Las mujeres hemos realizado un largo caminar para transitar a la autonomía, siendo esta requisito indispensable para el logro de la igualdad de género. Además de ser parte de procesos individuales y políticos para el ejercicio pleno de los derechos humanos, la autonomía —en referencia al concepto político— debe ser entendida como “la capacidad de las personas para tomar decisiones libres e informadas sobre sus vidas, de manera de poder ser y hacer en función de sus propias aspiraciones y deseos en el contexto histórico que las hace posibles” (de acuerdo a la CEPAL) y es un factor fundamental para garantizar el ejercicio de los derechos humanos en un contexto de plena igualdad.
Pero realmente ¿qué es la autonomía de las mujeres? De acuerdo con la antropóloga Marcela Lagarde, es un componente fundamental para garantizar el ejercicio de los derechos humanos en un contexto de plena igualdad, “las mujeres tienen autonomía cuando pueden interactuar plenamente en la vida de un país, de una región, del mundo entero” pero también cuando pueden elegir sobre la realización personal, sobre sus recursos económicos, sobre sus cuerpos e incluso sobre el uso y disfrute del tiempo. En la realización de talleres a lo largo y ancho del estado de Guerrero (y otras entidades) he encontrado a mujeres que solicitan permiso para salir con sus amigas —como adolescentes de quince años— a sus esposos, para cortarse el cabello, o para manejar sus recursos económicos. Los roles de género tradicionales achican a las mujeres, las hacen “menores de edad permanentes”; el rol de protector del hombre está en contraposición de la autonomía de las mujeres, como dice Clara Coria en su libro Las negociaciones nuestras de cada día: “Nos consta que la capacidad de proteger no tiene sexo, sin embargo, nuestra sociedad se encarga de sexuarla, y al hacerlo, convierte a las mujeres de depositarias de todos los temores. Un mundo dividido en protegidos y protectores es un mundo de temerosos y temerarios.” La autonomía significa entonces para las mujeres contar con la capacidad y con condiciones concretas para tomar libremente las decisiones que afectan sus vidas. Para el logro de una mayor autonomía se requieren muchas y diversas cuestiones, entre ellas liberar a las mujeres de la responsabilidad exclusiva por las tareas reproductivas y de cuidado.
Para llegar a la igualdad sustantiva entre hombres y mujeres, tenemos que pasar por la igualdad de condiciones en los diferentes ámbitos de la vida, incluso en las relaciones personales, el ejemplo antes mencionado de “pedir permiso” tiene que ver con la falta de autonomía, con el sometimiento de unas a otros. Poco a poco se están modificando las pautas de comportamiento y los roles tradicionales, pero por lo menos una parte importante es hacerlos evidentes, mostrar que hay formas de vivir más plenamente para las mujeres y desde otra visión. La autonomía tiene que ver con la independencia económica y con la posibilidad de decidir en la toma de decisiones sobre cómo se administra ese recurso, y sobre cómo las mujeres pueden administrar su tiempo, y tomar elecciones considerando básicamente su bienestar. Mientras esto se va construyendo, lo que plantea Marcela Lagarde en su libro Claves feministas para la autonomía de las mujeres como principios fundamentales para construir la autonomía de las mujeres son los siguientes puntos:
No ponernos en riesgo.
No auto disminuirnos.
No ponernos en segundo plano.
No colocarnos en la sombra.
No subordinarnos automáticamente.
No servir.
No descalificarnos.
No autodevaluarnos.
No menospreciarnos.
No despreciarnos.
No hacer el consenso a la autodestrucción del yo.
Vivir con la lógica y el beneficio de la ganancia para ti, o sea, ser egoísta.



