El zumbido lejano de las aeronaves sobre el país oculta un grito silencioso en las torres de control: los trabajadores del Sindicato Nacional de Controladores de Tránsito Aéreo (SINACTA) han decidido “trabajar bajo protesta” en al menos 62 aeropuertos del país. No se trata de un ritual vacío; es la señal de alarma que se prende cuando en una función esencial que es la seguridad aérea, el humano que la sostiene ya no puede más.
Son los controladores los que sostienen ese frágil equilibrio entre el cielo y la tierra, y sin embargo denuncian jornadas extenuantes, falta de personal, retraso en pagos, instalaciones que se caen a pedazos, y equipos que parecen reliquias. La razón social puede seguir operando, pero ¿a qué costo? Cuando el operador está al filo del cansancio, la operación ya no es solo una cuestión de productividad: es una cuestión de riesgo.
El problema no es nuevo. Desde hace al menos un sexenio el gremio advertía el déficit de cientos de controladores capacitados, la renovación estancada y la apertura de nuevas terminales sin la contrapartida humana que garantice que el sistema trabaja con el músculo necesario. Este desgaste estructural no admite parches con buenas intenciones: exige decisión, estrategia y acción.
El marco jurídico de su contrato, regulado en los “Condiciones Generales de Trabajo Exclusivas para los Controladores de Tránsito Aéreo”, reconoce derechos y obligaciones. Sin embargo, cuando la letra se impone ante un ambiente de desgaste, el papel se convierte en un eco sin sustancia. Y eso es lo que están dejando ver con su protesta: no exigir un privilegio, pedir lo básico para poder cumplir bien su tarea.
Esta situación cobra una dimensión más amplia cuando se extrapola al régimen laboral conocido como Apartado B del artículo 123 constitucional, bajo el cual se encuentran muchos trabajadores al servicio del Estado. En ese régimen, la promesa de protección se desliza hacia la precariedad cuando la estructura —salario digno, descanso real, infraestructura adecuada— se debilita. Y las alertas aparecen cuando los que sostienen servicios críticos trabajan “bajo protesta”, conscientes de que su reclamo no solo es por su bien sino por el bien de todos.
No se trata de confrontar por confrontar, ni de estigmatizar sin matices a la administración encabezada por Claudia Sheinbaum; pero sí se trata de señalar que, en este punto, hace falta respuesta: inversión seria en capital humano, revisión inmediata de los turnos para garantizar descansos y seguridad, sustitución de los equipos obsoletos, pago puntual de las horas extraordinarias, capacitación continua y reclutamiento urgente para cubrir la lista de alrededor de 500 controladores faltantes que el gremio ha estimado.
Cuando un servicio tan esencial como el del control de tráfico aéreo opera con presión constante, estamos ante una vulnerabilidad que va más allá de la condición laboral: afecta la seguridad del país. Cada día que se retrasa la solución es un día en que la eficacia del servicio depende más de la voluntad individual que de un sistema sólido. ¿Esto es lo que queremos? Un sistema que dependa del héroe cansado en vez del trabajador respaldado.
La protesta silenciosa de los controladores es un reflejo de una verdad incómoda: no basta con decir que se respeta al trabajador público, hay que demostrarlo con hechos. Y no basta con prometer que se cumplirá el mando constitucional del trabajo digno, hay que arrancar de raíz las condiciones que lo impiden. La estructura está ahí, la norma está ahí, lo que falta es la implementación en serio.
Por eso, hago un llamado: prestemos atención. A la torre de control, al trabajador que en el silencio de su turno sostiene la seguridad de todos, a los archivos que ya acumulan denuncias y a las alertas que ya son visibles. No dejemos que la tranquilidad del despegue o del aterrizaje nos distraiga de lo que sucede detrás. Porque cuando falla el trabajador, falla el sistema. Cuando falla el sistema, volar deja de ser un acto de rutina y se convierte en un acto de esperanza.
Es momento de que como sociedad exijamos que quienes protegen los cielos sean protegidos también. Para que no haya más protestas silenciosas, sino reconocimiento palpable. El cielo está en sus manos; su dignidad también debería estar en nuestras políticas.



