- Una ola de personas migrantes se observa que está de paso por Oaxaca, se les ve en las calles pues nuestro estado se volvió una aduana en su camino rumbo a Estados Unidos
Mario (nombre ficticio para una persona en situación de migración) lleva 21 días viajando. Él y otras personas migrantes, la mayoría originarias de Venezuela, hacen una pausa en su viaje y descansan en el Jardín Morelos, en el centro de la ciudad de Oaxaca; pero tienen planeado partir ese mismo día -31 de marzo de 2023- para continuar su camino rumbo al norte.
Junto a Mario, viajan familias completas que buscan llegar a los Estados Unidos de América y en su caso, su hija de dos años de edad, su esposa y sus padres permanecen en Caracas, Venezuela, de donde es originario.

Las condiciones económicas y la búsqueda de un mejor futuro para él y su familia, lo obligaron a tomar la decisión de emigrar. En poco más de veinte días de recorrido ha cruzado la selva de Colombia y Panamá, ha sido testigo de suicidios, asesinatos, secuestros, extorsiones y discriminación y, las experiencias más difíciles las ha sufrido en los pocos días que lleva en territorio mexicano.
En el Jardín Madero son alrededor de 50 personas migrantes, entre mujeres, niños, niñas, adolescentes y hombres, que descansan previo a retomar su viaje camino a la frontera norte de México; otros cientos se observan en los diversos cruceros viales de la ciudad de Oaxaca, en plazas públicas y en las terminales de autobuses. Las nacionalidades van desde personas originarias de Haití, Cuba, Nicaragua, Venezuela, Honduras, El Salvador, e incluso de personas de naciones de Europa del este, Asia y del continente africano. Detrás de ellos, miles siguen llegando al territorio nacional e inician su periplo, primero en el estado de Chiapas y después continúan por el Istmo de Tehuantepec de Oaxaca.

El flujo migratorio de personas extranjeras “no documentadas”, como las clasifica la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría de Gobernación (Segob), advierten un incremento desde el año 2018 (a excepción del año 2020, cuando surge la pandemia del Covid-19 y hay un descenso de hasta un 40 por ciento).
Los datos oficiales de la Unidad de Política Migratoria señalan que en el año 2018 se tiene registro de 131 mil 445 personas migrantes; 182 mil 940 en 2019; 82 mil 379 en 2020; 309 mil 692 en 2021; 444 mil 439 en 2022; mientras que entre enero y febrero de 2023, 70 mil 526 extranjeros no documentados. El aumento entre es del 337% en el 2022 en comparación con el año 2018.
En Oaxaca, el paso de personas migrantes no documentadas también registra un incremento, según las cifras de la Segob: 7 mil 448 en el año 2018; 8 mil 426 en 2019; 2 mil 568 en 2020; 8 mil 94 en 2021; 11 mil 40 en 2022; y entre enero y febrero de 2023, 1 mil 898. Pero los testimonios, las declaraciones de autoridades municipales, y la propia observación, muestran que estos números están muy por debajo de la realidad.

Por ejemplo, Humberto López Parrazales, presidente municipal de San Pedro Tapanatepec ubicado en la región del Istmo de Tehuantepec, afirma que han llegado al municipio más de 14 mil personas en busca de obtener un permiso de tránsito en el país para continuar su camino hacia los Estados Unidos; número que supera a los habitantes de esta población que es de 11 mil aproximadamente.
Vicente tiene 21 años de edad, pero abandonó Venezuela desde que tenía 17 años, al terminar sus estudios de bachillerato. En el Jardín Morelos de la ciudad de Oaxaca corta el cabello a otros compañeros de viaje por 60 pesos mexicanos; lleva tres días en la capital del estado y los dos primeros días consiguió un trabajo para descargar un camión en la Central de Abasto, por lo que pagaron 400 pesos. Hoy ya no fue a trabajar porque han decidido reanudar su camino hacia los Estados Unidos.

Este joven originario del estado de Miranda, Venezuela, aprendió a cortar el cabello mientras estudiaba el bachillerato. Decidió emigrar, primero a Colombia, porque “la cosa estaba fuerte en Venezuela” y un tío que vivía en Colombia lo instó a salir de su país.
“Salí a los 17, en ese tiempo la cosa estaba fuerte, pero no como ahora que está más fuerte. O sea, había un tiempo que había comida y no había para comprar, y un tiempo que había para comprar y no había comida. Te querían pagar una miseria, lo sé porque mi padre fue a trabajar y no pagan lo que era, a eso yo le digo fuerte, no rendía la plata. Mi mamá era profesora. Pero no había de otra. Yo tenía un tío en Colombia y cuando salí me mandó a buscar, que me fuera para allá y como cortaba pelo, tenía como profesión y cuando yo llegara me ponía a cortar pelo”.

En Colombia, donde vivió cuatro años, trabajaba cortando cabello y después montó su propia barbería y empezó a irle mejor, se compró una motocicleta; aun así, lo que ganaba era insuficiente para comprarse una casa, por ejemplo, tener mejores condiciones de vida y mejorar la de su familia en Venezuela.
“Decidí venirme por un futuro, por una vida mejor, claro, para mi familia, para mi mamá”.
Las condiciones han sido más difíciles para M. En Caracas, Venezuela se dedicaba al comercio, a la compra y venta de café; pero, dejó de ser suficiente porque debía pagar “vacuna” (especie de soborno o pago de piso) a los elementos de la Guardia Nacional de su país y otros funcionarios.
“Porque trabajaba y con lo que trabajaba no voy a poder comprar una casa, una vivienda digna para mi hija. La salud, es falso que la salud sea gratis en Venezuela, porque no hay ni medicinas ni equipo, da miedo enfermarte porque gastas 200 dólares y ganas 30, porque no tienes cómo cubrir los gastos médicos. Es por el futuro de nuestros seres queridos (que decidió emigrar)”.
En su país, dice, el gobierno regala una despensa mensual que contiene arroz, harina, azúcar y en ocasiones leche y frijol, y algunos productos enlatados; pero apenas es suficiente para cubrir las necesidades alimentarias de cuatro días.
Los servicios básicos son gratuitos como el agua potable y la energía eléctrica, pero año con año se van deteriorando y la situación empeora, los apagones pueden durar hasta siete días y “sabes que todo lo que tienes en la nevera se te echará a perder, además que el agua no es potable. Dicen que te regalan todo eso, pero no la estabilidad económica que se necesita y te obligan a depender de ellos”.

Antes de emprender el viaje hacia los Estados Unidos, Mario emigró a Brasil donde trabajó en una mina de oro con severas secuelas para su salud. En esas minas utilizan el mercurio en los procesos de amalgamación para separar el oro de otros minerales “haciendo que éste se una al mercurio, para luego evaporar este último calentándolo”. Toda la manipulación se realiza con las manos sin ningún tipo de protección. El mercurio, según reportes científicos y médicos, tiene un efecto altamente tóxico e irreversible para los humanos que provoca problemas psicomotores, pérdida de memoria, gingivitis, problemas renales, temblores musculares y hasta la muerte.
También en Brasil, Mario se contagió de paludismo; enfermedad con la que creyó que iba a morir. Mario sobrevivió, pero ahora tiene daños irreversibles en el hígado.
Al igual que Vicente, pagó un coyote que lo ayudara a cruzar la selva de Colombia y Panamá. Un peregrinar que tardó cinco días. “Está tranquilo cruzar la selva, luego llegas a Panamá y a partir de ahí, a la deriva”, dice. Sin embargo, encontraron libre tránsito por todos los países que cruzaron, entre ellos Honduras y Costa Rica, hasta llegar a México.
“De allá pa’cá nos toca un tramo fuerte porque tienes que pasar por una selva, luego caminar en selva, si vas rápido puedes hacerlo en dos días y medio, si vas lento puedes hacer hasta cinco días. En la selva de Colombia con Panamá, eso tienes que hacer. De Panamá para acá solamente agarras autobús y llegas a Costa Rica. luego Nicaragua. De Panamá para Costa Rica no hay problema para cruzar las fronteras”, explica Vicente.
México ha sido lo peor para ellos. Desde su llegada a este país han sido testigos de suicidios (algunas personas que se rompieron una pierna, y que deciden mejor suicidarse ante la posibilidad de continuar su camino), personas asesinadas, extorsionadas y secuestradas. Y además, la discriminación que sufren por parte de los mexicanos.
Una de las cosas más fuertes que Mario ha visto, ocurrió adelante de Tapachula. Las personas migrantes viajaban en una camioneta blanca cuando fueron secuestradas por un grupo armado, horas después sólo uno de los secuestrados regresó sin un dedo y su mano aún estaba sangrando, dejando atrás a su esposa e hijos, y al resto de personas secuestradas.

En Oaxaca ha sufrido la discriminación, la estafa y la extorsión. Primero pagaron cinco mil pesos a una persona que prometió llevarlos por 30 kilómetros, pero a los cinco kilómetros los baja y se vieron obligados a caminar; en la capital del estado, las personas -más que las autoridades- son quienes abusan de ellos: “he visto que a ustedes les venden una botella de agua a 10 pesos y a nosotros nos la venden a 30 pesos”.
“En México ha sido lo peor desde el comienzo, te extorsionan las mismas personas, te engañan y te dejan en la calle con niños, personas mayores, mujeres embarazadas, y con el miedo a que te secuestren. En los centros de detención de Migración primero te humillan, te obligan a desnudarte, a hombres y mujeres”, revela.
“Venezuela es muy parecido acá, en el sentido de que te extorsiona mucho el gobierno, es muy corrupto. (Venezuela) Es un país gobernado por narcotraficantes, está disfrazado, las bandas criminales son del mismo gobierno… La inseguridad es muy alta, le tenemos miedo más a la policía porque ellos tienen el derecho a hacer lo que quieran contigo, si no traes dinero para darles te siembran drogas o te siembran armas”.
Alejandra Díaz de León, profesora-investigadora del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México, señala que “las políticas de control migratorio establecidas por el gobierno de nuestro país criminalizan a las personas migrantes y las exponen a más violencia. Los retenes, las redadas, la persecución y la detención fuerzan a las personas migrantes a mantenerse en la clandestinidad y a tomar rutas cada vez más peligrosas. El miedo a ser deportados les impide pedir ayuda médica o legal. Además de la violencia estatal, las personas migrantes están expuestas al crimen organizado y a una ciudadanía xenófoba. Las personas migrantes entienden que no son bienvenidas y que son consideradas menos que las personas mexicanas. No se creen el discurso de los derechos humanos del gobierno”.

Ahora se enfrentan a otro problema: el gobierno federal ha negado el permiso de libre tránsito por el país, a menos que demuestren que tienen una cita con el gobierno de Estados Unidos, a través de una aplicación en su celular. Hasta hace poco, el gobierno mexicano otorgaba un permiso a las personas migrantes para transitar libremente por el país, permiso que según Mario ha sido cancelado.
“Esos permisos aquí no sé, porque a nosotros nos dicen que el permiso no vale, a nosotros lo que se dice para pasar a Estados Unidos nos ponen una aplicación, venezolanos, haitianos, nicaragüenses, en esa aplicación metes los documentos de la persona que te va a recibir allá, y ahí te sale la cita y todo, pero antes de eso te mandan como un papel, un permiso y con eso tienes que pasar las migraciones”, detalla Vicente.
Según la Dirección de Políticas para la Protección e Integración de Migrantes de la Segob, el gobierno federal tiene proyectos de políticas en materia de protección, asistencia e integración de las personas migrantes de origen extranjero, y que se fundamenta en garantizar el ejercicio pleno de los derechos de las personas migrantes, con independencia de su situación migratoria.
La investigadora Alejandra Díaz de León, sin embargo, sostiene que “para hacer de México un país más acogedor para las personas migrantes hace falta, sobre todo, dejar de criminalizarlas. El gobierno debe evitar hacer retenes y redadas que sólo generan que se vea a las personas migrantes como criminales. También debe respetar la Ley de Migración de 2011 y proporcionar educación, salud y justicia a estas personas.
“El gobierno podría facilitar visas de tránsito y visas de asentamiento para que quienes deseen quedarse puedan conseguir trabajo digno y asentarse en México. Finalmente, se podrían hacer programas de reunificación familiar para traer a sus familias de forma segura. Una política migratoria de bienvenida y no de disuasión y repulsión haría a México un país más atractivo para algunas personas migrantes”.










