porque “distorsionan el mercado”, la política salarial se congela porque “espanta inversiones”, y la palabra bienestar es archivada como si fuera una ingenuidad juvenil.
Nada de eso ocurre por error. Es el sueño cumplido de una oposición que nunca logró convencer al pueblo, que jamás supo hablarle a quienes viven de su trabajo, que no construyó un proyecto de nación y que, frente a su propio vacío, aprendió a mirar hacia afuera esperando que no sea el voto, sino una intervención extranjera la que le devuelva el poder. Ya no confían en la gente; confían en que alguien más venga a hacer por ellos lo que no pudieron hacer con el país.
En ese México, la política deja de caminar en la calle y se instala en salones alfombrados, el gobierno ya no dialoga con las comunidades sino con las calificadoras, la soberanía se vuelve un concepto incómodo y la dignidad nacional una exageración retórica. El país vuelve a organizarse alrededor de las élites, las propias y las ajenas, y la mayoría regresa a su lugar histórico, ese sitio discreto donde se sobrevive sin molestar.
Los que pidieron ayuda desde afuera descubren demasiado tarde que quien entra por la puerta grande no viene a compartir la mesa, viene a decidir el menú. Pero ya es tarde, porque el país ha vuelto a acostumbrarse a que otros manden, a que la desigualdad sea normal, a que el futuro no se discuta, se herede.
La Cuarta Transformación nació precisamente para romper con ese destino. El expresidente Andrés Manuel López Obrador no fundó un partido, abrió una grieta en la historia por donde volvió a entrar el pueblo. Colocó en el centro a quienes siempre habían sido periferia, cambió la pregunta fundamental de la política, ya no se trataba de cuánto crece la economía, sino de para quién crece. Hoy, la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo sostiene esa herencia con una estatura que el mundo reconoce, una presidenta que gobierna con rigor, ciencia y convicción social, que dialoga con las potencias sin bajar la mirada y que entiende que la soberanía no es grito, es estructura.
Pero la historia no se gana de una vez y para siempre.
La oposición no descansa porque no sabe construir, espera. Espera que el movimiento se vuelva costumbre, que la transformación se conforme con administrar, que el gobierno olvide que nació en la calle y no en la oficina. Espera que la política deje de ser vínculo y se vuelva trámite.
Por eso Morena no puede cantar victoria. Nunca. La política que cambió a México nació en la asamblea, en la colonia, en el ejido, en la conversación directa con el pueblo. Ahí debe seguir respirando. No puede convertirse en maquinaria ni en escritorio.
Porque si alguna vez dejamos de construir desde abajo, alguien más volverá a pedir desde arriba.
Y entonces, ese México que hoy solo existe como pesadilla literaria dejará de ser ficción para convertirse, otra vez, en realidad.



