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Entre la no intervención y el “destino manifiesto”

postal PP horizontal Agustín Mercado

En el tablero geopolítico del continente americano, pocas ideas han tenido una vida tan larga —y tan conflictiva— como la Doctrina Monroe y la Doctrina Estrada. Ambas nacieron en contextos históricos distintos, con lenguajes diplomáticos propios de su tiempo, pero hoy reaparecen en el debate público mexicano bajo una nueva lectura: la que propone la Cuarta Transformación. Desde esa visión, el contraste entre ambas doctrinas no es solo académico, sino profundamente político y ético.

La Doctrina Monroe, proclamada en 1823, se resumió en una frase tan famosa como ambigua: “América para los americanos”. En la práctica histórica, sin embargo, ese principio derivó en una política de tutela y, con frecuencia, de intervención de Estados Unidos sobre América Latina. Golpes de Estado, bloqueos económicos, presiones diplomáticas y “exportación” de modelos políticos fueron justificados durante décadas bajo la lógica de proteger al hemisferio de influencias externas. Desde la perspectiva latinoamericana —y especialmente desde México— Monroe terminó significando subordinación y asimetría.

En el extremo opuesto se encuentra la Doctrina Estrada, formulada en 1930, como respuesta directa a esa historia de intervencionismo. Su eje central es la no intervención y el respeto irrestricto a la autodeterminación de los pueblos, evitando juicios sobre la legitimidad de gobiernos extranjeros. México, bajo esta doctrina, se asumió no como juez, sino como un Estado soberano que exige el mismo respeto que otorga. Estrada fue, en su momento, una afirmación de dignidad diplomática frente a las grandes potencias.

Es justamente ahí donde la Cuarta Transformación encuentra su anclaje discursivo. El proyecto político impulsado desde 2018 ha reivindicado la Doctrina Estrada como una herencia histórica coherente con su narrativa de soberanía, independencia y rechazo al neoliberalismo global. En el discurso de la 4T, no intervenir no es pasividad: es una postura activa contra el neocolonialismo, contra la imposición de modelos económicos y políticos ajenos a la realidad nacional.

Desde esta óptica, la Doctrina Monroe representa todo aquello de lo que México busca distanciarse: hegemonía, injerencia y la idea de que unos países tienen derecho a decidir el destino de otros. La Estrada, en cambio, se alinea con la narrativa de la 4T de “primero los pobres”, trasladada al plano internacional como “primero la soberanía”. No se trata solo de política exterior, sino de coherencia ideológica: un modelo de transformación interna que no puede sostenerse si hacia afuera se acepta la lógica del poder imperial.

Sin embargo, la visión de la Cuarta Transformación también enfrenta una tensión inevitable: en un mundo interconectado, la no intervención absoluta puede interpretarse como silencio ante violaciones a derechos humanos o crisis democráticas. Aquí es donde la doctrina se pone a prueba. ¿Hasta qué punto el respeto a la autodeterminación puede convivir con una política exterior que también se proclama humanista?

La Cuarta Transformación responde, que la historia latinoamericana demuestra que las intervenciones “con buenas intenciones” suelen terminar en tragedia. Frente a la Doctrina Monroe —que prometió orden y dejó desconfianza—, la Doctrina Estrada se presenta como un recordatorio incómodo pero necesario: la soberanía no se negocia, y la dignidad de los pueblos no admite tutelajes.

En tiempos de reacomodos globales, el contraste entre Monroe y Estrada, leído desde la Cuarta Transformación, no es solo una discusión del pasado. Es una declaración de principios sobre qué papel quiere jugar México en el mundo: el del país que manda, o el del país que respeta.

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