La tan anunciada “unidad opositora” empieza a mostrar grietas profundas. A dos años de las elecciones intermedias de 2027 y con la mirada puesta en 2030, el PRI ya comenzó a deslizar entre sus estructuras la intención de competir sin el PAN, dejando atrás una alianza que ha resultado más incómoda que útil.
La causa del rompimiento es clara: el dirigente nacional del tricolor, Alejandro “Alito” Moreno, busca posicionarse como candidato presidencial, lo que ha generado incomodidad en Acción Nacional. Los panistas, por su parte, no ocultan su molestia: consideran que en 2024 la coalición fue un fracaso y que es momento de reconsiderar su estrategia.
Desde dentro del PRI, la crítica es frontal. Genaro Morales Rentería, referente de la Corriente Crítica, aseguró que los números son contundentes: con candidatos propios, el partido habría obtenido al menos un 10% más de votos y 50 curules federales. “La alianza con el PAN no nos deja avanzar, nos borra políticamente. Nos va mejor solos”, sentenció. Incluso calificó la relación con los panistas como “tóxica”.
En los estados, la fractura se profundiza. El secretario de organización del PRI, Jorge Armando Meade Ocaranza, ha recorrido entidades como Hidalgo, Puebla y el Estado de México preparando estructuras para competir sin el PAN. El mensaje es claro: ya no hay confianza.
Para buena parte de la militancia priista, “Alito” debe ser el candidato presidencial en 2030, incluso encabezando una eventual alianza, pero sólo si es bajo sus términos. Mientras tanto, del lado panista, el vocero Jorge Triana respondió con frialdad: “Es muy pronto para hablar de nombres. Primero debemos evaluar si la alianza sigue siendo útil”.
En el fondo, esta ruptura evidencia que la alianza opositora nunca fue más que un arreglo pragmático, sin proyecto, sin visión común y sin principios. Se unieron por el poder, pero no por el país. Y ahora, ni siquiera pueden sostenerse entre ellos.
Mientras el PRI quiere recuperar su identidad perdida, el PAN se lava las manos y deja en libertad a sus dirigencias estatales para ver “con quién les conviene ir”. Así, entre celos, cálculos y traiciones, se esfuma el discurso de “unidad” que tanto proclamaban.
Porque cuando no hay convicciones ni proyecto, la política se convierte en un reparto de cargos… y eso, tarde o temprano, se desmorona.












