En 1916, durante su etapa de construcción teórica y con la primera guerra mundial de telón de fondo, Lenin sostuvo que el imperialismo constituye la fase histórica “superior, parasitaria y decadente” del capitalismo. Esta caracterización, ejemplificada con la Gran Guerra entre los imperios europeos y, a visión de Lenin, surge cuando una potencia alcanza un estadio maduro de desarrollo capitalista, marcado, entre otros factores, por la concentración de la producción y del capital, así como por la necesidad de colocar inversiones de forma extraterritorial ante el agotamiento de oportunidades viables dentro de su propio territorio.
Llevando lo anterior a la reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela, observamos que existe una necesidad patológica de aumentar la influencia de la potencia norteamericana en la producción petrolera global, con el propósito de que exista un control directo o indirecto de las corporaciones estadounidenses de este recurso, no obstante, con matices propios del imperialismo europeo y estadounidense del siglo XIX. Lo que en Venezuela se perfila es la imposición de un modelo que remite al pasado, en los que las empresas extranjeras operaban sin contrapesos locales (A diferencia de regiones como el Golfo Pérsico, donde existen empresas estatales que controlan la inversión en hidrocarburos) ni regulaciones efectivas, limitándose a la explotación de recursos naturales mediante aportaciones mínimas al Estado y sin mecanismos reales de rendición de cuentas.
El imperialismo norteamericano no es una novedad sorpresiva, sin embargo, su evolución ha sido tal que hoy opera con métodos altamente sofisticados y, por ello mismo, lo tenemos normalizado. Esta forma de dominación se ejerce a través de mecanismos tales como el control de tecnologías protegidas por regímenes estrictos de propiedad intelectual impuestos a los países periféricos; o mediante el control del sistema financiero global, sustentado en la predominancia del dólar como principal moneda de comercio, reserva y emisión de deuda soberana, entre otros instrumentos.
No obstante, el regreso a la injerencia directa, ahora mediante el uso del ejército estadounidense –y no a través de proxies locales- reedita la forma en como comprendemos la imposición de la predominancia global de Estados Unidos. En esta ocasión, por ejemplo, no ha sido necesario señalar la existencia de un régimen no democrático que atenta contra la libertad individual de la ciudadanía, ni colocar como prioridad una transición política hacia un modelo de otra naturaleza. Por el contrario, la Casa Blanca ha planteado abiertamente el control directo del territorio venezolano o un entendimiento con el liderazgo de Delcy Rodríguez desde una lógica de subordinación, advirtiendo que, de no concretarse, le esperaría algo “mucho peor” que al depuesto Nicolás Maduro.
Siempre hemos sabido que el verdadero motivo de toda intervención de Estados Unidos es económico, desde la creación de gobiernos títeres en Centroamérica para mantener estable el precio del banano hasta el debilitamiento de figuras que desafiaran la hegemonía global de este país. No obstante, durante buena parte del periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, los tomadores de decisiones en Washington se tomaban la molestia de encuadrar sus acciones dentro de un marco ideológico de valores occidentales que, al menos en el discurso, apelaban a la democracia liberal, los derechos humanos y la libertad de mercado.
Ahora, Estados Unidos ha optado por prescindir de los marcos discursivos que antes legitimaban su intervención y avanzar hacia formas más directas y explícitas de coerción económica, política y territorial. Volvemos al expansionismo americano que existió desde finales del siglo XVIII, hasta casi inicios del siglo XX, con la compra (si así le podemos llamar) de Filipinas a España o las anexiones de Hawái y Puerto Rico.
Sin que aún podamos dimensionar las consecuencias de este movimiento, ni anticipar otros similares en el futuro, lo que resulta evidente es el regreso a formas de injerencia arcaicas, las cuales creíamos superadas. Con este giro nace una reedición del imperialismo, volviendo a una expresión más clásica y, con ello, más salvaje, en la que la expansión y preservación del poder de las potencias se impone sin mediaciones ideológicas, por el contrario, con un cinismo que recuerda a los imperios europeos o posteriores a la edad media, marcado por el simple deseo de aumentar el control sobre una nación, una ruta comercial o un recurso en específico.
Lejos de anunciar un nuevo orden, estos hechos confirman la vigencia de una lógica que, como advirtió Lenin hace más de un siglo, emerge con mayor crudeza cuando el capitalismo entra en su fase de agotamiento y disputa abierta por los recursos estratégicos del mundo.





