Ciudad de México a 18 febrero, 2026, 12: 37 hora del centro.
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La izquierda no es excusa

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Contrario a lo que muchos de mis colegas que militan en la izquierda han hecho y siguen haciendo, yo no suelo voltear a otro lado cuando alguien que se dice de izquierda actúa con vileza, autoritarismo o desdén por la vida. Nicolás Maduro reprimió, asesinó y atentó contra el pueblo venezolano y el Chavismo. No lo digo para sumarme al discurso vendepatrias que aplaude el intervencionismo gringo ni para ofrecer munición a quienes lucran con la desgracia ajena desde Washington o Polanco. Lo digo porque la verdad no debe depender de quién la pronuncia, sino de a quién protege.

La izquierda que calla ante el desastre venezolano no es izquierda, es una caricatura sectaria. No hay revolución en el exilio masivo. No hay socialismo en la economía dolarizada de Caracas ni en las familias rotas por millones, esparcidas por América Latina. Hablamos de más de ocho millones de personas que han huido de su país. En México, donde me toca mirar esto de cerca, los venezolanos han llegado por miles, primero en avión, luego atravesando el Darién, los retenes, la frontera sur, con lo que pudieron y lo que les quedó de fuerza.

No es un “éxodo dorado” como algunos analistas han querido pintar. Es cierto que muchos migrantes venezolanos tienen estudios universitarios, posgrados, años de experiencia profesional. Pero llegan a México a cargar costales en la Central de Abasto por 300 pesos al día. Llegan a manejar motocicletas en Uber o Rappi con jornadas de 12 horas, a vender arepas en mercados, a limpiar parabrisas en los semáforos, a vivir en albergues atestados o departamentos sin papeles. ¿Cuántos de ellos tienen permitido trabajar legalmente? ¿Cuántos ejercen la profesión para la que se formaron? Los datos más optimistas apenas rozan el 30 o 40 por ciento con algún tipo de trabajo formal. El resto sobrevive como puede, en la informalidad, con miedo a ser explotado, deportado o asesinado.

Aún así, como las y los mexicanos que migran a Estados Unidos a causa del neoliberalismo, levantan negocios, hacen comunidad, cocinan, enseñan, programan, limpian, sanan. Conozco a más de una médica venezolana que hoy atiende a mexicanos en hospitales públicos. Lo hacen porque pueden, porque quieren, y porque este país, con todos sus fallos, ha sido más hogar que el suyo devastado. Pagan impuestos, envían remesas, crean empleos. Y sin embargo, todavía hay quien los ve como amenaza, como “problema migratorio”. El problema no son ellos. El problema es un sistema que necesita su fuerza de trabajo pero no les da CURP. El problema es una burocracia que convierte el permiso de trabajo en un privilegio cuando debería ser un derecho. El problema son los que se llenan la boca de antiimperialismo pero callan cuando un régimen afín encarcela, reprime, empobrece y deshumaniza.

A mí no me cuenten entre ellos. Si defender los derechos de los trabajadores implica criticar a Maduro, lo haré. Porque si no podemos ser autocríticos, entonces no somos ni izquierda ni nada. Defender la causa del pueblo exige coherencia, no sumisión ideológica. Exigir justicia para los migrantes venezolanos en México no es claudicar, es honrar lo que decimos creer.

Pero tampoco se confundan, no es la intervención de Estados Unidos la que resolverá esta crisis. Nunca lo ha hecho, nunca lo hará. Venezuela no fue liberada, solo cambió de capataz. Los gringos están ahí para extraer sus recursos naturales, la vida de los venezolanos les importa poco. Lo dije el año pasado y lo repito ahora, la única salida es la unidad entre nuestros pueblos. No los pueblos abstractos de los discursos, sino los reales los trabajadores, migrantes, los jornaleros, las mujeres que cuidan, los jóvenes que venden su fuerza en aplicaciones que no les dan seguridad social. Nuestra unión no vendrá de banderas ni cumbres presidenciales, sino de la organización desde abajo.

La única vía que tenemos es la sindicalización, la educación y el amor a nuestra patria. No la coordinación militar, no las intervenciones, no los programas humanitarios con fecha de caducidad. Solo la organización popular obrera puede evitar que la explotación cambie de acento. Solo el trabajo colectivo puede hacer que este país que recibe migrantes con una mano no los rechace con la otra. Que los vea como parte de la fuerza que mueve esta región.

Como siempre, el cambio no vendrá del gobierno ni de discursos en campaña. Vendrá de la reflexión y la acción colectiva. Las y los mexicanos tenemos que reconocer que nuestra patria corre peligro ante una potencia que destruye países, impone fronteras de hambre y condiciona el futuro de los pueblos. Frente a eso, no basta con resistir. Hay que construir. Y esa construcción empieza d en los centros de trabajo, en las fábricas, en los mercados, en las escuelas. Los sindicatos tienen que asumir su papel histórico, no solo en defensa de los derechos laborales de los mexicanos, sino en la tarea urgente de abrir oportunidades dignas para toda nuestra clase trabajadora, venga de donde venga. Porque este país solo será más justo si lo es también para quienes hoy cruzaron medio continente buscando la posibilidad de vivir sin miedo. Lo demás, como siempre, es simulación.

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