Ciudad de México a 18 febrero, 2026, 13: 04 hora del centro.
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INEEL: la ciencia energética para la soberanía

postal PP horizontal Javier Jileta

Durante años, el debate energético en México se concentró casi exclusivamente en generación, tarifas y contratos. Se habló poco del eslabón que hace posible que un sistema eléctrico funcione con inteligencia, resiliencia y visión de futuro: el conocimiento técnico público. En ese terreno, el Instituto Nacional de Electricidad y Energías Limpias (INEEL) fue uno de los grandes olvidados de la era de la desarticulación estatal.

El INEEL no es un instituto más. Es el corazón técnico del sistema eléctrico mexicano: el espacio donde se investiga, se prueba, se adapta y se desarrolla tecnología propia para generación, transmisión, distribución, eficiencia energética y redes inteligentes. Cuando el Estado renuncia a fortalecer instituciones como esta, no solo pierde capacidad operativa; pierde soberanía.

Durante el periodo de fragmentación del sector energético, el INEEL fue empujado a un papel marginal. Se redujo su presupuesto, se le forzó a operar como consultora de mercado y se le desvinculó de una planeación nacional coherente. La lógica era clara: si el sistema se organizaba desde contratos privados, el conocimiento podía comprarse afuera. El resultado fue dependencia tecnológica, pérdida de talento y debilitamiento institucional.

La nueva política energética de la Cuarta Transformación parte de una premisa distinta: no hay soberanía energética sin capacidad técnica propia. Bajo la visión de la presidenta Claudia Sheinbaum y de la secretaria de Energía, Luz Elena González, el Estado ha vuelto a concebir al sector energético como un sistema integral donde la planeación, la operación y el conocimiento avanzan de manera coordinada. Recuperar la rectoría no significa solo decidir quién genera o quién transmite, sino reconstruir las capacidades que sostienen al sistema en el largo plazo.

En ese proceso, el INEEL vuelve a ocupar un lugar estratégico. No como un actor aislado, sino como parte de una arquitectura donde la Secretaría de Energía define el rumbo, la CFE ejecuta, el CENACE opera y el INEEL investiga, prueba y mejora. Esa coordinación es clave para enfrentar los retos reales del sistema eléctrico contemporáneo: redes más complejas, mayor intermitencia renovable, eventos climáticos extremos, digitalización y ciberseguridad energética.

El valor del INEEL no está solo en producir estudios o prototipos, sino en adaptar tecnología al contexto mexicano. No es lo mismo diseñar una red para climas templados que para regiones con calor extremo; no es lo mismo integrar renovables en sistemas robustos que en redes históricamente subinvertidas. Ahí es donde el conocimiento público marca la diferencia entre importar soluciones genéricas o construir respuestas propias.

Además, fortalecer al INEEL tiene una dimensión de largo plazo que suele pasar desapercibida: la formación de talento. Ingenieras, ingenieros, técnicos y especialistas que entienden el sistema eléctrico nacional desde dentro, no desde manuales externos. Ese capital humano es irremplazable. Cuando se pierde, no se recupera con licitaciones; se reconstruye con años de política pública consistente.

La recuperación del instituto también dialoga con una visión más amplia de transición energética. México no puede limitarse a instalar capacidad renovable; necesita integrar, estabilizar y optimizar el sistema. Eso requiere investigación aplicada en almacenamiento, redes inteligentes, eficiencia, electromovilidad y resiliencia. Requiere un INEEL fuerte, articulado y con mandato público claro.

No se trata de idealizar ni de negar los retos. Reconstruir capacidades técnicas lleva tiempo, recursos y disciplina institucional. Pero el rumbo es claro. En un mundo donde la energía vuelve a ser un asunto geopolítico, donde las cadenas tecnológicas se reordenan y donde la planeación regresa al centro, contar con ciencia pública aplicada a la energía no es un lujo: es una condición de seguridad nacional.

La Cuarta Transformación ha puesto sobre la mesa una idea que vale la pena subrayar: el Estado no solo regula o invierte; también aprende. Y cuando el Estado investiga, innova y forma talento, el desarrollo deja de depender de la improvisación o del mercado externo. El fortalecimiento del INEEL es una señal silenciosa pero profunda de ese cambio.

Porque, al final, la soberanía energética no se sostiene solo con megawatts. Se sostiene con instituciones, con conocimiento y con la decisión política de no volver a renunciar a ellos.

 

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