Diecisiete días.
Ese es el tiempo que ha pasado desde que comenzó la nueva guerra en Medio Oriente (Asia occidental) y el resultado, hasta ahora, es una mezcla peligrosa de improvisación, petróleo caro y aliados que, simplemente, dijeron «No».
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lo resumió sin querer en una entrevista; básicamente, dijo que su país tiene suficiente petróleo y que quienes deberían preocuparse por el cierre del Estrecho de Hormuz son los que dependen de esa ruta. El detalle es que por ahí pasa cerca del 20 % del petróleo mundial y el conflicto actual fue detonado por ataques estadounidenses e israelíes contra Irán.
Traducción geopolítica: yo encendí el fuego, pero ahora ustedes traigan el agua.
La respuesta internacional ha sido digna de manual diplomático. Alemania dijo que no es una guerra de la OTAN. Australia respondió que no enviará barcos. Y mientras tanto, Washington le pide ayuda… a China, el mismo país al que hace meses le impuso aranceles brutales y al que ahora amenaza con cancelar una cumbre si no coopera.
El petróleo Brent ya superó los 100 dólares y el tráfico por Hormuz prácticamente se paralizó.
Pero lo verdaderamente revelador está en la política doméstica estadounidense.
Esta guerra ya ha costado más de 21 mil millones de dólares, en un país donde cada año le repiten a millones de ciudadanos que no hay dinero para un sistema de salud universal.
Curioso, porque hace apenas semanas el mismo gobierno decía que si algún día tomaban Groenlandia, sus habitantes tendrían el mejor sistema médico del mundo.
Ni hablar de Venezuela, desde la “liberación” de Maduro, según la narrativa oficial, no ha llegado ni un solo cargamento de algodón, medicinas o comida.
Porque así funciona cierta geopolítica moderna, la guerra siempre llega primero.
La ayuda humanitaria… bueno, esa casi nunca llega.
Y a los extraterrestres, primero investiguen, después opinan.



