Uno de los logros ideológicos más persistentes de las élites económicas y mediáticas ha sido instalar la idea de que la clase media no forma parte del pueblo. Bajo ese relato, ser “pueblo” implica carencia, vulnerabilidad o dependencia del Estado, mientras que pertenecer a la clase media es señal de autosuficiencia y progreso individual. Esta separación no sólo es ficticia, es políticamente funcional para quienes buscan dividir a las mayorías y mantener intactos sus privilegios.
Antonio Gramsci explicó que las clases dominantes ejercen su poder no sólo mediante la coerción, sino también gracias a un consenso ideológico que logra que las clases subalternas interioricen valores ajenos a sus verdaderos intereses. La narrativa que opone a la clase media con los sectores populares es un ejemplo paradigmático de esa hegemonía cultural. Las capas medias adoptan aspiraciones y prejuicios promovidos desde arriba, perdiendo toda solidaridad con quienes comparten sus condiciones materiales y vulnerabilidades.
Ernesto Laclau profundizó esta idea al plantear que el pueblo no es una categoría sociológica rígida ni un mero conjunto de individuos definidos por indicadores económicos. Para él, el pueblo es una construcción política que no está predeterminada, sino que es resultado de una articulación de demandas heterogéneas que se unifican frente a un adversario común. Así, el pueblo es, esencialmente, una mayoría consciente de su opresión y capaz de movilizarse para transformarla. Bajo esta perspectiva, las clases medias pueden y deben integrarse al pueblo, en tanto que también sufren las consecuencias de un modelo económico excluyente y concentrador de riqueza.
En México, este mecanismo divisorio se ha visto con claridad durante los últimos años. La derecha ha alimentado una narrativa en la que las políticas redistributivas supuestamente benefician únicamente a los más pobres, mientras “castigan” a las clases medias con impuestos, servicios públicos saturados o inseguridad económica. Esta estrategia busca disociar a las clases medias del resto de la población para sembrar resentimiento hacia los programas sociales y debilitar el consenso en torno a las políticas progresistas.
Sin embargo, los hechos demuestran lo contrario. Las clases medias dependen enormemente de escuelas públicas de calidad, hospitales accesibles, transporte subsidiado, políticas económicas que contengan la inflación y programas de estabilidad laboral. Incluso acciones como el incremento al salario mínimo y el sistema de pensiones universales impactan directamente en millones de familias en situación intermedia, sosteniéndolas frente a las crisis recurrentes.
En la Ciudad de México, esto es particularmente evidente. Alcaldías como Cuauhtémoc y Miguel Hidalgo concentran a miles de familias de clase media que hoy viven asfixiadas por los precios estratosféricos de la vivienda, desplazadas poco a poco por la especulación inmobiliaria, los abusos del mercado de renta y la gentrificación. Aunque todavía tienen empleo formal y algún ahorro, cada vez más habitantes de estas zonas perciben que el sistema está diseñado para beneficiarse de ellos, no para protegerlos. Son víctimas del mismo esquema que mantiene a las mayorías en situación de precariedad y una minoría que defiende sus privilegios a costa del bienestar colectivo.
Un sector especialmente ilustrativo de esta situación son las y los emprendedores de clase media. Profesionistas que apuestan por abrir un negocio propio o mantener una microempresa familiar y, sin embargo, encuentran obstáculos estructurales que los mantienen al filo de la informalidad o el fracaso. Altas rentas comerciales, crédito caro o inaccesible, impuestos mal diseñados y competencia desigual frente a grandes corporaciones dificultan su crecimiento y precariza su esfuerzo. Si Morena quiere recuperar la confianza de las clases medias urbanas, debe también ofrecer soluciones a estas demandas, por ejemplo con apoyos fiscales progresivos para pequeños negocios, crédito público asequible, incentivos para la formalización y políticas que frenen el acaparamiento de locales comerciales por parte de monopolios inmobiliarios. Reconocer a las y los emprendedores como parte del pueblo es reconocer su vulnerabilidad y su papel estratégico en la economía local.
Para Morena, el reto no sólo es reconocer esta realidad, sino integrarla a su narrativa política y a su propuesta programática. No basta con gobernar para las y los más pobres; también hay que convencer a las clases medias de que su lucha es parte de la misma transformación. Morena debe demostrar que hay lugar para sus demandas legítimas (acceso a vivienda digna, estabilidad económica, servicios públicos eficientes, oportunidades para emprender, seguridad pública y combate a la impunidad) sin abandonar a los sectores más vulnerables. En la CDMX, donde Morena tiene la responsabilidad de gobernar para todas y todos, abandonar este espacio sería regalarlo a una derecha que nunca los representará realmente.
Como señala Gramsci, la hegemonía se gana también en el terreno cultural, persuadiendo y convenciendo, no sólo imponiendo desde el poder institucional. Y, como advierte Laclau, la construcción del pueblo requiere articular demandas diversas en torno a un proyecto común. Esa es la tarea en México hoy: demostrar que la clase media no tiene nada en común con las élites económicas que concentran la riqueza, pero sí comparte destino con quienes sostienen este país con su trabajo.
Defender la idea de que el pueblo incluye a la clase media no es sólo un ejercicio conceptual, es un acto estratégico. La derecha lo sabe, por eso se esfuerza en capturarla ideológicamente con falsas promesas de estatus. La izquierda no puede darse el lujo de abandonarla al discurso conservador.
Hoy más que nunca, el proyecto de transformación debe recordar que nadie que viva de su trabajo, que dependa de los servicios públicos y que tema caer si la economía tambalea, está fuera del pueblo. Porque la verdadera hegemonía no se construye sumando minorías aisladas, sino unificando a las mayorías alrededor de una visión de país incluyente y solidario.
La clase media también es pueblo. En la Ciudad de México y en todo el país, integrarla plenamente es clave para sostener cualquier



