Ciudad de México a 10 febrero, 2026, 5: 51 hora del centro.
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Monetizar, el fin del periodismo artesanal en México

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El periodismo contemporáneo se encuentra atrapado en una lógica que amenaza con vaciarlo de contenido y sentido: la monetización como eje rector de la práctica informativa. No se trata solo de una adaptación al entorno digital, sino de un desplazamiento profundo del oficio, donde la rentabilidad inmediata ha comenzado a sustituir a la investigación, el criterio editorial y la responsabilidad pública. En ese tránsito, el periodismo artesanal —el que se construye con tiempo, contraste de fuentes y contexto— se encuentra en vías de extinción.

La monetización ha impuesto un nuevo orden. Hoy, la agenda informativa ya no se define prioritariamente por la relevancia social de los hechos, sino por su capacidad de generar tráfico, interacción y permanencia en pantalla. El valor de una nota se mide por su rendimiento y no por su veracidad. El clic ha reemplazado al dato; la tendencia, al análisis; el impacto emocional, a la explicación. En ese entorno, el periodismo deja de cumplir su función crítica y se convierte en un producto más dentro de un mercado saturado de estímulos.

Este fenómeno ha erosionado de manera directa la práctica artesanal del oficio. Investigar cuesta tiempo y dinero; verificar implica prudencia; contextualizar exige conocimiento. Nada de eso es rentable en el corto plazo. Por el contrario, la producción acelerada de contenidos, la repetición de narrativas y la amplificación del conflicto resultan más eficaces para sostener ingresos. El resultado es un periodismo empobrecido, homogéneo y cada vez más dependiente de fórmulas que garantizan visibilidad, aunque sacrifiquen profundidad.

A esta crisis estructural se suma un problema ético que ha sido normalizado. En México, aún existen columnistas que, amparados en medios tradicionales, explotan el prestigio institucional como si se tratara de una franquicia personal. Utilizan el espacio público para vender influencia, intercambiar favores o alinearse con intereses ajenos al derecho de la sociedad a estar informada. La pluma deja de ser instrumento de análisis y se convierte en mercancía. Esa práctica no solo degrada al autor, sino que compromete la legitimidad del medio y debilita la confianza social.

El escenario es todavía más grave en el ámbito de los medios electrónicos de baja calidad editorial y alta visibilidad. Ahí, el amarillismo no es una desviación, sino el modelo de negocio. Se privilegia el escándalo, la exageración y el miedo porque existe un segmento de la audiencia que consume sensacionalismo antes que veracidad. En esos espacios, la información no se comprueba: se explota. La lógica es simple y peligrosa: mientras más zozobra se genere, mayor será el alcance.

En este contexto, el futuro inmediato de una parte importante de los medios de oposición y de ciertos comunicadores no se orienta a recuperar el rigor, sino a profundizar la lógica de confrontación permanente. De cara a los años 2026, 2027 y 2030, se perfila una estrategia clara: construir una narrativa sistemática de desprestigio contra el gobierno, no desde la crítica responsable, sino desde la descalificación constante. Para ello, muchos de estos actores estarán jugando abiertamente a favor de intereses de la derecha internacional que los patrocina, replicando agendas, enfoques y marcos narrativos ajenos a la realidad nacional.

En esa operación, la inteligencia artificial se convierte en herramienta central. No para investigar ni para contrastar información, sino para producir de manera masiva contenidos orientados a generar percepción de crisis, amplificar errores, distorsionar hechos y sembrar desconfianza. Automatizar titulares, replicar mensajes, segmentar audiencias y sostener una atmósfera de incertidumbre resulta más eficiente que ejercer periodismo. El objetivo no es informar, sino influir; no es explicar, sino erosionar.

La mezcla es letal: supervivencia económica sin ética, impacto mediático sin legitimidad y prestigio institucional puesto al servicio de intereses políticos. En ese escenario, el periodismo artesanal estorba. Es demasiado lento, demasiado incómodo y demasiado honesto para un modelo que vive de la inmediatez y la polarización.

Sin embargo, conviene advertir algo esencial. Un medio puede monetizar el escándalo durante un tiempo, pero no puede sostener credibilidad sin rigor, ni influencia real sin confianza. Cuando el periodismo renuncia a su función social para convertirse únicamente en negocio, pierde su razón de ser y se diluye en el ruido que él mismo contribuye a generar.

Monetizar no es, en sí mismo, el problema. El problema es cuando monetizar se convierte en el fin último y no en el medio para sostener un oficio indispensable para la vida pública. Si el periodismo abandona definitivamente su dimensión artesanal, no solo desaparece una práctica profesional: se debilita la capacidad de la sociedad para entender su realidad. Y ese costo, tarde o temprano, lo pagan todos.

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