Es patear como las mejores.
El 23 de mayo conmemoramos el Día Internacional del Fútbol Femenino, una fecha que desde 2015 —gracias a una iniciativa de la CONCACAF— busca visibilizar, promover y fortalecer la participación de las mujeres en el fútbol, un espacio que durante siglos nos dijeron que no era para nosotras. Nos lo repitieron en las escuelas, en las canchas, en los medios y en la cultura popular: que el fútbol era de hombres, que nuestras piernas no eran aptas para patear un balón, que nuestra fuerza no alcanzaba para competir y que nuestra presencia desentonaba en un deporte marcado por el machismo.
Pero las mujeres han demostrado, una y otra vez, que no solo tienen un lugar en el fútbol, sino que están dispuestas a disputar todos los espacios que históricamente les fueron negados.
En los últimos años, hemos sido testigas de una transformación importante. La creación de la Liga MX Femenil en 2017 marcó un hito en el fútbol profesional en México. Por primera vez, las jugadoras dejaron de ser figuras amateur o “que ni en su casa las conocen” y comenzaron, incluso, a llenar estadios; a tener visibilidad en los medios y a ganar un lugar en la conversación pública. Esta apertura no ha sido un regalo, sino fruto de la organización, la persistencia y el talento de muchas mujeres que desde hace décadas han jugado, entrenado, dirigido, narrado y luchado por el fútbol.
Sin embargo, la igualdad está lejos de alcanzarse. Las condiciones laborales de las jugadoras siguen siendo profundamente desiguales. Mientras algunos clubes pagan millones por fichajes masculinos, el salario promedio de una futbolista en México ronda entre los 8 y 12 mil pesos mensuales. Muchas de ellas deben combinar su carrera con otros trabajos, estudios o el apoyo de sus redes familiares para poder seguir en la cancha. La brecha salarial, la falta de contratos dignos, el acceso desigual a instalaciones y la escasa inversión en fuerzas básicas femeninas son apenas algunos de los obstáculos que enfrentan.
A esto se suman las violencias simbólicas: los comentarios misóginos en medios, los prejuicios que arrastramos desde la infancia y el trato condescendiente que muchas jugadoras reciben. Como ha denunciado la periodista Marion Reimers, aún falta mucho para que las mujeres sean reconocidas en igualdad de condiciones, tanto en la cobertura mediática como en la narrativa deportiva dominante.
Y, aun así, las mujeres siguen jugando. Y no solo eso: están transformando la forma de jugar. Muchas de ellas han apostado por otro modelo de competencia, donde reconocen a la de enfrente como una igual; donde el respeto, la pasión y el compañerismo también forman parte del juego. Donde cada gol, cada pase y cada entrada es también un acto político. Una forma de decir: aquí estamos, y no nos vamos a ir.
En ese sentido, no se trata solo de jugar fútbol. Se trata de resistir. De desafiar un orden que nos quiso pasivas, fuera del campo, como espectadoras silenciosas. De demostrar que sí se puede, que sí sabemos, y que sí merecemos estar en todos los espacios.
Por eso, hoy no solo celebramos a quienes juegan profesionalmente. Celebramos también a las niñas que se calzan los tenis para jugar en la calle, a las entrenadoras que abren espacios comunitarios, a las narradoras, a las fotógrafas, a las aficionadas que llenan las gradas, a quienes organizan torneos barriales y a todas las que, desde distintos frentes, siguen abriendo camino.
Porque sí: patear como niña no es un insulto. Es una declaración de fuerza. Es una forma de resistir y de transformar. Y mientras sigamos jugando, también seguiremos cambiando las reglas.


