miércoles, 29 abril 2026
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La República y su asimetría: seguridad como arancel

En la visita de Marco Rubio a México quedó claro que la relación bilateral ha entrado a un terreno inédito: la seguridad ya no se negocia como un asunto separado, sino como condición directa para mantener abiertas las fronteras comerciales. “Si México no frena el tráfico de fentanilo, Estados Unidos no suspenderá los aranceles”, fue el mensaje descarnado con diplomacia en el tono.  

Este nuevo intercambio revela algo más profundo que un ajuste coyuntural: la consolidación de una geoeconomía en la que Washington usa su poder arancelario como palanca para forzar decisiones de seguridad al sur del río Bravo.  

El T-MEC ya había introducido esta lógica al permitir que temas laborales y ambientales condicionaran exportaciones. Ahora se suma el frente de la seguridad. Lo que antes eran conversaciones separadas —comercio en una mesa, combate al narcotráfico en otra— se funde en un solo paquete. El resultado es evidente: o cumples en seguridad, o pagas en comercio. Y mientras México depende de Estados Unidos para colocar más del 80% de sus exportaciones, la asimetría se vuelve insostenible.  

A esta presión externa se añade una vulnerabilidad interna. Nuestro modelo logístico está dominado por cuellos de botella que se repiten en distintos sectores: ferrocarriles y puertos concesionados a pocos jugadores, aeropuertos que cobran tarifas elevadas y concentran la conectividad, redes digitales en manos de pocos operadores, servicios de paquetería con costos que cierran la puerta a miles de pequeñas empresas. Una red de monopolios que no sólo encarece la vida nacional, sino que multiplica la fragilidad ante presiones externas.  

La pregunta de fondo es qué hará México frente a esta heredada y compleja encrucijada. Volverá a la ruta del pasado, cediendo terreno ante cada nueva presión del norte, o seinsistirá en consolidar un Plan México que dé prioridad a la integración territorial. Andrés Manuel rompió con la lógica que desde Salinas y Zedillo diseñó infraestructura al servicio de la exportación. El Tren Maya, el Corredor Interoceánico y la modernización de puertos en el sureste buscaron equilibrar el mapa y darle a la República una salida propia. Hoy el riesgo es retroceder. Los aranceles amenazados pueden empujar al país a concentrar sus esfuerzos en mantener fluida la vieja ruta exportadora hacia el norte, sacrificando la apuesta por la integración interna.  

La soberanía no se defiende únicamente en mesas de negociación. Se construye en vías férreas que conecten el sureste con el Bajío, en puertos capaces de diversificar comercio hacia Europa y Asia, en aeropuertos y redes digitales que permitan abaratar la conectividad interna, en una política antimonopolio que libere al sistema logístico de sus cadenas.  

De ahí que México necesite dar un paso más: definir una política de soberanía logística. Así como se ha hablado de soberanía energética o alimentaria, es tiempo de reconocer que sin soberanía logística el país siempre estará expuesto. Soberanía logística significa integrar infraestructura física y digital, abrir mercados internos y externos con reglas de competencia, y reducir la dependencia de un solo socio comercial.  

Para lograrlo, no basta con la actuación reactiva de la COFECE. Se requiere un Consejo Nacional de Competencia Estratégica con mandato geoeconómico, capaz de mapear los monopolios en sectores críticos, desmantelarlos y abrir rutas de competencia que fortalezcan la capacidad negociadora de la República.  

Cada kilómetro de ferrocarril abierto a la competencia es una pieza de soberanía ganada. Cada monopolio que se rompe es una frontera recuperada. Cada puerto o aeropuerto modernizado y diversificado es una salida que reduce la dependencia de un solo mercado.  

Estados Unidos seguirá usando aranceles como herramienta de seguridad. No se trata de un exabrupto, sino de una estrategia que llegó para quedarse. La única forma de enfrentarla es construyendo un país menos vulnerable. Porque los aranceles son temporales, pero la dependencia estructural es permanente. Y si no la resolvemos, México nunca será socio: podría seguir siendo rehén.

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