Advertencia: esta columna contiene referencias a la trama de La Odisea de Christopher Nolan.
La nueva película de Nolan arranca con un hombre de pie sobre una mesa, contando una historia. No es casualidad. Antes de los ejércitos, los monstruos y los naufragios, está el relato: la manera en que un pueblo decide quién fue, qué le pasó y hacia dónde va. La política empieza en el mismo lugar. Quien controla la narración del pasado suele llevar ventaja para disputar el futuro.
Durante buena parte del viaje, Odiseo cree que volver significa recuperar lo que dejó: a Penélope, el trono, la isla intacta. Nolan le complica esa certeza. Después de Troya, del Cíclope que confunde fuerza con verdad, de Calipso que ofrece quedarse a cambio de dejar de ser quien eras, de las sirenas que cantan exactamente lo que uno quiere escuchar, del descenso al mundo de los muertos, el hombre que desembarca en Ítaca ya no es el que zarpó. Y la isla tampoco lo esperó congelada: los pretendientes ocuparon el palacio, consumieron los bienes, normalizaron su ausencia. Telémaco creció sin padre. Cuando Odiseo por fin recupera su nombre y su casa, no recupera su vida anterior: el reino queda en manos de su hijo y él vuelve al mar con Penélope. Retornar, en esta versión, no es retroceder. Es aceptar que el viaje transformó para siempre a quienes lo hicieron.
Algo parecido le pasa a una parte de la oposición mexicana. Se comporta como si ganar una elección alcanzara para regresar al país anterior a 2018, como si estos años fueran un paréntesis que se cierra y devuelve intactas las viejas relaciones entre poder económico, gobierno y ciudadanía. Ese México ya no está esperando en el puerto.
No porque Morena sea infalible: en seguridad y salud todavía hay tramo por recorrer, y sería propaganda fingir que el trabajo terminó. Pero también sería deshonesto ignorar lo que sí cambió de fondo. Entre 2018 y 2024 la pobreza multidimensional bajó de 51.9 a 38.5 millones de personas —13.4 millones dejaron esa condición—, según cifras del INEGI que retomó la metodología de Coneval. El salario mínimo acumuló un incremento superior al 100% en términos reales en el mismo periodo. Ambas cifras conviven y describen un país que se movió, con pendientes todavía por resolver.
Karl Polanyi explicó que las sociedades reaccionan cuando el mercado intenta someter toda la vida a su lógica. Paul Pierson, desde el institucionalismo histórico, añadió algo más incómodo para cualquier alternancia: hay decisiones públicas que generan derechos y expectativas tan asentadas que revertirlas sale políticamente carísimo. Eso ocurrió aquí. Pensiones, becas, recuperación salarial, un Estado que vuelve a construir infraestructura de escala: ya no son concesiones de sexenio, son el piso desde el que millones de personas evalúan a cualquier gobierno, sea del color que sea.
La oposición podrá volver a gobernar algún día —eso pasa en las democracias—. Lo que difícilmente podrá hacer es gobernar como si esas expectativas no existieran. Cambiar de capitán, sí. Devolver a la sociedad al puerto del que zarpó, no.
Lo inquietante es que algunas voces ya entendieron esa imposibilidad y, en vez de competir por representar mejor a la mayoría, empezaron a preguntarse quién debería contar como mayoría. Natalia Torres sugirió condicionar el voto a acreditar un examen de conocimientos previos. Ricardo Salinas Pliego propuso excluir del sufragio a quienes reciben programas sociales. No son iniciativas con posibilidad real, pero tampoco son ruido sin significado: son la vieja tentación de las élites que, cuando desconfían del veredicto popular, prefieren redefinir quién merece ser ciudadano antes que ganarse su voto.
Robert Dahl fue claro en esto: la democracia parte de que las personas son políticamente iguales para decidir sobre lo colectivo. El sufragio no es un premio a la ilustración ni al patrimonio; es la forma jurídica de esa igualdad. Restringirlo para castigar a quien recibe una pensión o una beca convertiría un derecho social en causa de exclusión política. Con esa lógica habría que discutir también el voto de quien recibe subsidios empresariales, condonaciones fiscales o rescates bancarios —y ahí el argumento se cae solo—. Norberto Bobbio describía la historia democrática como la ampliación progresiva de quién tiene derecho a decidir. La historia reaccionaria hace el camino inverso: reduce el pueblo político cuando el pueblo real no vota como algunos esperaban.
Michoacán va a vivir esta disputa en 2027, y tampoco aquí conviene defenderse con consignas. Hay resultados que se sostienen solos: el teleférico de Uruapan —3,200 millones de pesos de inversión, sin deuda nueva— superó medio millón de viajes en su primer mes de operación; el de Morelia avanza; el gobierno estatal reporta la rehabilitación de 1,900 kilómetros de red carretera, alrededor del 60% de los tramos estatales. El valor político de esas obras no está en el concreto ni en las cabinas. Está en haber movido la conversación pública hacia el derecho a la movilidad y hacia la idea, casi olvidada en México, de que el Estado puede ejecutar proyectos de escala sin quebrar las finanzas.
Morena no gobierna hoy por inercia ni por falta de alternativa: gobierna porque una mayoría sigue reconociéndose en el proyecto. Sostener esa mayoría, más que defenderla, va a exigir tres cosas. La primera es no confundir continuidad con inmovilidad: cada generación tiene que hacerse cargo de una Ítaca distinta a la que heredó, corrigiendo lo que no funciona sin pedir disculpas por hacerlo. La segunda es que el mérito y el resultado sigan pesando más que la cercanía con el poder, para que nadie confunda pertenecer al movimiento con heredar un lugar en él. La tercera es recordar, todos los días, por qué empezó el viaje: no para ocupar el palacio, sino para que la isla —la gente que la habita— viva mejor que antes. Nolan lo plantea con nitidez en Telémaco: el hijo no puede limitarse a heredar el nombre del padre ni a repetir sus hazañas. Le toca hacerse cargo de una Ítaca distinta, marcada por la ausencia y el conflicto que dejó el viaje. Todo movimiento político llega tarde o temprano a ese momento: pasar de la épica fundacional a la tarea de gobernar; de la lealtad a una figura, a la fidelidad a unos principios. Ahí está, en realidad, la clave para seguir ganando la voluntad popular: no en repetir la épica del origen, sino en demostrar, obra tras obra, que el proyecto sigue mereciendo la confianza que se ganó.
Odiseo recupera su nombre, pero no su vida anterior. Telémaco hereda el reino, pero no la misma isla. México puede corregir el rumbo, incluso alternar gobiernos, pero no puede desaprender lo que aprendió desde 2018: ni las expectativas sociales, ni los derechos conquistados, ni la conciencia política que se acumuló en el camino. Quienes todavía ofrecen el pasado como destino no vieron la película completa. La isla sigue ahí. Ya no es la que recuerdan.





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