Reducirla a la consigna de ‘abrazos’ es simplificar un proceso mucho más profundo
A propósito de las últimas noticias sobre seguridad, conviene poner las cosas en perspectiva, ni con Andrés Manuel López Obrador ni con Claudia Sheinbaum Pardo existió como tal una política de “Abrazos, no balazos” entendida como rendición o pacto. Lo que hubo fue una estrategia de contención y reorganización del Estado para ganar tiempo mientras se reconstruían capacidades institucionales profundamente debilitadas.
Durante el sexenio de López Obrador se desplegó la Guardia Nacional en todo el país, con la instalación de cuarteles y el fortalecimiento del estado de fuerza. Sin embargo, la oposición convirtió una frase en narrativa política reduccionista para sostener que existía un supuesto acuerdo con el crimen organizado. La realidad es más compleja y estructural, el gobierno federal heredó una situación de desventaja numérica en personal, armamento y capacidades de inteligencia, además de instituciones infiltradas hasta niveles críticos tras los años de la llamada guerra contra el narco declarada por Felipe Calderón marcada por el caso de su exsecretario de Seguridad, Genaro García Luna, basta recordar la operación «rápido y furioso» para dimensionar el armamento que ese gobierno entregó al narco.
Frente a ese escenario, la prioridad fue fortalecer, depurar y reorganizar. Se trataba de ganar tiempo para reconstruir el aparato de seguridad para que quien llegara después pudiera operar con mayor margen y mejores condiciones. Era un proceso y los resultados comienzan a observarse en la capacidad de respuesta y coordinación actual.
Basta mirar los hechos recientes, la reacción del narco en más de seis estados en un solo día ante la caída de un líder. ¿Qué habría ocurrido hace siete años si se hubiera optado por una confrontación frontal inmediata, sin estructura ni inteligencia suficiente? El riesgo de una escalada generalizada era real. En un país con debilidades institucionales acumuladas, una guerra sin preparación pudo haber significado incendiar el territorio completo.
Para quienes insisten en que los avances actuales se deben únicamente al respaldo de Estados Unidos, como si eso restara mérito o autonomía al gobierno mexicano, vale recordar lo dicho por la Presidenta Sheinbaum, “cooperación sí, subordinación no”. Vaya, en algo tenían que ayudar, más aún cuando el propio mercado de consumo de drogas en el norte y el flujo ilegal de armas hacia el sur han sido factores determinantes en la violencia que México ha padecido durante años.
La estrategia, guste o no, ha sido gradual, reconstruir primero, confrontar después con mayor capacidad. Lo que algunos llamaron debilidad fue, en realidad, una fase de fortalecimiento institucional. Y hoy, con un aparato de seguridad más robusto y menos vulnerable a la infiltración, el Estado mexicano parece estar en mejores condiciones para enfrentar un problema que nunca fue, ni sencillo, ni de corto plazo.
Y a los extraterrestres, primero investiguen, después opinan.



