Cristian Salazar Herrera
La Cuarta Transformación de México, proyecto que encabeza el presidente Andrés Manuel López Obrador, exige una ciudadanía consciente, informada y comprometida con el desarrollo y bienestar social. Nuestro movimiento es trascendental; por un lado, se encuentra combatiendo y derrumbando al viejo régimen, caracterizado por la corrupción, la desigualdad y la marginación; en tanto, cimenta y construye un país donde todas las personas cuentan con las mismas oportunidades.
En este contexto, las personas jóvenes debemos transmitir e impulsar, con esa energía y ánimo que nos caracterizan, el cambio, la transformación. En nuestra forma de conducirnos no caben prácticas como el influyentismo, el nepotismo o el amiguismo. A diferencia de generaciones pasadas, que anteponían los intereses personales a los intereses del pueblo, las juventudes vemos en la política un medio para lograr consensos y generar soluciones públicas, al mismo tiempo que no dejamos de cuestionar y señalar las omisiones o errores que se presentan en el camino.
Y es que, como todo movimiento social, la Cuarta Transformación no ha sido perfecta, y sería un error grave negarlo, se han postulado a candidatos que no representan los intereses del pueblo, incluso se ha protegido y solapado a servidores públicos involucrados en posibles actos de corrupción. Claro ejemplo de lo anterior, Lily Téllez, quien ganó un escaño en el Senado por Morena y que actualmente pertenece al PAN, convertida en una de las figuras más llamativas de la oposición, e Ignacio Ovalle, exdirector de Selgamex, y quien cuenta varias denuncias en su contra por irregularidades, las cuales suman un total de 9 mil 500 millones de pesos.
Por lo anterior, considero que una de nuestras tareas como jóvenes de la Cuarta Transformación es visibilizar y exponer problemas sociales como la desigualdad y violencia de género, la discriminación, la pobreza, la corrupción, el deterioro del medio ambiente, entre otros temas. Hay foros y debates que sólo se quedan en grupos y espacios de privilegio, como si la solución no pasara por socializar, reconocer y atender de manera conjunta esto males.
En segundo término, nos corresponde fomentar la cultura cívica y la participación ciudadana. Después de reconocer los problemas que nos afectan, ahora toca hacerle saber a la ciudadanía que sus ideas y propuestas de solución son muy valiosas, y es su obligación y derecho ser parte de la gestión pública. Nuestra incidencia no se reduce a una jornada electoral, sino que es una actividad constante y permanente.
En tercer punto, es indispensable difundir los principios irrenunciables de la 4T: no robar, no mentir y no traicionar al pueblo. Igual de relevante es informar a la población los proyectos y logros que ha alcanzado la administración del presidente López Obrador, así como los gobiernos locales afines al movimiento.
Por último, nuestro espíritu y naturaleza crítica debe prevalecer y ser parte de este proceso de transformación. No son pocas las personas que han cedido ante el poder económico y político, doblegando sus principios y valores. Atrás han quedado los tiempos donde las juventudes no eran tomadas en cuenta, en contraste, ahora somo el motor y la principal defensa de esta transformación.












