“Probablemente estoy pidiendo demasiado…”
Juan Gabriel
El Zócalo capitalino es, sin duda, el corazón simbólico de México. Allí se celebran las victorias deportivas, los conciertos multitudinarios, las ceremonias oficiales y también las protestas que buscan marcar el rumbo político del país. En apenas una semana, ese mismo espacio fue testigo de dos eventos que, aunque distintos en naturaleza, revelan la tensión entre cultura y política, entre la nostalgia colectiva y el oportunismo partidista de la derecha enclenque.
El 8 de noviembre, más de 170 mil personas se congregaron para revivir el histórico concierto de Juan Gabriel en Bellas Artes de 1990. Netflix y el Gobierno de la Ciudad de México organizaron la proyección gratuita en pantallas gigantes, y el resultado fue un mar de voces coreando las canciones del “Divo de Juárez”. La frase que él cantaba —“en el mismo lugar y con la misma gente”— adquirió un nuevo sentido: la música convoca sin distinción de edad, ideología o partido. Fue un momento de unidad, de celebración compartida, de nostalgia que se transformó en fuerza cultural.
Una semana después, el 15 de noviembre, el mismo Zócalo recibió a la llamada marcha Z. Convocada en redes sociales por colectivos (supuestamente) juveniles, la protesta buscaba visibilizar la inconformidad de la generación Z frente a la inseguridad, la falta de oportunidades y la precariedad laboral. Miles de jóvenes caminaron desde el Ángel de la Independencia hasta la Plaza de la Constitución, con consignas que exigían justicia y mejores condiciones de vida. Sin embargo, lo que pudo ser un genuino despertar generacional terminó opacado por la presencia de los mismos personajes de siempre: Rafael Loret de Mola, Emilio Álvarez Icaza, Guadalupe Acosta Naranjo, Pedro Ferriz Hijar y comunicadores afines a la ultraderecha política como Manuel López San Martín de TV Azteca quien en esta ocasión decidió (quién sabe por qué) gastar las suelas de los mocasines en lugar de hacer su acostumbrado periodismo de escritorio.
De nuevo, “en el mismo lugar y con la misma gente”. Cambian los logos, cambian los colores, pero los protagonistas son los mismos. Antes aparecieron en FRENAAA, en los Chalecos Amarillos, en el movimiento “El INE no se toca”, en la Marea Rosa y en la coalición Va por México. Ahora se presentan bajo la bandera juvenil de la generación Z. La repetición es evidente: los mismos liderazgos tradicionales buscan legitimarse a través de nuevas causas, disfrazando agendas partidistas con ropajes ciudadanos.
El impacto de esta politización fue inmediato. La protesta derivó en enfrentamientos verbales entre los mismos convocados quienes repudiaron la presencia de los políticos de la derecha desgastada y oportunista, así como en enfrentamientos físicos con elementos de la policía y derribo de vallas frente Palacio Nacional producto de la mal lograda intentona desestabilizadora de la derecha y su bloque negro violento y a la vez revictimizante. Y en medio de estas disputas, la voz genuina de los jóvenes quedó diluida.
El contraste con el concierto de Juan Gabriel es revelador. Mientras la música reunió a 170 mil asistentes en un ambiente festivo y cultural, la marcha Z apenas congregó a entre 30 mil y 50 mil asistentes; y terminó marcada por tensión y violencia. La diferencia en las convocatorias muestra que la cultura puede unir multitudes sin necesidad de consignas, mientras que la política, cuando se repite con los mismos actores, divide y desgasta.
El Zócalo, ese espacio que condensa la vida pública mexicana, nos mostró en pocos días dos realidades opuestas: la fuerza de la cultura que trasciende generaciones y la fragilidad de un movimiento juvenil que, al ser apropiado por los mismos de siempre, perdió autenticidad. La pregunta que queda es si la generación Z logrará romper el ciclo y construir liderazgos propios, o si seguirá condenada a que su voz sea usada por quienes, una y otra vez, aparecen “en el mismo lugar y con la misma gente”.


