Ciudad de México a 6 marzo, 2026, 11: 39 hora del centro.
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Las redes sociales al servicio de la clase dominante

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Cuando se fundó Facebook, hace 17 años, posiblemente ni siquiera sus fundadores tenían idea del gigante en el que se convertiría; tampoco nosotros, cuando empezó a popularizarse la red social hace poco más de una década. No solo se trata de Facebook, también Twitter, Instagram, Snapchat y recientemente TikTok, por mencionar las más populares, son plataformas que han supuesto una llave a la puerta del mundo que hay más allá de nuestro territorio inmediato y que hay más allá de lo que los antiguos medios tradicionales nos mostraban de manera selectiva. A diferencia de los productos de entretenimiento mencionados, las redes sociales han sido potentes herramientas de la globalización en cuestiones culturales que no solamente nos posicionan en el lugar del espectador, sino que nos permiten, o esa sensación nos da, de ser protagonistas y crear nuestro propio contenido cuyo límite es la creatividad que tenemos y los materiales disponibles, cayendo en la ilusión de que entramos en una era de democratización de los medios de entretenimiento e información.

Si bien no se niegan las bondades que han surgido tras la creación de las redes sociales, estas no dejan de ser medios ideológicos diseñados de acuerdo a la ideología dominante que persigue ganancias a costa de lo que sea. Esta industria, la de las redes sociales, ha llevado a otro grado el tema de la acumulación de capital, pues ni siquiera necesita producir – en lo que se entiende tradicionalmente como producción – pues somos los propios usuarios quienes producimos el contenido que ahí se consume. Las recientes noticias publicadas sobre los “Facebook Papers” son un ejemplo de lo mencionado a inicios del párrafo, en donde los testimonios de exempleados de la compañía relataron cómo Facebook desatendió los “focos rojos” que se encendieron cuando proliferaban en países de oriente, mediante la plataforma mencionada, mensajes de odio en prejuicio de la comunidad islámica, de las mujeres y de la comunidad LGBTI+.

Otras redes sociales, como Instagram y TikTok, en donde domina lo visual y funcionan con distintos algoritmos para mostrar a los usuarios cierto tipo de material, han sido también acusadas de discriminar el material que no entra en ciertos estándares de atractivo visual, y aunque no hay estudios con metodologías rigurosas que lo demuestren es simple lógica la que nos puede ayudar a deducir la veracidad.

Las redes sociales se han convertido en plataformas construidas como reflejo de la cultura de la clase dominante, en donde la belleza física, el lujo y los estilos de vida de cierto sector social se presentan como el ideal de vida para los millones de consumidores. Estamos muy lejos de hablar de una democratización de estos medios, pues son las propias condiciones de vida las que limitan al grueso de la población a formar parte de los actores que generan discurso en estos, miles de ideas se sepultan bajo lo atractivo de la tecnología en el campo de los videojuegos, las vidas perfectas de los llamados “influencers” y lo llamativo de unos zapatos deportivos “fosfo fofo”.

El peligro no es que la gente prefiera consumir estos productos, sino en que los mismos son herramientas ideológicas que construyen hegemonía a veces de una manera tan inteligente que se vuelve imperceptible. Y aunque hemos repetido muchas veces que la realidad del país no está en las redes sociales -cosa que es cierto –, su expansión es una realidad que debemos tener en cuenta, de nada servirá ignorarlo o minimizar los alcances a mediano plazo.

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