Pluma Patriótica

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Primero nos pidieron no hablar de política, hoy nos piden no reventar la conversación pública

Por: Cecilia Cota

Durante años, desde las cúpulas de la alianza entre el poder político y el poder económico se instauró la idea general de que en México hace falta “cultura política”. Y claro, cómo no hacer referencia a esta carencia si en nuestro país “no se habla ni de política, ni de religión ni de fútbol en la mesa” (o mejor aún, en ninguna parte). Y hoy que se deja ver que la gran falta de involucramiento político de las y los ciudadanos es un mito (decir que falta participación e involucramiento en los asuntos públicos es olvidar todas las luchas comunitarias y colectivas que se construyen desde abajo), se nos pide que no seamos tan radicales.

La democracia, desde su origen, fue concebida como una tarea de unos pocos, de aquellos (sí, en masculino) eruditos que tenían el conocimiento y la habilidad para debatir los asuntos públicos, y de las clases sociales más altas. El propio Platón argumentaba que no sería hasta que los filósofos gobernaran las ciudades que estas iban a descansar de los males que las aquejaban.  El poder político debía otorgarse entonces únicamente a los filósofos, a los sabios. Aristóteles, por su parte, definió a la democracia como un gobierno de muchos, pero corrupto y defectuoso. Posteriormente, en occidente medieval, surgió la idea de que los asuntos públicos eran únicamente asuntos de Dios y sus voceros, dejando de lado la democracia e instaurando sistemas monárquicos. Ya decía Maquiavelo que el objetivo de los gobernantes era asegurar el bienestar y la seguridad de los ciudadanos pero, para lograrlo, había que ser docto en el engaño, la traición y la secrecía (¿les suena?).

Sin el afán de resumir siglos de historia de las ideas políticas, diré que fue en la era de la razón y la iluminación cuando las ideas de la democracia más moderna comienzan a tomar forma, como que la política es el arte de la asociación de los hombres para buscar el bienestar común y las teorías de los contratos sociales de Locke, Hobbes y Rousseau. Aún así, la política seguía siendo un asunto de élites.

En general, se fue creando un consenso sobre la idea (nuestras sociedades y sus instituciones están fundadas sobre ideas) de que la democracia es una de las mejores formas de gobierno, pues implica el poder del Pueblo para el Pueblo. Sin embargo, la noción de que no todas las personas pueden participar de ella aún persiste. Y en muchos países donde se tiene un sistema de gobierno democrático lo que prevalece es una democracia de élite, fundada en la idea del liberalismo, pero con ciertas libertades —sobre todo aquellas de asociación y participación— garantizadas para muy pocos. Son democracias donde la alianza entre el poder político y económico se encarga de legitimar y deslegitimar lo público para satisfacer intereses individuales.

Y qué decir del diablo comunista que se asoma a la más mínima provocación, atizando “la violencia”, pues como decía José Martí: “los derechos se toman, no se piden; se arrebatan, no se ruega por ellos”. Después llegaron los movimientos de cero violencias (Gandhi, el gran ejemplo) seguidos, de nuevo, por las revoluciones violentas y un mundo dividido por ideología política (un mundo configurándose por ideología política) … Y aún se nos dice que de política no se habla.

Y yo, como buena gramsciana, me enojo cuando veo el circo de democracia que instauraron los gobiernos neoliberales, no solo en México, sino en el mundo. El gran Gramsci concibió la lucha por el poder político como un asunto revolucionario, pero también cultural, reconociendo que ningún gobierno, sin importar cuan poderoso sea, puede mantener el control solo con el uso de la fuerza pública; se requiere de legitimidad y consenso popular. Pero nuestras democracias modernas, inscritas en sistemas políticos neoliberales, han desvirtuado el papel de la ciudadanía y de los intelectuales para instaurar democracias discursivas.

A los hombres de las democracias discursivas les encanta hablar de la paz, de la participación ciudadana, de las consultas populares, de la sociedad civil organizada; se llenaron la boca de mesas de diálogo, de foros, de procesos participativos y de leyes y reglamentos para acompañar a estas —tan importantes— herramientas democráticas. Una vez más es un asunto de élite.  Y lo que resalta es que desde los territorios ha habido expresiones políticas de diversas índoles en la historia reciente del país; decir que falta participación e involucramiento en los asuntos públicos es hacer caso omiso de todas las luchas comunitarias y colectivas que, desde abajo, han enarbolado las causas de los derechos humanos, la justicia social, la protección del medio ambiente y la búsqueda de una sociedad más democrática. Estas luchas no tenían cabida entre los “expertos” que durante años clamaron una nula participación ciudadana.

Cuando nos atrevemos a intentar detener el circo y a quitarle la máscara democrática a la aristocracia, entonces se nos tacha de radicales. Estamos ante un momento de la historia mexicana que exige no andar a medias tintas, hay que decirlo claro: en la mesa y en todas partes hay que hablar de política, y no solo eso, hay que hablar de ideología política, reventando todos los días la conversación pública, que ser antagónicas no nos asuste. Se trata entonces de construir finalmente una democracia plural, donde las ideologías verdaderamente se antepongan. Como bien adelantaba Mouffe, los intentos por andarse en la “tercera vía” (o para ser más clara en el “ni de izquierda ni de derecha”) solo han generado que la extrema derecha se consolide y avance a paso firme, y eso, eso sí que no podemos permitirlo.


@ececiliacota
Maestra en Ciencias Sociales con una Especialidad en Desarrollo Municipal- El Colegio Mexiquense A.C. y Licenciada en Ciencias Políticas y Administración Pública- UAEMéx, trabaja en Centro Eure S.C. consultoría especializada en temas urbanos y políticas públicas, realiza una estancia de investigación especializada en el Colegio Mexiquense A.C. y es asistente de investigación SIN-III CONACyT, ha sido profesora en la Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Lerma.

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