En México, cada vez que la naturaleza golpea, no tarda en aparecer una fuerza igual de corrosiva: la carroñería. Se desata el vuelo de los zopilotes del desastre, que sobrevuelan el dolor ajeno buscando su banquete. Llegan con micrófonos y discursos. Vuelan bajo sobre la tragedia, emiten sus graznidos disfrazados de análisis y se alimentan de lo mismo de siempre: la desesperanza del pueblo. Son los opinadores que de pronto descubren su amor por las víctimas, los políticos prianistas que aparecían en las zonas afectadas con las cámaras listas, los medios que transforman la necesidad en contenido y la compasión en espectáculo.
Durante años, ese espectáculo fue parte de la normalidad. La tragedia se volvió guion, y la pobreza, un recurso narrativo. La derecha mediática aprendió a capitalizar la miseria: lo que no podía ganar en votos, lo intentaba compensar con imágenes y discursos de ocasión. Les urge que vuelva la pornomiseria, esa industria del dolor que en los años del neoliberalismo se convirtió en política pública: mostrar al pobre, conmover, prometer y no cumplir.
Vivían de la política de la miseria. Una forma de gobernar y comunicar que no buscaba erradicar la pobreza, sino administrarla; que necesitaba mantener la desigualdad viva para justificar la compasión de unos cuantos. Era la política del espectáculo y del asistencialismo vacío, donde la pobreza se volvía escenografía y el sufrimiento se usaba como legitimidad. Mientras más dolía el país, más útil era su dolor para sostener un sistema que nunca quiso transformarlo.
Pero algo cambió. Hoy el pueblo ya no está solo. Donde antes había cámaras, hoy hay presencia. Donde antes había helicópteros sobrevolando para la foto, hoy hay servidores de la nación recorriendo calles, jóvenes de Jóvenes Construyendo el Futuro ayudando a limpiar y brigadas de salud acompañando. Donde antes se lucraba con la desgracia, ahora se construye solidaridad.
Por eso están enojados. Porque el dolor ya no les pertenece. Porque la tragedia dejó de ser contenido para sus noticieros. Porque la Presidenta Claudia Sheinbaum no necesita escenografía ni promesas huecas: llega, escucha, actúa. Y ese gesto, sencillo pero poderoso, les arrebata su papel de intermediarios entre el poder y el pueblo.
La derecha quisiera que regresara el México donde todo era simulación: el presidente rodeado de cámaras prometiendo reconstrucción que nunca llegaba, los funcionarios ensuciándose para la foto, los medios lucrando con la desgracia. Esa era la estética del desastre neoliberal. Hoy, en cambio, la solidaridad se organiza desde abajo: el pueblo con el pueblo, sin buscar reflectores.
Y claro, extrañan el FONDEN. No por solidaridad, sino por nostalgia del saqueo. Aquella bolsa de recursos donde se disfrazaban robos con lágrimas y se facturaban emergencias. Cada desastre era una oportunidad de negocio. Mientras el pueblo esperaba ayuda, ellos repartían contratos. Por eso hoy se lamentan tanto de su desaparición: porque se acabó el banquete.
Pero más allá del dinero, extrañan su burbuja. Ese ecosistema mediático donde la tragedia era espectáculo y la miseria, un boleto de cambio. Ahí se sentían cómodos, importantes, necesarios. Narraban el dolor convencidos de que sin su lente no existía la realidad. Era la burbuja del espectáculo, donde la pornomiseria mandaba y la tragedia se usaba como moneda de legitimidad.
Esa burbuja se rompió. Porque la Cuarta Transformación cambió no solo la manera de gobernar, sino también la manera de mirar. El dolor ya no se explota, se atiende. La pobreza ya no se muestra para conmover, sino para erradicar. Y la tragedia ya no se usa como herramienta política, sino como oportunidad de solidaridad.
Por eso los zopilotes lloran. Porque mientras ellos buscan carroña, el pueblo reconstruye. Porque mientras alimentan el morbo, las comunidades se organizan. El espectáculo se acabó. Lo que sigue es trabajo, empatía y acción colectiva.
La carroñería no es solo corrupción: es una forma de pensamiento. Es creer que la tragedia vale más cuando se televisa, que la empatía necesita cámara, que el dolor solo importa si deja ganancia. Frente a esa lógica, el humanismo mexicano propone otra: la solidaridad no se finge, se practica. La compasión no se transmite, se construye. El pueblo no necesita intermediarios para organizarse ni permiso para ayudar.
Porque la Cuarta Transformación también es eso: darle la mano al que se quedó atrás para que se empareje, acompañar al que sufre sin convertirlo en espectáculo, mirar al otro con dignidad y no con lástima. Es entender que la justicia no se decreta, se comparte.
Los zopilotes seguirán sobrevolando, buscando algún rastro de carroña mediática. Pero México cambió. El dolor ya no se convierte en mercancía, sino en fuerza. Ya no hay FONDEN para saquear, ni cámaras que dicten el tono del duelo. Hay pueblo, hay trabajo y hay gobierno.
Durante años gobernaron con la política de la miseria; hoy, el pueblo les arrebató el espectáculo y lo convirtió en solidaridad. Porque frente a la política de la miseria, ha nacido una nueva forma de gobernar: la política del corazón.




