viernes, 24 abril 2026
Hora: 10:33

Ganar la narrativa sin perder la altura

En política, ganar la narrativa no es simplemente ganar los debates rápidos en televisión o radio. Tampoco consiste en ser el más sarcástico ni en “noquear” al adversario para arrancar aplausos momentáneos en redes sociales. Eso puede servir para el espectáculo, pero no necesariamente construye conciencia pública ni fortalece un proyecto de nación.

Como bien ha señalado el monero y analista político Rafael Barajas, quienes formamos parte de la Cuarta Transformación tenemos la responsabilidad de dar la batalla todos los días con argumentos y con solidez ideológica. No es una tarea menor: la oposición mantiene una presencia constante en medios y redes, muchas veces sostenida en narrativas falsas o distorsionadas que buscan erosionar la legitimidad del proyecto transformador. Pero responder a eso no significa convertir cada espacio público en un ring de boxeo.

Si lo hacemos, corremos el riesgo de rebajarnos al terreno de la descalificación permanente. Y ahí pierde la política. Pierde el debate. Pierde la ciudadanía.

La gente no quiere vivir en una confrontación interminable. La ciudadanía observa, escucha, compara… y entiende cuando la discusión pública deja de ser útil para convertirse en ruido. Por eso es indispensable que, además de responder con firmeza cuando sea necesario, también sepamos construir narrativa desde la verdad, desde los argumentos y desde el horizonte histórico que representa la Cuarta Transformación.

La Presidenta lo ha demostrado en sus conferencias matutinas, como antes lo hizo el presidente Andrés Manuel López Obrador: explicar con claridad, simplificar sin banalizar, defender con serenidad los principios. Ese estilo no debilita la claridad ideológica; al contrario, la fortalece. No reduce el debate: lo eleva.

Desde luego, toda fuerza política necesita voces capaces de entrar al debate rápido, directo, incluso irónico cuando el momento lo exige. Hay espacios donde esa disputa es inevitable. Pero no puede ser el único lenguaje del movimiento. Ni siquiera el principal.

Hoy, la Cuarta Transformación tiene una responsabilidad mayor: consolidar el segundo piso. Eso exige profundidad, pedagogía política y visión histórica. Exige hablar del humanismo mexicano no sólo como concepto, sino como práctica cotidiana: en el territorio, en la comunidad, en la familia, en la conversación pública.

Tenemos demasiado movimiento, demasiada historia en marcha y demasiada esperanza depositada en este proceso como para perder tiempo en la guerra de lodo permanente.

Defender la Transformación no es gritar más fuerte. Es explicar mejor. No es descalificar más rápido. Es convencer más profundamente.

Porque ganar la narrativa no es ganar un round en el programa de radio o TV.

Es ganar el futuro.

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