En México, durante décadas, la política fue secuestrada por una élite que confundió el gobierno con un patrimonio. El neoliberalismo del PRIAN convirtió el poder público en un negocio de cúpulas: concesiones para amigos, contratos para socios, privilegios para unos cuantos. Gobernar se volvió sinónimo de administrar y mandar, no de comprender y servir. Así nació una clase política fría, distante, entrenada para las cifras, pero ciega ante las personas. Convirtieron la desigualdad en paisaje y la injusticia en rutina. La política perdió su alma.
De esa indiferencia surgió una especie política que no vive del compromiso sino del oportunismo: los zopilotes. Son los cínicos del presente. No miran el dolor para transformarlo, lo usan para proyectarse. No escuchan al pueblo, lo filman. No acompañan causas, las manipulan. Han hecho del sufrimiento un guion, de la tragedia un espectáculo, de la política una escenografía. Cuando se apagan las luces, vuelan hacia la siguiente desgracia. Su instinto no es servir, es sobrevivir.
Se les reconoce por el olor a espectáculo. Donde hay tragedia, ahí aparecen: declaran, opinan, dramatizan, simulan empatía. Convirtieron la tragedia de Poza Rica en un acto performático. Fingieron indignación, montaron escenografía, usaron el dolor como munición y, cuando dejó de ser útil para su narrativa, lo abandonaron. Pasaron al siguiente tema, a otro escenario dónde fingir conciencia. Esa velocidad no es sensibilidad, es hambre. Esa actitud no es política, es carroña.
Hoy intentan repetir la estrategia con la Generación Z. Hablan de libertad y rebeldía, pero representan el pasado que los excluyó. Son los mismos que recortaron becas, desmantelaron universidades, precarizaron el trabajo y llamaron “ninis” a millones de jóvenes sin oportunidades. Los mismos que hoy, disfrazados de progresistas, se atreven a hablar de “juventud revolucionaria”. No creen en los jóvenes, los necesitan. No los convocan por convicción, sino por conveniencia.
Pero esta generación ya no nace en el abandono, sino en los derechos. Creció con educación pública fortalecida, con becas, con acceso a cultura, deporte y salud. Ha visto que el Estado puede ser aliado y no verdugo. Entiende que la política no se hace en redes ni en foros de espectáculo, sino en comunidad. Y por eso distingue la rabia legítima del circo mediático.
La derecha está nerviosa porque perdió lo que creía eterno: el monopolio del futuro. Y cuando una élite pierde el futuro, sobrevive alimentándose del presente. Por eso acecha cada crisis, por eso fabrica escándalos, por eso teatraliza su indignación. Es la carroña del poder: un intento desesperado de quienes ya no saben para quién ni por qué pelean.
La buena política no es eso. No es cálculo ni maquillaje. Es ética, es disciplina, es escucha. Se construye con pueblo, no con bots; con paciencia, no con propaganda. Es un oficio que exige humanidad, no cinismo. Su esencia no está en la competencia, sino en la conciencia.
Quien hace política de verdad sabe que no basta con entender: hay que sentir. Que el poder no se presume, se comparte. Que la política no es una estrategia, sino estar del lado correcto de la historia.
Los cínicos no sirven para este oficio. La política —la buena política— se hace con corazón, con convicción y con verdad. Y esta generación lo sabe: no quieren zopilotes sobre su futuro. Quiere país.




