El legado del general Ignacio Zaragoza permanece con toda la fuerza de la historia en el imaginario del Pueblo de México, su relevancia se atesora y reivindica en tiempos de la Cuarta Transformación, porque su participación al lado de la colectividad en resistencia, conformada por militares de carrera, pero también por los indígenas zacapoaxtlas y pobladores originarios de muchas comunidades de la sierra norte de Puebla, como Xochiapulco, Tetela, Cuetzalan, Xochitlán, Nauzontla y otras, significó el triunfo de la Patria contra el intervencionismo. La victoria lograda -en aras de salvaguardar nuestra soberanía nacional ante intereses extranjeros-, se ha convertido en una enseñanza para el porvenir.
El 5 de mayo de 1862, el Ejército de Oriente derrotó a las fuerzas francesas dirigidas por Charles Ferdinand Latrille, Conde de Lorencez, en la periferia de la ciudad de Puebla. El joven Zaragoza tenía 33 años cuando fue enviado por Benito Juárez del gabinete al frente de batalla, dónde enarboló personalmente la estrategia para defender la plaza y propinar la histórica capitulación de los franceses. Desde las primeras horas del 5 de mayo, Ignacio Zaragoza al pasar revista a las tropas militares y voluntarias, organizadas a lo largo de seis kilómetros contra el ejército invasor, les arengó: «Puede ser que ellos sean el mejor ejército del mundo, pero nosotros somos los mejores hijos de México».
El falaz discurso de «modernidad» que fue empleado por Carlos Salinas de Gortari -y la terrible saga de presidentes neoliberales que le sucedieron durante cuatro sexenios más- para encubrir las acciones de entreguismo y dependencia en materia económica, de subordinación política, y de aceptación a ultranza del colonialismo ideológico, fue solo una narrativa acomodaticia para ocultar la entrega de bienes de la Nación, el desmantelamiento del estado de bienestar, y el otorgamiento de privilegios, con el que las elites de poder político y económico nacionales añoraban llegar a ser como sus símiles del extranjero, principalmente de Estados Unidos y las llamadas potencias europeas. Torpe, pero de manera muy convenenciera y mezquina los beneficiarios del capitalismo de compadres a la mexicana, pensaban que, si ellos eran como los ricos de otros países del mundo, la modernidad estaba en la puerta, y serían aceptados en las alfombras rojas y elegantes de los privilegiados del planeta, sin importarles que el país se hundiera por la desigualdad provocada, y la inseguridad se potenciara rampante.
La modernidad bárbara inaugurada por Salinas, caracterizaba como inevitable la acumulación de riqueza en unas cuantas manos, en detrimento del interés del Pueblo, si se trataba de manos extranjeras se vendía la idea de la llegada de México ‘al primer mundo’; cuando en realidad solo se estaba produciendo un saqueo de nuestros recursos, cuya magnitud todavía no se ha dimensionado y cuantificado totalmente; donde la clase política neoliberal actuaba como empleados y esbirros de intereses privados y extranjeros, para ‘legalizar’ en las Cámaras y dependencias de gobierno el hurto, el pillaje y la entrega del petróleo, las minas y minerales, la electricidad, las playas, los ferrocarriles, la telefonía, la televisión, realizar concesiones inverosímiles para intentar privatizar la salud, la educación y el agua, y una interminable lista de recursos y empresas de la Nación.
En la lógica neoliberal Ignacio Zaragoza y el 5 de mayo significan un momento incomodo, que quisieran borrar, que quisieran se olvidase. Como buenos cortesanos de las elites extranjeras, la simple presencia en la conciencia del Pueblo de aquel general humilde, con voz finita pero firme, paradójicamente nacido en el territorio arrebatado de Texas, y cuyo padre luchó contra los separatistas texanos; es recordar que así como han existido y existen traidores y vendepatrias en nuestra historia nacional, también hay mujeres y hombres libres que como Zaragoza han ofrendado su obra y vida por amor a la Patria, al prójimo, a la grandeza cultural y la riqueza de recursos naturales de nuestro país y su uso a favor de todos los mexicanos.
No es menor que hoy en día los maltrechos referentes del conservadurismo, conspiren y organicen la reacción contra la transformación desde el extranjero: Ricardo Anaya prófugo desde algún lujoso lugar de Texas pretende desvirtuar los logros del Presidente Andrés Manuel López Obrador a punta de tuitazos, eso sí, sin acudir ante las autoridades judiciales en México a aclarar su involucramiento en los sobornos para aprobar la reforma eléctrica peñista, pero se autoproclama próximo candidato presidencial; Carlos Loret de Mola montó una onerosa agencia de desinformación en Miami con recursos de dudoso origen y, ya convertido en vocero de la oposición más entreguista, lanzó desde Estados Unidos dardos envenenados de infodemia y noticias falsas; y Luis Colosio alcalde de Monterrey convoca a su cabildo desde Nueva York, mientras con el apoyo de grupos de poder económico también lo ubican como presidenciable y lo colocan en encuestas publicitarias.
Todos ellos se sienten cómodos siendo opositores desde el extranjero, donde hacen caravana y rinden pleitesía a los amos del dinero, mientras califican de «anticuada o rebasada» la defensa de la Patria que nos ha enseñado la historia nacional a través de sus grandes lecciones.
Cada 5 de mayo como un acto cultural, pero también de reivindicación histórica, los pobladores del cerro del Peñón de los Baños al oriente de la Ciudad de México, escenifican la batalla de Puebla; el barrio se convierte en un carnaval de personajes, los preparativos se hacen previamente con esmero para contar con uniformes cocidos a mano, tanto de mexicanos como de franceses, incluso resuena la pólvora de algunos cañones, participan todos, los más grandes y pequeños del Pueblo originario del Peñón, se reafirma la tradición comunitaria, hay risas, exclamaciones y se reinventan aquellos pasajes ahora con lenguaje y calo de la urbe del siglo XXI; ahí entre el desfile de algún francés de piel morena, de un Zacapoaxtla con su traje de jerga y manta, entre algún catrín extraviado entre la muchedumbre que toma forma a modo de anhelos, pasea, camina y anda el general Ignacio Zaragoza, con sus lentes inconfundibles, y sus frases prodigiosas; desquiciando a los odiadores de ayer y hoy que no pueden detener la locomotora de la historia. La representación del pueblo sobre la batalla de Puebla redime a las mujeres y hombres libres, liberales y libertarios que ofrendaron la vida por los suyos.
La fiesta de la transformación se vive en México este siglo XXI, tiene raíces, luces y caminos. Mientras las élit4es que solo aspiran a ser un remedo de otras elites extranjeras, y darnos cínicos dictados desde fuera del territorio nacional; quiere decir que vamos bien, nosotros estamos por buen camino, abajo y a la izquierda, con la sonrisa franca y la alegría con que la gente recuerda a Zaragoza cada 5 de mayo, en el Peñón de los Baños y en toda nuestra dichosa Patria.



