Pluma Patriótica

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Fiestas patrias y avanzada latinoamericanista

Dos acontecimientos septembrinos nos remiten a la independencia de México: el del inicio que ocurrió con el alzamiento popular de 1810; y el de la consumación, que ocurrió simbólicamente once años después, con la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México un 27 de septiembre.

En los recuerdos de la memoria cívica, el inicio de la gesta ha protagonizado la celebración, como resultado de la construcción de una memoria que valoró especialmente la intervención popular en una guerra larga y dolorosa (como cualquier otro proceso de violencia armada). En tanto, la consumación ha sido un recuerdo ambivalente, pues al consumarse la independencia en 1821 la propuesta política fue establecer un imperio con el apoyo de las élites criollas. Sin embargo, el proyecto de Iturbide, quien había combatido a la insurgencia popular, no logró sostenerse mucho tiempo y en 1824 por primera ocasión se emitió una Carta Magna de corte liberal.

La conmemoración de este 2021, en donde entre otras fechas significativas se ubica el Bicentenario de la consumación, ocurre en el marco de un proyecto que busca la revaloración de la participación de las masas populares en las llamadas “tres transformaciones” de México (independencia, reforma y revolución) y, a contracorriente con interpretaciones hispanófilas del proceso de independencia, busca también abonar a una conciencia colectiva sobre la trascendencia de la resistencia popular en un acontecimiento definitorio de nuestra historia, y no como una obra adjudicable únicamente a las élites.

Las reflexiones enmarcadas en actos cívicos que ya son tradicionales, como la ceremonia del Grito de Independencia, o las llamadas “fiestas patrias” en el presente, están revestidas de un contexto donde se ha insistido en la importancia de tener a las experiencias del pasado como uno de los principales sustentos ideológicos. El giro entre esta perspectiva y las retóricas de la historia durante el neoliberalismo es de 180°, pues los gobiernos tecnócratas —sobre todo desde 1994— impusieron un modelo donde el olvido era primordial. Apelando a la meta futura de una bonanza económica con base en la técnica, para el neoliberalismo el pasado no solo era un accesorio prescindible, sino sobre todo un estorbo.

La conmemoración del bicentenario del inicio de la independencia del 2010, en este sentido, ocurrió en uno de los momentos de incremento de la violencia en un gobierno sin legitimidad política, que realizó dispendiosos festejos enmarcados en una comprobada corrupción. A diferencia de aquella penosa conmemoración, y enmarcada en una pandemia de dimensiones globales, ahora las fechas patrias septembrinas serán no solo la oportunidad de una reflexión colectiva sobre la gesta popular, sino también una oportunidad diplomática para tejer lazos de comunidad encabezando una segunda oleada de avanzada progresista latinoamericana.

Celebremos pues, la memoria y también el futuro.

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