Por años, el PAN construyó su identidad política sobre una idea central: la institucionalidad. El partido era una opción ciudadana organizada frente al “caudillismo” que representó el Revolucionario Institucional.
El anuncio de abrir todas sus candidaturas a la ciudadanía rumbo a 2027 no es menor. Es, probablemente, la decisión más importante del panismo en las últimas dos décadas. Pero también es una confesión: el PAN ya no confía en sí mismo.
El giro es claro. Bajo el liderazgo de Jorge Romero, Acción Nacional permitirá que cualquier ciudadano —militante o no— compita por candidaturas, las cuales serán definidas mediante encuestas de posicionamiento y otros mecanismos abiertos.
Esto tiene dos lecturas: por un lado, el PAN intenta vender esta decisión como una “ciudadanización” de la política. Pero en realidad está transitando hacia algo distinto: la lógica del casting, conseguir al más popular que atraiga más votos, no importa el partido ni los ideales, importa quién mida mejor frente al gran elector.
El problema es que esa lógica no es nueva. Es exactamente el modelo que Morena ha utilizado con éxito desde 2018. Incluso desde el oficialismo ya se lo han señalado con ironía: después de criticar durante años las encuestas, ahora las adoptan como método central.
Más que innovación, lo que hay es imitación. Y en política, copiar al adversario suele ser la antesala de la derrota.
La segunda lectura es la del partido desfondado: un PAN con una cúpula partidista que difícilmente soltará las mejores prebendas y en simultáneo simulará abrir candidaturas a la ciudadanía producto de su debilidad organizativa.
La mayor señal de alerta para la dirigencia partidista es que externalizar candidatos, necesitar de figuras prestadas y depender de outsiders populistas son señales claras de un partido débil.
En lo que si ha acertado el PAN es en el diagnóstico: hoy Acción Nacional no es competitivo, pero la solución es insuficiente. México y su sistema político ya no opera bajo la lógica de partidos tradicionales. Hoy el poder se construye desde la narrativa, la movilización territorial, el liderazgo personal y la conexión emocional.
López Obrador y Morena lo entendieron antes que nadie. El PAN, en cambio, lo está intentando replicar… ocho años después. Paradójicamente, en su intento por abrirse, el PAN puede terminar diluyéndose aún más y terminar siendo meras siglas sin contenido, comportándose como una franquicia electoral sin propuestas, proyecto ni ideario.
¿Podrá el PAN sobrevivir al 2027? No tengo duda de ello, sobrevivirá. La cuestión es cuál será su papel en la política nacional después de las elecciones intermedias. ¿Le permitirá esta fórmula al PAN consolidarse como el principal partido opositor o terminará en la irrelevancia como algunos de sus antiguos aliados?



