Ciudad de México a 24 enero, 2026, 6: 42 hora del centro.
Ciudad de México a 24 enero, 2026, 6: 42 hora del centro.

El tiempo que necesita una transformación verdadera

PP H Manuel

A siete años de iniciada la Cuarta Transformación conviene recordar algo incómodo pero urgente. Ningún proyecto histórico serio se consolida en un sexenio y menos aun cuando se hereda un país marcado por treinta y seis años de neoliberalismo. Todavía queda mucho por resolver y ser realistas exige una crítica constante y constructiva. Sin ella, miraríamos la historia con la impaciencia de las redes sociales y no con la perspectiva que un proceso de cambio profundo demanda.

Para entender este momento hay que mirar hacia atrás. El llamado Milagro Mexicano, de 1940 a 1982, sostuvo un crecimiento notable que transformó la economía y la vida pública del país. Sin embargo, esa prosperidad convivió con autoritarismo, represión y un sistema político cerrado. Cuatro décadas de construcción terminaron en la crisis de 1982 que reveló los límites del modelo y abrió paso a un periodo muy distinto.

Desde 1982 hasta 2018 se impuso el modelo neoliberal. Privatizaciones masivas, debilitamiento del gasto social, salarios que perdieron gran parte de su poder adquisitivo, desigualdad creciente y una pobreza persistente marcaron la vida cotidiana de millones. Tres décadas y media fueron suficientes para convertir la precariedad en normalidad y para que el Estado quedara subordinado a intereses privados que moldearon instituciones, políticas y sentido común. Ese es el terreno desde el cual la 4T comenzó a construir una alternativa.

La Cuarta Transformación lleva apenas siete años y ha logrado reconfigurar prioridades públicas. El salario mínimo aumentó de manera histórica, los programas sociales se elevaron a rango constitucional, más de la mitad de los hogares recibe apoyos directos, la inversión pública se recuperó y más de 13 millones de personas salieron de la pobreza. No son cifras menores ni tampoco un punto de llegada. Es la etapa inicial de un proyecto que abrió posibilidades que durante décadas parecían canceladas, pero que aún no se ha consolidado.

Si el neoliberalismo necesitó treinta y seis años para arraigarse en instituciones, economías familiares y mentalidades colectivas, desmontarlo y reemplazarlo no puede hacerse en dos ciclos electorales. La experiencia latinoamericana demuestra que los avances populares requieren continuidad de políticas, capacidad de corrección y una relación sólida entre gobierno y sociedad. También enseña que, cuando un proyecto pierde su rumbo ético o deja intactas las estructuras que quería transformar, se abre paso una restauración conservadora más dura y regresiva que la anterior.

Por eso la transformación necesita tiempo y memoria. Tiempo para profundizar lo logrado y corregir lo necesario. Memoria para no olvidar lo que significaron las décadas de desigualdad, desmantelamiento estatal y abandono social. Cuidar la transformación implica sostener una crítica leal, fortalecer la participación social y mantener viva la brújula ética que le dio origen. Lo contrario sería permitir que el país regrese a la larga noche neoliberal que tanto ha costado superar.

En esta batalla de largo aliento no basta con haber iniciado el cambio. Lo esencial es no abandonarlo antes de que madure, porque lo que está en juego es el rumbo de México para las próximas generaciones.

 

Sobre el autor

Comparte en:

Comentarios