jueves, 30 abril 2026
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Nuevas trincheras para la revolución de las conciencias

Por: Mariana Zapata

Esta semana, la ENSU del INEGI nos dio una buena noticia que no debería sorprender a nadie que lea los datos con seriedad: la percepción de inseguridad en México descendió al 61.5% durante el primer trimestre de 2026, el nivel más bajo desde el inicio de la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum. El secretario Harfuch lo presentó sin aspavientos, con datos, con rigor: la estrategia está funcionando. La realidad delictiva mejora. Y ahora, por fin, la percepción ciudadana empieza a moverse en la misma dirección.

Pero me pregunto cuánto tiempo llevará eso en el espacio público. Cuántos segundos de trending topic. Cuántos días antes de que el ciclo de bombardeo mediático lo entierre bajo otra oleada de noticias de violencia amplificadas, descontextualizadas y convertidas en combustible para la guerra sucia.

Porque eso es lo que está pasando en México. Y si no lo nombramos con claridad, si no construimos una respuesta a la altura, volveremos a perder terreno.

Lo que los datos dicen y lo que la gente siente

Revisemos los hechos con frialdad. La presidenta Claudia Sheinbaum informó en febrero que los homicidios dolosos disminuyeron 42% a nivel nacional entre septiembre de 2024 y enero de 2026. El promedio diario pasó de 86.9 a 50.9 víctimas. Son 36 homicidios diarios menos. Enero de 2026 fue el enero con menor número de homicidios dolosos desde 2016.

26 entidades federativas redujeron su promedio diario de homicidios. Zacatecas cayó 88%, San Luis Potosí 83.9%, Quintana Roo 73.2%. Guanajuato —históricamente uno de los estados más golpeados— redujo sus homicidios en 65%. Nuevo León en 76%. Se han decomisado más de 22 mil armas de fuego, 327.8 toneladas de droga, y se desmantelaron más de 2 mil laboratorios clandestinos. La tasa de robo de vehículo —una de las mejores métricas de análisis delictivo— disminuyó en el 98% de las áreas urbanas medidas.

Y sin embargo, hasta hace apenas unos meses, la percepción de inseguridad escalaba. Analistas de distintas corrientes planteaban el fenómeno como un acertijo sin respuesta: los datos y el sentir de la gente se movían en sentidos completamente opuestos.

Coincido con ese diagnóstico. Los datos son irrefutables. Pero disiento en que no haya respuesta.

No estamos frente a un fenómeno espontáneo de percepción social. Estamos frente a una operación narrativa deliberada, sistemática y coordinada que busca instalar en la mente de millones de mexicanas y mexicanos la idea de que vivimos en un país más peligroso que nunca, precisamente cuando los números demuestran lo contrario. Y la reciente baja en la ENSU no es el fin de esa operación — es una señal de que podemos ganar esta batalla si actuamos con inteligencia.

No fue gradual porque no fue espontáneo

Algunos han apuntado que, si el desacoplamiento entre realidad y percepción se explicara solo por la cobertura mediática o por las redes sociales, habría sido gradual. Tienen razón. Esos factores existían desde antes. Lo que cambió de golpe fue otra cosa: el inicio del sexenio de Sheinbaum como oportunidad política para activar una ofensiva comunicacional.

El lingüista George Lakoff lo explica con claridad: quien define el marco de la conversación, gana el debate. No importan los datos si tu adversario logra que la gente piense todos los días en inseguridad. La inseguridad se vuelve la realidad colectiva, independientemente de lo que digan las estadísticas.

Desde octubre de 2024, se activó una maquinaria de bombardeo informativo sin precedentes. Cientos de cuentas, medios digitales de dudosa procedencia y portales disfrazados de periodismo independiente comenzaron a replicar y viralizar, todo el día y todos los días, cada caso de violencia en el país. No se trata de informar. Se trata de saturar. De crear un ambiente de miedo permanente desconectado de la realidad. El propio gobierno lo documentó a través de la Coordinación de Infodemia: bots, cuentas recién creadas, influencers ajenos a la política que súbitamente compartían mensajes sobre inseguridad, y actores vinculados a la derecha global, incluyendo estructuras como la Atlas Network — una red de más de 500 think tanks conservadores activos en América Latina.

 

El caso Chihuahua: el doble filo de la guerra narrativa

El episodio de los agentes de la CIA en Chihuahua ilustra, con una precisión quirúrgica, cómo opera esta guerra en su versión más sofisticada. El adversario no solo fabrica percepciones donde no hay datos que las sustenten — también aprovecha hechos reales para instalar marcos que le convengan.

El 19 de abril, dos agentes de la CIA murieron en la sierra de Chihuahua mientras participaban en un operativo antinarcóticos junto con elementos de la Agencia Estatal de Investigación, sin autorización del gobierno federal. Ninguno de ellos contaba con acreditación formal para participar en actividades operativas en México: uno ingresó con visa de turista y el otro con pasaporte diplomático. Ni la SRE ni las instituciones de seguridad federales tenían conocimiento previo de su presencia en el país. La presidenta fue clara: hay algo que no se negocia, se llama soberanía.

Era, en esencia, una violación constitucional protagonizada por un gobierno panista que operó por su cuenta, al margen del marco legal mexicano, en contubernio con una agencia extranjera. Pero la maquinaria narrativa giró el encuadre de inmediato: la oposición optó por defender la eficacia del operativo frente al avance del crimen organizado. De repente, el debate ya no era quién violó la Constitución — era si el gobierno federal era capaz de combatir el narcotráfico.

Ese es el doble filo. Donde hay resultados, instalan dudas. Donde hay logros, instalan excusas. Donde hay soberanía, instalan pragmatismo. Y lo hacen en tiempo real, en redes sociales, en cada celular que hay en el país.

La batalla que importa: narrativa, comunicación y revolución de las conciencias

Gobernar bien y transformar ha sido el sello de los gobiernos federales emanados de la cuarta transformación. Pero comunicar lo logrado es igual de fundamental. No son dos tareas separadas — son las dos caras de un mismo proyecto político. Y si la derecha ha encontrado un flanco eficaz en la narrativa de inseguridad, es en parte porque hemos dejado un vacío que ellos han llenado con desinformación, páginas de todo tipo, todo el día y a todas horas.

Lo que este movimiento necesita con urgencia es una estrategia de comunicación a la altura de la transformación que estamos construyendo. Una arquitectura comunicacional que opere con la misma inteligencia y presencia territorial que el gabinete de seguridad.

La revolución de las conciencias que construimos con el presidente López Obrador nació en la calle, en el casa por casa, en la conversación directa con la gente que nadie más estaba teniendo. Esa es su raíz y su fuerza, y no podemos abandonarla — sigue siendo insustituible. Pero hoy el territorio también es digital. Las conversaciones que antes ocurrían en una asamblea de colonia o en la puerta de una casa ocurren también en TikTok, en Instagram, en YouTube, en X. Y en esos espacios, hoy, la derecha tiene más presencia, más recursos y más coordinación que nosotros. Eso tiene que cambiar. No se trata de reemplazar el trabajo de base — se trata de llevarlo también a las nuevas trincheras, con la misma convicción, con información rigurosa y con voces que hablen el lenguaje de cada generación. El casa por casa y el scroll infinito no son contradictorios. Son los dos frentes de una misma batalla.

Lo que está en juego

La Cuarta Transformación ha dado resultados que ningún otro gobierno progresista en América Latina ha logrado con esta magnitud. Reducción histórica de homicidios, duplicación del salario mínimo, programas sociales que funcionan, estabilidad macroeconómica, y una Presidenta  que es referente mundial de soberanía y dignidad. Pero nada de eso importa si dejamos que la narrativa la definan quienes quieren destruir este proyecto.

La nueva ENSU nos dice que la percepción empieza a moverse. Eso es alentador. Y también es una advertencia: podemos perder ese terreno en días si no sostenemos la batalla comunicacional con la misma disciplina con que se sostiene la estrategia de seguridad.

Quienes formamos parte de este movimiento tenemos una responsabilidad ciudadana: informarnos, verificar antes de compartir, disputar el espacio público con datos y argumentos. La revolución de las conciencias no cabe en una pantalla. Pero tiene que ganar todas las trincheras.


@soy_mazapata
Analista y consultora política especializada en estrategia electoral, operación territorial y comunicación política con enfoque de izquierda. Con más de 13 años de militancia en la Cuarta Transformación, su trayectoria va de la fundación de Morena en Naucalpan y en la CDMX, hasta la coordinación de estructuras nacionales en la campaña presidencial de la Dra. Claudia Sheinbaum en 2024. Ha ocupado posiciones estratégicas en el gobierno federal, el Senado de la República y el partido Morena. Licenciada en Gestión y Administración Pública con estudios en Derecho y especialización en el Sistema Interamericano de Derechos Humanos. Como analista, consultora y feminista ha escrito para medios como Círculo Político.

 

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