junio 13, 2021

Pluma Patriótica

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miércoles, 18 marzo, 2020
Diego Matus

La virtud cívica en el proyecto de la 4T

Diego Matus

El debate sobre el alcance que tiene la dimensión ética y moral para nuestras sociedades es central si queremos avanzar como comunidad. Sin duda en la esfera política Andrés Manuel es quien ha empujado más esta agenda. 

En la dimensión ética de un proyecto político resuena también el embate de otros intereses. Por ello es interesante que cuando la 4T comienza a perfilar la necesidad de un discurso ético y la importancia de colocar en el centro del debate la necesidad de virtudes cívicas que nos permita convivir como iguales, surgen de inmediato posiciones que buscan ridiculizar y minimizar esta cuestión, diciendo que se “busca” resolver todo con “abrazos” o con consejos de la abuelita.

Pero más allá de la estrategia ciega y ya a estas alturas ridícula de la oposición política de derecha en el país, en lo que poco a poco comienza a existir consenso y claridad, es en la idea de que la ausencia de un debate sobre la importancia de la dimensión cívica para nuestras sociedades es un fenómeno sintomático de los gobiernos neoliberales. 

Es sintomático porque los intereses de los tecnócratas no apuntaban hacia el fortalecimiento de las virtudes cívicas. ¿Por qué habrían de apuntar hacia allá? Si para el mercado entre más atomizados nos encontremos mejor; entre más enfrascados en el corto placismo mejor; entre más orientados estén nuestros valores hacia el consumo y el comportamiento de “masa” mejor; entre menos solidaridad y más respeto a un Estado de derecho coercitivo, pues mejor. 

Conceptos como la solidaridad, el respeto al otro, la responsabilidad social, fueron fuertemente golpeados en México. Las consecuencias de la ausencia de acciones encaminadas a construir una sociedad con un espíritu cívico están a la luz de día: rompimiento de la solidaridad social, el aumento de la violencia, la normalización de la pobreza, o el reforzamiento del ideal individualista de la “meritocracia”, entre otros tantos.

No es el caso afirmar que con el establecimiento de una formación cívica en la ciudadanía todos los problemas se solucionarían, sin embargo, sin ella es imposible construir una comunidad política que sea capaz de sopesar la idea del bien en la mayoría. 

La clave a mi forma de ver de la estrategia del neoliberalismo es la apuesta por la ruptura del “pacto social” y con ello el vaciamiento de los valores democráticos y populares que le dan peso y posibilidad a la construcción de un modelo social donde el Estado sea el responsable de garantizar un mínimo equitativo de posibilidades para todos sus integrantes. 

El neoliberalismo no solo es el modelo económico, no solo es la liberalización de la economía y la acumulación del capital en manos de las élites nacionales y extranjeras, es también un modelo social que establece valores, sentidos de vida, prioridades y una forma de vincularnos con los otros. De ahí que debemos de reflexionar que la lucha por transformar esta en una sociedad más justa todavía encuentra grandes retos por superar, entre los cuales uno de los principales es la batalla cultural. 

A favor de ello tenemos un gobierno progresista profundamente anclado en los valores del republicanismo, donde la concepción de “ciudadanía”, la “virtud cívica” y el “bien común” se encuentran entre los más altos postulados y fines a seguir. 

La pregunta que surge inmediatamente es ¿cómo logramos establecer una “virtud cívica” tan necesaria al republicanismo en nuestra sociedad? ¿Cómo ponernos de acuerdo dentro de las múltiples diferencias que tenemos? ¿Es posible hacerlo?

Para los neoliberales, incluso algunos liberales, la respuesta se presenta pronta: no hay que meternos en ese tema a fin de no faltar a los derechos individuales de las personas. Ello es una falacia, primero porque la dimensión valorativa en una sociedad nunca ha quedado en el vacío y a su propuesta de dar como salida la ausencia de una orientación en este sentido, se presenta rápido y presto el mercando, estableciendo sus valores en función de un individualismo exacerbado. En segundo lugar establecer valores cívicos no necesariamente vulnera los derechos individuales. 

Lo que sí olvidan decir muchas veces es que en efecto existe una lucha de intereses económicos en la sociedad, y que dicha lucha de intereses se fundamenta en la necesidad de los grupos élites de mantener su ventaja económica a pesar de la desigualdad estructural que generan. 

Ahora bien, lo valores cívicos no tienen por característica el ser específicos o restrictivos de libertades, salvo cuando las acciones de los individuos y de los grupos atenten contra una definición clave: el "bien común”. Es por ello por lo que la “virtud cívica” puede entenderse básicamente como las capacidades necesarias para que los ciudadanos puedan convivir bajo la figura de un modelo Republicano. 

El “bien común” es el bienestar de la mayoría, es el actuar en un marco de acciones responsables con las futuras generaciones, con la creación de oportunidades en el presente, con una responsabilidad hacia el medio ambiente, y con el fomento de determinados comportamientos como el respeto al otro o la responsabilidad social. 

Miro bien un proyecto de gobierno que busque generar una vida social que rechace la coerción social, que dé al pueblo el derecho a darse y quitarse a su gobierno, y que apueste por una “virtud cívica” que fortalezca (acaso renueve) el pacto de los poderes y encamine la posibilidad de ser feliz de la mayoría.

 

Diego Matus. Especialista en Política educativa y sociología de la educación. Estudios en la Licenciatura de Filosofía (UABC), y Ciencia Política y Administración Pública (UNAM). Maestría en Ciencias Sociales por la FLACSO. Estudiante del doctorado en Pedagogía en la UNAM. Asesor legislativo de Morena en el Congreso de la Ciudad de México.

 

Twitter: @diego_ilinich

 

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