Durante 36 años, los gobiernos neoliberales hicieron del salario mínimo un cuento de ciencia ficción, convirtiéndose en un ancla que impedía a millones salir de la pobreza.
Entre 2018 y 2026, el proyecto de Nación de la Cuarta Transformación rompió con la lógica de la derecha, aumentándolo un 154% en términos reales, lo que no lo retrata como algo simbólico o retórico, sino como un cambio de la relación del Estado con las y los trabajadores del país.
Los resultados anunciados por la Presidenta Claudia Sheinbaum comprueban que, por primera vez en décadas, el salario dejó de ser un sinónimo de sacrificio y comenzó a ser una herramienta de justicia social.
Se desmintieron por completo los mitos que la oposición repetía una y otra vez; que subir el salario mínimo generaría inflación, crisis económica o fuga de inversiones, cerrando el año 2025 con una inflación del 3.6%, la más baja desde la pandemia. De la misma manera en que se alcanzaron niveles récord con la inversión extranjera, así como también el peso mexicano se mantiene cada día más fuerte frente al dólar.
Los resultados son claros: mejores salarios, confianza internacional y la estabilidad económica, situaciones que existen como consecuencia del Proyecto de Nación por el que votaron millones de mexicanos.
Hoy nos encontramos como el tercer país con el salario mínimo más alto, un dato impensable hace algunos años, cuando parecía que se competía por ver quién pagaba menos.
La defensa del aumento del salario mínimo no es una postura ideológica extrema, es una postura respaldada por datos, resultados y experiencia comparada. Lo verdaderamente radical fue mantener un salario indigno mientras se hacía la promesa de que un día el mercado repartiría los beneficios.
Hoy el modelo económico revolucionó la percepción del trabajo para dignificarlo con las herramientas del Estado, demostrando que subir salarios no destruye la economía, y ese será uno de los cambios de la Cuarta Transformación que marcarán la historia de manera positiva, sin opción a revertirlo.



