Ciudad de México a 23 enero, 2026, 18: 07 hora del centro.
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Soberanía y ciberseguridad

postal PP horizontal Hernán Garza

China se mantiene a la vanguardia en la regulación del espacio digital y su ciberseguridad porque entendió, desde las protestas de Tiananmén en 1989, que la información podría usarse como arma para erosionar legitimidad, fragmentar a la sociedad y condicionar decisiones soberanas. Con la expansión del internet y de las plataformas digitales, ese campo de conflicto se volvió permanente y de alcance global. La respuesta de China fue contundente: integrar información, seguridad, economía y cultura en un solo marco normativo, asumiendo que el ciberespacio es un factor geopolítico, los datos son recursos estratégicos y las plataformas digitales actores sociales relevantes.

México, en contraste, se considera un espacio digital abierto, administra riesgos mientras otros ejercen poder. Desde 2018, el debate público mexicano está marcado por campañas digitales coordinadas; el uso sistemático de bots y granjas de cuentas; picos artificiales de hashtags durante coyunturas electorales; narrativas importadas para deslegitimar políticas públicas y ataques dirigidos contra figuras clave del proyecto de transformación.

Hasta ahora, esa vulnerabilidad se enfrenta bajo la Estrategia Nacional de Ciberseguridad de 2017,[1] diseñada en conjunto con la OEA y alineada con la doctrina estadounidense de “gestión de riesgos” sin disputarle su soberanía. Por esto, el Plan Nacional de Ciberseguridad impulsado por la 4T no puede leerse como un simple documento técnico: es el primer intento, insuficiente, pero políticamente relevante, de dejar de pelear una guerra informativa con las manos atadas y comenzar a romper la dependencia estructural de un ecosistema digital dominado por Estados Unidos.[2]

El nuevo Plan reconoce que el ciberespacio atraviesa la seguridad, la economía y la vida pública, pero el problema de fondo es que México no gobierna su propio espacio digital y la Cuarta Transformación nació para recuperar soberanía conquistando espacios de poder para el Estado y no para gestionar modelos de subordinación heredados. Hoy la conversación pública, los flujos de información, la economía de la atención y los datos de millones de ciudadanos están mediados por plataformas estadounidenses privadas.

El mayor poder sin regulación efectiva que opera en México no es abstracto: es digital, transnacional y tiene nombre propio. Estados Unidos es el regulador del ciberespacio global, y ejerce ese poder a través de corporaciones que no rinden cuentas fuera de su jurisdicción. Sus plataformas deciden qué se amplifica, qué se invisibiliza y qué se monetiza en México sin obligación alguna de proteger procesos democráticos, garantizar derechos digitales o responder por la manipulación algorítmica que exportan. Este vacío no es accidental: es la arquitectura de una subordinación digital que reduce al Estado mexicano a administrador de consecuencias y le niega el ejercicio pleno del poder.

China se protege con un modelo centralizado y paternalista que, desde 2017, integró ciberseguridad, datos, algoritmos e inteligencia artificial en un solo marco regulatorio; no es una solución replicable ni deseable para México, pero demuestra un hecho inevitable: el dominio digital se alcanza cuando el Estado decide ejercer su autoridad. Ese control, sin embargo, se construyó al precio de una concentración extrema de facultades estatales y de una reducción deliberada y asfixiante del pluralismo informativo.

El proyecto humanista mexicano entra en contradicción cuando se habla de derechos digitales mientras algoritmos diseñados en Silicon Valley influyen en el debate público sin transparencia ni contrapesos. Aquí México enfrenta una prueba histórica: si su vocación es recuperar soberanía, no puede dejar intacta la hegemonía digital más influyente del siglo XXI, que distorsiona la interacción social, promueve el discurso de odio y mercantiliza datos personales. Ignorar esta realidad es aceptar esta nueva forma de colonización.

El Plan Nacional de Ciberseguridad será efectivo cuando se traduzca en ejercicio real de poder: una ley que establezca jurisdicción plena sobre el ciberespacio nacional; control legal de los datos como recurso estratégico en la era algorítmica; sometimiento obligatorio de plataformas y algoritmos extranjeros a la ley mexicana; responsabilidad jurídica para quienes lucran con la desinformación y la manipulación mediática y límites explícitos a la inteligencia artificial generativa y noticias falsas antes de que el Estado pierda, de manera irreversible, el control del espacio informativo.

No se trata de copiar a China ni de abandonar el humanismo, sino de recuperar facultades. En el siglo XXI, no regular el ciberespacio equivale a aceptar la subordinación digital. La soberanía no es un discurso, es una práctica, y México debe decidir si seguirá cediendo la discusión pública al control privado apelando al sentido común de una sociedad politizada y el derecho de réplica, o si ejercerá su autoridad sobre el espacio digital para someterlo a reglas públicas, transparentes y democráticas.

[1] México presentó Estrategia Nacional de Ciberseguridad desarrollada con apoyo de la OEA

[2] Plan Nacional de Ciberseguridad 2025-2030: México busca frenar el 78% de aumento en ciberataques

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