Ciudad de México a 15 febrero, 2026, 11: 13 hora del centro.
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¿La historia de Nuevo León y sus oligarquías?

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Un amigo y mentor alguna vez me dijo: “Monterrey es un caso único, es de las pocas ciudades industriales que no tienen una izquierda consolidada a partir del movimiento obrero”, pero ¿por qué esto fue así?

Sin pretender ser un experto en el tema, concluyo que todo inicia con una especie de mito fundacional en la construcción identitaria de Monterrey -que permea en gran parte del estado- en los albores del siglo XX. El surgimiento de una ciudad con grandes industriales que sacaron adelante a Nuevo León gracias a su persistencia y visión, pese a sus inhóspitas condiciones ambientales, en contraste con el fértil altiplano central.

La creencia popular es que estos empresarios no eran guiados por su avaricia y mezquindad, tenían visión social. Con orgullo, cuentan que cuando Lázaro Cárdenas intervino en la huelga de Vidriera Monterrey de 1936 -detonada por la resistencia de los industriales a permitir la creación de sindicatos “comunistas” y su falta adherencia a la legislación laboral nacida de la revolución mexicana- los titanes regiomontanos confrontaron al presidente y mostraron sus manos callosas para evidenciar que ellos eran hombres de trabajo, por lo que el gobierno no tenía autoridad moral para dar órdenes en su ciudad.

Con el tiempo, adoptaron la visión de que un Monterrey productivo era un Monterrey que cuidaba a sus trabajadores, por lo que ensamblaron un sistema de seguridad social paralelo al gubernamental. La narrativa documenta que muchas de sus acciones llegaron incluso antes que algunas de las instituciones del estado mexicano: Hospitales, deportivos, escuelas, universidades, viviendas, todo para que la clase obrera tuviera condiciones de vida digna. Esto, entre otros elementos, provocaron una fusión de la identidad local con la actividad industrial, lo cual, hasta cierto punto, es parte de la mística de Nuevo León y el orgullo de ser regiomontano o regiomontana.

El mayor ejemplo de la relación entre la población y sus industriales se exhibió durante el cortejo fúnebre de Eugenio Garza Sada, asesinado por integrantes de la Liga 23 de Septiembre que pretendía secuestrarlo. La ciudad se paralizó para despedir al más icónico de los oligarcas locales, algo que pocas veces se ha visto en el mundo cuando fallece una figura vinculada a la producción industrial, pues esta devoción queda reservada a otro tipo de personajes.

Pero, así como el PRI y su cooptación de todo movimiento político-social provocaron que México retrasara el nacimiento de una sociedad civil confrontativa, aquí, la sociedad sintió que no era necesario quejarse o exigir. Había trabajo, una vida digna y movilidad social, pues el hijo del obrero tenía asegurado un mejor futuro que su padre, incluso ya entrado el neoliberalismo.

Sin embargo, con el tiempo, este dominio de los poderes económicos en el imaginario de la población acumuló costos visibles en el estado y particularmente Monterrey y el área metropolitana. Una ciudad orientada al movimiento de mercancías tendría que ser una localidad de amplias avenidas y carreteras. Una ciudad orientada a la producción de bienes debía ser permisiva con la instalación de industrias pesadas y extractivas cerca de sus núcleos poblacionales. Una ciudad de trabajo no necesitaba espacio público, bibliotecas o centros culturales. Tampoco necesitaba invertir en la formación de estudiantes de humanidades. Todas esas cosas eran del centro de la república, que eran vistos como perezosos por la población del norte.

Lo que una vez fue la utopía empresarial, lentamente empezó a cobrar costos a sus habitantes. La inexistencia de espacio público se agravó durante la guerra contra el narcotráfico, cuando los habitantes perdieron incluso el derecho de usar sus calles para que éstas fueran el espacio de encuentro y construcción de cohesión social. La instalación de actividades industriales como extracción de materiales o la fundición de hierro provocaron que la ciudad esté envuelta por una contaminación preocupante que afecta la vida de sus habitantes. La orientación de la inversión pública a la construcción de grandes vialidades mermó la capacidad de generar opciones de movilidad masiva para la población.

Hoy, ante un modelo que queda corto en su capacidad distributiva, caracterizado por la maquila de bienes apalancada en bajos salarios o por la permanente reducción de beneficios laborales que dieron arraigo e identidad con las empresas locales, hace que exista una sociedad cada vez más despierta y crítica con las grandes e históricas ausencias, pero ¿Nuevo León estará preparado para un cambio de fondo o el poder económico seguirá imperando por encima del deseo ciudadano?

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