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Resignificar los Nobel de la Paz

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El Premio Nobel de la Paz nació con una intención noble: reconocer a quienes reducen la violencia entre naciones y amplían los márgenes de dignidad humana. Sin embargo, algo se ha torcido en el camino. Hoy, más que un faro moral, el Nobel de la Paz se parece a un reflector político: ilumina lo que conviene, encandila lo incómodo y deja en penumbra a las víctimas reales.

No es una exageración, es un patrón.

Henry Kissinger recibió el Nobel de la Paz en 1973 por su papel en las negociaciones para poner fin a la guerra de Vietnam. El dato es correcto. El problema es el contexto completo: esas negociaciones coexistieron con bombardeos masivos sobre Camboya y Laos, operaciones encubiertas, respaldo a dictaduras militares en América Latina y una política exterior que normalizó la muerte como herramienta diplomática.

El escándalo fue inmediato y profundo. Miembros del propio comité noruego renunciaron; el negociador vietnamita, rechazó el premio porque la guerra continuaba. A medio siglo de distancia, el consenso académico es claro: ese Nobel no premió la paz, premió la administración del conflicto en favor de una potencia.

En 2009, Barack Obama recibió el Nobel de la Paz a menos de un año de asumir la presidencia de Estados Unidos. El argumento fue simbólico: una nueva era de diplomacia, multilateralismo y esperanza global. Con el paso de los años, su administración expandió el uso de drones, mantuvo guerras heredadas y autorizó operaciones militares con graves consecuencias civiles. No se trata de demonizar a Obama, sino de señalar lo evidente: el Nobel se entregó antes de los hechos, y los hechos no confirmaron el relato.

El caso más reciente —el reconocimiento a María Corina Machado— vuelve a encender todas las alarmas. El comité noruego la presentó como “símbolo de resistencia democrática frente al autoritarismo venezolano”. Para muchos medios internacionales, el premio fue celebrado como un respaldo moral incuestionable. Pero en América Latina el debate es otro: Machado no es una activista neutral ni una figura desarmada frente al poder; es una dirigente política con una trayectoria de violencia, que ha llamado abiertamente a la intervención extranjera y ha celebrado sanciones e injerencias con efectos devastadores sobre la población civil.

¿Puede hablarse de paz cuando se aplauden bombardeos, sanciones económicas o invasiones como mecanismos de “liberación”?

El Nobel, en este caso, funciona menos como premio y más como mensaje, se premia el discurso, no el saldo humano. Se legitima a figuras funcionales a un orden global específico. Se confunde paz con alineamiento estratégico.

Mientras tanto, líderes comunitarios, mediadores locales, defensores de derechos humanos sin padrinos internacionales —los que sí reducen la violencia concreta— rara vez pisan Oslo.

México no es ajeno a esta lógica

Pensar que este fenómeno es exclusivo del Nobel sería ingenuo. En México, los premios también han sido usados como herramientas de legitimación.

La Medalla Belisario Domínguez, máximo reconocimiento del Senado, nació para honrar el valor cívico y la defensa de la democracia. Pero cuando se otorga a personajes ligados al poder económico (Bailleres) o político sin un impacto social proporcional, el mensaje se diluye.

Y si hasta certámenes como Miss Universo México terminan envueltos en escándalos de corrupción, vínculos con delincuencia organizada y lavado de dinero, el problema es más profundo: hemos normalizado que el prestigio pueda construirse sobre cimientos podridos.

Hoy por hoy, sectores de la derecha mexicana siguen fantaseando con una intervención extranjera “salvadora”. Hablan de democracia mientras justifican sanciones, bloqueos y guerras: las intervenciones basadas en mentiras —ayer “armas de destrucción masiva”, hoy “cárteles” o “dictaduras selectivas”— dejan muerte, caos y pérdida de soberanía. Siempre.

¿Eso es lo que quieren para México? ¿Una invasión legitimada por premios, discursos y titulares bien escritos? Roma paga la traición, sí. Pero antes cobra intereses en sangre ajena.

Replantear los Nobel de la Paz —y todos los premios vinculados a lo humano— no es un capricho ideológico. Es una necesidad ética. La paz no es una narrativa. No es una conferencia. No es una medalla. La paz es reducción real del sufrimiento, respeto a la autodeterminación de los pueblos, justicia para las víctimas y límites claros al uso de la violencia como política pública.

Mientras sigamos premiando a quienes administran el conflicto en lugar de a quienes lo desactivan, seguiremos viviendo esta paradoja: cada vez más premios de paz, cada vez menos paz verdadera.

Si Trump no pude ser detenido por su Pueblo o su propio Congreso, ¿Ante que nos estamos enfrentando?

Libertad inmediata para Maduro, y alto al intervencionismo lépero del “agente naranja”.

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