¿Por qué es tan relevante esta canción de Bersuit?
Bueno, porque hay momentos en la historia en los que el futuro deja de ser promesa y se convierte en advertencia. Instantes en los que la democracia, cansada y herida, mira hacia atrás y confunde el miedo con orden, la mano dura con solución, el autoritarismo con eficacia. Chile atraviesa hoy uno de esos momentos. La llegada de José Antonio Kast a la presidencia no es solo un relevo en el poder: es un síntoma profundo de época.
«Yo veo el futuro repetir el pasado,
veo un museo de grandes novedades…»»
El tiempo no para. Y la historia tampoco.
Las dictaduras nunca llegan anunciándose como tragedia. Llegan como farsa. Se presentan con discursos morales, con promesas de estabilidad, con el lenguaje seductor de la eficiencia. Así se impuso Franco en una España exhausta; así gobernó Mussolini desde el culto al Estado; así Pinochet tomó Chile bajo la excusa de salvar a la patria. Cambian los nombres, pero la fórmula persiste: concentrar el poder, anular la disidencia y disciplinar a la sociedad.
Las consecuencias están escritas con sangre y con hambre. El franquismo dejó ejecuciones y pobreza; el fascismo italiano arrastró a su pueblo a la guerra; y el pinochetismo dejó miles de ejecutados, desaparecidos y torturados, además de una desigualdad estructural que aún define la vida chilena. Nada de eso fue un exceso aislado: fue política de Estado.
El pinochetismo no fue solo una doctrina económica: fue una maquinaria de miedo. Más de 38 mil personas fueron encarceladas y torturadas por razones políticas. Y mientras se vendía al mundo el llamado “milagro chileno”, en 1987 casi la mitad del país, alrededor del 45 % de la población, vivía en pobreza. Mercado sin justicia. Crecimiento sin reparto. Orden sin dignidad.
«Y tu cabeza está llena de ratas,
te compraste las acciones de esta farsa…»
La metáfora es precisa y cruel. Comprar acciones es creer en una empresa, apostar por un crecimiento futuro, imaginarse socio de un éxito que promete rendimientos. Eso es exactamente lo que hoy venden las ultraderechas neoliberales: la ilusión de que todos podemos ser empresarios, de que el mercado lo resuelve todo, de que el Estado estorba y la desigualdad es solo falta de esfuerzo. Pero no se compraron acciones de una empresa real. Se compraron acciones de una farsa.
Ese es el núcleo del neoliberalismo extremo que hoy encarnan figuras como Javier Milei en Argentina o José Antonio Kast en Chile. El mercado no regula: jerarquiza. Y el Estado no se reduce para liberar, sino para abandonar.
Así operan los autoritarismos modernos: no siempre con botas, sino con gráficos; no siempre con fusiles, sino con discursos de eficiencia; no siempre encarcelando cuerpos, sino capturando expectativas.
«Disparo contra el sol
con la fuerza del ocaso…»
Ese es el gesto histórico de los pueblos frente al poder que se cree eterno. Atreverse a disparar contra el sol, aunque parezca invencible.
«Pero si pensás que estoy derrotado,
quiero que sepas que me la sigo jugando…»
Así caminan hoy las democracias populares de nuestra región. Puede haber derrotas, pero no rendición.
El tiempo no para. Y la memoria no puede detenerse.





