Hay canciones que no se escriben para el escenario, sino para los pueblos. Canciones que no buscan aplausos, sino despertar conciencias. “If I Had a Hammer”, aquella joya de Pete Seeger, nació como un himno que golpea, que advierte y que abraza. No fue compuesta para un tiempo, sino para todos los tiempos; no para un país, sino para toda esta tierra.
Hoy la escucho y me doy cuenta de que sigue diciendo lo mismo que decimos quienes caminamos desde hace casi dos décadas en este movimiento: que la justicia se construye a golpes de dignidad, que la libertad se toca como campana en las plazas, y que el amor entre hermanos y hermanas se canta, se repite, se comparte… por toda esta tierra.
He caminado muchas marchas. Caminé el 2005 del desafuero, caminé el 2006 del fraude electoral; y desde entonces he visto cómo la esperanza se enciende, se apaga y vuelve a encenderse cuando la gente decide tomar la calle como quien toma la palabra.
Y por eso celebro (sí, irónicamente) que quienes marcharon los días 15 y 20 de noviembre hayan salido a expresar su visión del país, aunque sea distinta a la mía, usando el estandarte de la llamada Generación Z, aun cuando no todos pertenecen realmente a esa generación ni ésta los representa en su totalidad. Qué bueno que salieron: qué bueno que se escucharon a sí mismos y que hicieron sonar, aunque fuera por un momento, la campana de la libertad. Porque, como escribió Pete Seeger:
“Es el martillo de la justicia,
es la campana de la libertad,
es la canción del amor entre mis hermanos y mis hermanas
por todo esta tierra”
Y, mientras las voces se eleven con ese espíritu, toda expresión pública tiene un lugar legítimo en la vida democrática. Aunque no comparta su ruta, defiendo su derecho a caminarla; tal y como dice la frase que alguna vez Evelyn Beatrice Hall le atribuyó a Voltaire: puedo no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé tu derecho a decirlo. La calle enseña lo que ninguna red social enseña: enseña la verdad del otro.
Y si celebro esas marchas, imagínate cómo festejo con bombo y platillo la convocatoria de este 6 de diciembre. Cómo no va a alegrarme que las nuevas generaciones del movimiento vuelvan a tomar la calle, que reconozcan que el poder no se sostiene desde un escritorio, sino desde el abrazo con la gente.
Si algo nos enseñó el presidente López Obrador es que gobernar también es caminar. Que la calle no es un lugar de protesta permanente, sino un espacio de encuentro, de diálogo, de reafirmación del proyecto. Después de su salida, sí, hubo marchas; pero no con el espíritu encendido que él dejaba tras de sí, ese espíritu que ahora vuelve a sentirse en el aire, como si alguien volviera a levantar el martillo, a tocar la campana y a entonar la canción.
Ver a los jóvenes marchar este 6 de diciembre es ver que el movimiento no se ha dormido en el poder. Que no cayó en el destino del PRI y del PAN, que al encumbrarse se volvieron lejanos al pueblo y sordos a la calle.
Es un gusto, un verdadero gusto, mirar que la transformación sigue en la calle, porque ahí nació y ahí se renueva.
“If I had a hammer, I’d hammer out love between my brothers and my sisters…” Si yo tuviera un martillo, y vaya que lo tenemos, yo también golpearía amor. Golpearía unidad, golpearía esperanza.
Y si tuviera una campana, y la tenemos, la tocaría por la mañana y por la tarde para recordar que la libertad no se decreta: se ejerce. Y si tuviera una canción, y la tenemos, la cantaría por toda esta tierra para que no olvidemos que somos un mismo pueblo con muchas voces.
Y este 6 de diciembre vamos a hacerlo juntos. Con el martillo de la justicia, la campana de la libertad, y la canción de amor fraterno que se canta cuando un pueblo sabe por qué camina.
No somos ingenuos. Sabemos que dentro de la propia transformación hay distintos matices, distintas visiones, distintos modos de entender el país. Y qué bueno que así sea. Una revolución que no dialoga se muere de dogma; una transformación que no se discute se convierte en museo.
Salimos a caminar para reconocernos, para escucharnos, para corregirnos y para recordar que, frente a la adversidad, somos un equipo, no una colección de tribus en disputa.



