martes, 21 abril 2026
Hora: 3:28

Gracias totales, otra vez

El 16 de abril fui al Palacio de los Deportes a ver a Soda Stereo y confirmé algo que ya intuía: su música sigue encontrando la forma de acompañarnos, sin importar la edad ni la época.

Los escuché por primera vez de niño, gracias a una tía. Después vino Gustavo Cerati en solitario, y ahí la conexión fue distinta: más personal, más cercana. Años más tarde tuve la suerte de verlo en vivo, poco antes del accidente cerebrovascular que sufrió el 15 de mayo de 2010 y que marcó el inicio de su larga ausencia hasta su fallecimiento el 4 de septiembre de 2014.

Esta vez no era un concierto para “recordar” a Soda, sino para volver a habitarlo un rato. Entre la batería de Charly Alberti, el bajo de Zeta Bosio y la presencia inevitable de Cerati en las pantallas, se armó algo difícil de explicar, pero fácil de sentir: la banda estaba ahí.

En distintos momentos el Palacio entero se fue reconociendo en canciones como “Cuando pase el temblor”, “Zoom”, “En la ciudad de la furia”, “Persiana americana”, “Signos”, “Prófugos” y “De música ligera”. Bastaba mirar alrededor para notarlo: señores de la edad de mis padres y jóvenes de la generación Z cantando lo mismo, con la misma naturalidad. Pocas escenas dicen tanto sobre la vigencia de una banda.

Salí pensando que quizá eso es lo que distingue a la música que de verdad importa: deja de pertenecer a quienes la escucharon primero y empieza a circular entre generaciones como si siempre hubiera estado ahí. Soda Stereo logró eso en América Latina. Sus canciones ya no son sólo recuerdos de una época, sino un lenguaje compartido. Y cuando todo un recinto vuelve a cantarlas al mismo tiempo, uno entiende que algunas despedidas, en realidad, nunca terminan.

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