Hay momentos en la historia en que el silencio se vuelve cómplice.
Y este es uno de ellos.
La política internacional atraviesa hoy una etapa de agresividad desbordada, de amenazas abiertas, de portaaviones moviéndose como fichas de ajedrez sobre mares ajenos, de discursos que confunden fuerza con razón y poder con derecho. Desde Groenlandia hasta Irán; desde Canadá hasta México; desde América Latina hasta el corazón mismo de los Estados Unidos, el ruido del tiburón se escucha cada vez más cerca.
Decía Carlos Puebla, en su canción “Ya ganamos la pelea” misma que hoy vuelve a latir con fuerza:
“El famoso tiburón… empezó a comer sardinas.”
Y no es metáfora menor.
El tiburón, el imperialismo estadounidense, encarnado hoy en el gobierno de Donald Trump, no en su pueblo, ha abierto demasiados frentes al mismo tiempo. Presiona territorios estratégicos como Groenlandia, insinúa apropiaciones bajo el disfraz de seguridad y recursos; desplaza su poderío militar hacia Irán; amenaza la soberanía mexicana con discursos de intervención “por tierra”; castiga comercialmente a Canadá por atreverse a tomar decisiones propias en materia de vehículos eléctricos; y hacia dentro de su propio país, desacata, intimida, reprime.
Pero conviene decirlo con toda claridad: ¡no hablamos del pueblo norteamericano. Hablamos de su gobierno!
Porque el noble, diverso y digno pueblo de los Estados Unidos, ese que hoy se manifiesta en sus calles, que alza la voz contra los abusos, que defiende derechos civiles, migrantes y libertades, está demostrando algo fundamental: que quizá en las urnas se cometió un error, pero que la conciencia democrática no ha desaparecido. Las calles, a veces, corrigen lo que las elecciones no supieron prever.
El tiburón come…
pero no siempre mide las consecuencias.
“Y por no andar con cuidado,
se le atravesó una espina.”
Esa espina no es un misil ni un ejército; algo más peligroso para los imperios: la dignidad.
“Espina de dignidad,
de decoro justiciero,
valiente espina de acero
con brillo de libertad.”
Hoy, esa espina aparece en distintas voces del mundo. Una de ellas resonó recientemente en Davos, cuando el primer ministro canadiense, Mark Carney, recordó que la cooperación internacional no puede construirse desde la amenaza ni desde el chantaje, sino desde reglas claras, respeto mutuo y soberanía compartida.
Y ahí está el punto central de esta partitura: no tenerle miedo al tiburón.
Quizá al presidente Trump le vendría bien leer, antes de mover el portaaviones Abraham Lincoln, aquella frase de Benito Juárez:
“Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.”
Porque cuando el tiburón cree que puede comerse diecinueve sardinas sin consecuencia, olvida algo esencial:
“Se comerá diecinueve,
pero la veinte… ¡qué va!”
Esa veinte somos los pueblos cuando decidimos no agachar la cabeza; son las naciones cuando recuerdan que la soberanía no se negocia por miedo. Es el mundo cuando entiende que la paz no se impone con portaaviones, sino con respeto.
Y, si así lo hacemos, “ya ganamos la pelea”.



