Pluma Patriótica

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La alquimia social de lo particular y lo universal

¿Por qué el mundo demandó una solución estatal para la pandemia de covid-19? ¿Por qué no se implementó, por ejemplo, un mecanismo de libre mercado en la que se dispusieran clínicas para el sector acaudalado y fuerzas policíacas que las resguardaran de los pobres? La respuesta inmediata es: porque hubiera sido inaceptable, y quizá habría provocado un mayor riesgo para los patrimonios globales en forma de rebeldía. Pero la pregunta subsiste: ¿por qué hubiera sido inaceptable para tanta gente?

Álvaro García-Linera tiene una respuesta seductora: porque el Estado es la creencia compartida del resguardo de todos, a través de recursos que son públicos. La esperanza de la protección colectiva frente a desgracias también colectivas: hambrunas, guerras, inseguridad, enfermedades, crisis ambientales, etcétera. Esta idea es la que permite explicar por qué la sociedad permite que el Estado mantenga y ejerza sus monopolios coercitivos y fiscales: porque es la promesa colectiva que hace frente a los miedos compartidos que, además, son de tal magnitud que de antemano sabemos que son irresolubles en soledad.

Sin embargo, dice García-Linera, no hablamos de una comunidad plena: el Estado está organizado, al final, por monopolios decisionales. Es una relación de poder como lo es la familia, la iglesia o el mercado, en la que intereses, miradas, criterios y acciones particulares se transmutan en intereses, miradas, criterios y acciones universales, generales; de todos. La diferencia es la dimensión territorial que le permite al Estado, además, inmiscuirse en esos otros poderes. Hablamos, por tanto, del paradójico monopolio de bienes y recursos comunes que, sin embargo, sigue gozando de la permisividad social en la medida en que es, cuando menos, preferible a otros mecanismos de solución de problemas colectivos.

¿Cómo se gana, entonces, al Estado? ¿Cómo se adquiere el timón de estos fierros paradójicos? En general, dice García-Linera, se logra cuando un grupo o clase social es capaz de postular sus intereses particulares mediante la integración de los intereses del resto de la sociedad. Es decir: [cuando es capaz de] entender la alquimia social de lo particular y lo universal.

En mi opinión, esto explica mejor al fenómeno estatal. Y, por cierto: cuando dicho Estado es democrático, esto no significa que se rompe su carácter fundamental de monopolio de bienes y recursos comunes. Lo que esto significa, más bien, es que el Estado es, de nuevo según García-Linera, una jerarquización viviente y en movimiento de la correlación de fuerzas sociales que varían históricamente en su composición dependiendo de cuál grupo o clase social gana al Estado.

Las resistencias que vemos responden más a estos desplazamientos tectónicos que a un supuesto compromiso con una faramalla procedimental que, en el fondo, se sabe estructurada en torno a objetivos particulares y de élite. Cuando dijimos que el Estado debía ser de todos y de todas, hablábamos en serio

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