Para cerrar con broche de oro la fiesta mundialista, quise abordarlo desde mi enfoque favorito: la perspectiva de género.
Cuando pensamos en futbol, históricamente lo concebimos como uno de los bastiones más rígidos de la masculinidad hegemónica. Funciona no solo como un deporte, sino como un ritual de socialización donde se validan la fuerza, la competencia y la fraternidad, relegando lo femenino a un rol secundario o “decorativo”.
Cuando el Gobierno de México y Julieta Venegas introducen «La niña futbolista» como narrativa cultural oficial rumbo al Mundial 2026, irrumpen de manera deliberada en este espacio. La posterior exhibida que recibió la cantautora refleja un síntoma claro de resistencia patriarcal: una reacción violenta ante la pérdida del monopolio simbólico de un espacio que los varones han considerado de su propiedad.
Pero en realidad ¿de qué se tratan estos nuevos conceptos, y a donde nos hace mirar? El tema de la exclusión histórica y el «derecho de admisión» de la masculinidad, radica en que el torneo 2026 es una «Copa del Mundo masculina», por lo que, bajo su lógica, la música acompañante debería apelar a la épica de la victoria, el nacionalismo clásico y aunque expresamente no se acepte, “la testosterona”.
Esto evidencia, una segregación espacial simbólica, pues reafirma que el feminismo o las niñas no tienen cabida en la antesala del Mundial, reactivando el sesgo con relación a que las mujeres son «intrusas» en el deporte “rey”. La canción de la mencionada compositora, perturba porque visibiliza una realidad embarazosa: a las niñas históricamente se les ha dicho que el fútbol «no es para ellas«.
La «funa» en redes no es un debate simétrico, sino un mecanismo de castigo social disciplinario. Cuando una mujer con un perfil de activista o aliada feminista como Julieta Venegas utiliza una plataforma masiva (la mañanera del pueblo) para emitir un mensaje de igualdad, la respuesta de los sectores conservadores es la ridiculización y el ataque, así, la incomodidad del hombre promedio ante la deconstrucción de su espacio de ocio se canaliza a través de la violencia digital.
Volviendo al tema de la melodía, en ella se sustituyeron las tradicionales trompetas, tambores y el ritmo frenético de los himnos mundialistas, por un arreglo pop acompañado por el Coro de jóvenes del Conservatorio Nacional de Música.
Este desplazamiento de lo «bélico/competitivo» (el ganar a toda costa) hacia lo «coral/comunitario» (el apoyo mutuo para que una niña logre su sueño) es una afrenta directa a los valores de la masculinidad tradicional. La furia en redes sociales también responde a este rechazo de estéticas asociadas a la sensibilidad, el cuidado y la inclusión dentro de un ecosistema que exige agresividad y nacionalismo rígido.
Para resolver la polarización y asegurar que la inclusión de las mujeres en el deporte no se reduzca a un acto cultural aislado que propicie la violencia digital, debemos continuar implementado una estrategia que permita incluir verdaderamente a todas sin discriminarlas en razón de su género.
Desde 1971, cuando se jugó en México, el primer mundial femenino, sin que la FIFA lo haya reconocido como tal, debimos haber advertido que algo no iba bien. Es bastante paradójico que haya sido una cantante mexicana, quien alzó su melodiosa voz, para invitarnos a mirar la realidad.
Instituciones como la Secretaría de las Mujeres y de Cultura han puesto en marcha de campañas proactivas para moderar el debate público, existen ya Protocolos de Mitigación de Violencia Digital de Género que contemplan una contra narrativa en sitios como TikTok y X, por ejemplo; quizá visibilizando algunas problemáticas que prevalecen “en la cancha de la igualdad” tales como la brecha salarial y sexualización en los deportes, por mencionar algunos, ello a fin de continuar generando conciencia social entre la población.
La «funa» que sufrió Julieta Venegas es la prueba más fehaciente del porqué corear sobre una chiquilla amante del balón, sigue siendo estrictamente necesaria. Mientras el fútbol y otros oficios o profesiones se conciban como «regaños”, “feudos exclusivamente varoniles”, o como “llamados a un cambio ideológico”, la cultura, el deporte, las instituciones y la sociedad, estarán en deuda con las niñas que sueñan con tocar un balón, un bate, viajar a la luna, ser CEO de empresas, o romper los estereotipos.
La solución no es bajar del streaming «La niña futbolista», sino enmarcarla como contenido educativo e ilustrativo, quizá un día histórico. En lugar de linchamiento digital, redoblemos la apuesta mediante la educación, la colectividad y la materialización del derecho de las mujeres a cantar, jugar y ocupar cualquier espacio que decidan.