jueves, 23 abril 2026
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El mundo multipolar que viene

“Que conste que cuando la historia llamó, hicimos lo correcto por la memoria de quienes sufrieron la indignidad de la esclavitud”. La frase la pronunció John Dramani Mahama, presidente de Ghana, el 25 de marzo ante la Asamblea General de Naciones Unidas. La resolución que impulsaron la Unión Africana y la CARICOM no establecía reparaciones automáticas ni creaba obligaciones jurídicas vinculantes. Aun así, los 27 miembros de la Unión Europea, junto con el Reino Unido, Australia y Japón, optaron por la abstención. La resolución fue aprobada con Rusia, Serbia y Bielorusia como las únicas naciones europeas acompañando al Sur Global.[1]

El pronunciamiento caracteriza la trata transatlántica de esclavos como una de las violaciones más graves de la historia humana, en línea con su reconocimiento como crimen de lesa humanidad, pero la objeción de Europa no fue negar la existencia de la esclavitud ni su brutalidad histórica, sino rechazar la posibilidad de establecer jerarquías entre atrocidades —una escala de gravedad que, según su argumento, carece de base en el derecho internacional y podría erosionar la universalidad del marco jurídico en materia de Derechos Humanos—.[2]

En otras palabras, para no agraviar a las víctimas del Holocausto o del exterminio en Gaza, decidieron invisibilizar el mayor negocio de seres humanos en la historia occidental. Elegante la argucia, la hipocresía impecable.

Ahí es donde la abstención se convierte en una decisión política: no es cuestión de lo que la resolución obliga, sino de lo que nombra. Reconocer la trata de esclavos como pecado original del capitalismo occidental no implica asumir culpa heredada ni activar automáticamente un régimen de reparaciones; supone aceptar que la acumulación original que hizo posible la posición de privilegio europea se edificó sobre la mercantilización sistemática de vidas humanas.

Entre los siglos XVI y XIX, 15 millones de africanos fueron capturados y transportados a América; más de dos millones murieron en la travesía. Ese tráfico de seres humanos produjo un flujo de capitales que financió redes comerciales, consolidó rutas marítimas, alimentó los incipientes sistemas financieros y sostuvo plantaciones extractivas —azúcar, algodón, tabaco, cacao, añil, café— que consolidaron el mercado atlántico. Hablamos de la columna vertebral que sostiene la hegemonía de la civilización occidental, no de un lamentable episodio aislado.

En días recientes, la película La grazia de Paolo Sorrentino llegó a las salas de cine.[3] Su protagonista, el presidente de la república italiana, un ex-magistrado católico paralizado por el miedo a decidir, representa a la ONU frente a países africanos y del Caribe que la interpelan. Su vocera es la directora de la revista Vogue, su hija la consejera jurídica y su confesor el Papa —africano, francófono, con rastas, arete y montado en una Vespa—, que sin negar la modernidad no la abraza del todo, se opone a la eutanasia, como Europa se opone al reconocimiento de las bestialidades de la colonización. Progresista en apariencia, conservador en sus ideas.

Las naciones europeas de trato cosmopolita, inflexibles en esencia, se parecen a ese improbable Pontífice. No niegan que la esclavitud fue una barbarie, niegan que sea esa infamia lo que explique su prosperidad. Un régimen global no se sostiene únicamente en la distribución del poder material. También descansa en la capacidad de definir qué hechos son abominables, qué merece memoria y bajo qué términos se articula el reconocimiento civilizatorio. Ese es el control del relato que ejerce el eurocentrismo, donde no solamente influye en las decisiones sino en los marcos normativos desde los cuales esas decisiones se vuelven legítimas.

Cuando las potencias occidentales rechazan —aunque sea de manera indirecta— una resolución que denuncia la centralidad histórica de la esclavitud transatlántica, no están protegiendo la coherencia del derecho internacional. Defienden su posición como árbitros de la memoria legítima. Deciden, en la práctica, qué monstruosidades pueden ocupar el centro del sistema moral global y cuáles deben permanecer al márgen del debate público para mantener las jerarquías del sistema internacional que les dieron su riqueza y sostienen su estado de bienestar.

El nuevo orden mundial no será solamente el resultado del reacomodo de fuerzas entre Estados sino el camino para transformar la estructura económica de extracción de materias primas, subordinación del trabajo y apropiación de conocimientos de las antiguas colonias para acumular riqueza en las potencias occidentales. Una transición hacia un marco más plural, más descentralizado —y desde una dimensión antropológica— que declare toda economía que degrada la vida como irracional y, por lo mismo, ni ética, ni ecológica ni históricamente sostenible: así se vislumbra el mundo multipolar que viene.[4]


[1] México respalda a la ONU: solo tres países votan en contra de declarar la esclavitud como el crimen de lesa humanidad más grave – Infobae

[2] James Kariuki, encargado de negocios del Reino Unido ante la ONU, afirmó que Gran Bretaña estaba «firmemente convencida de que no debemos establecer una jerarquía de atrocidades históricas»,

[3] Crítica: La Grazia: La belleza de la duda – Rolling Stone en Español

[4] Seminario Geoeconomía con Oscar Rojas – Sesión 5 – La guerra y el futuro

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