jueves, 23 abril 2026
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¿Miedo a la masculinidad?

Sí, hay que temerle a esa masculinidad que violenta, que somete, que agrede física, psicológica, económica, digital e institucionalmente a millones de mujeres cada día. Hay que temerle a la masculinidad que todos los días comente 7 feminicidios.

Hay que temerle a la masculinidad que alardea de ejercer la fuerza física frente a otros hombres. A esa masculinidad que considera menos a quienes no se enfrentan a puñetazos; a la que grita desde el auto o se echa encima; a esas masculinidades que todos los días pelean por confrontaciones absurdas; a esa masculinidad que engrosa los números cada día por muertes violentas con armas blancas o de fuego.

Si algunos hombres enfrentan dificultades en la construcción de su masculinidad, es porque niegan la violencia machista que ejercen, porque se afirman en la desigualdad. Les preocupa la infancia, pero abusan sexual y físicamente de menores; se dicen defensores del matrimonio, pero violentan a sus parejas. Sí, esa es la masculinidad que dicen que les preocupa, no la que ejercen con los privilegios del machismo, de la violencia, del control y del odio hacia lo diferente, hacia quienes son menos favorecidos por el sistema económico, por prácticas racistas, homofóbicas y clasistas.

Quieren construir espacios en donde refrenden su masculinidad dominante, pero no se cuestionan las cifras alarmantes de las violencias, ni escuchan a las víctimas de esas masculinidades que arrasan con cualquier sesgo de igualdad. Pareciera que pensarlo les incomoda, les hace sentirse menos y, de manera absurda, los lleva a no querer construir desde la igualdad, sino desde la subordinación. Temen perder poder para violentar y para acosar, porque todo apunta a que su seguridad se sostiene en ejercer violencia sobre quienes perciben como más vulnerables.

Sí, le tememos a masculinidades que hacen oídos sordos a las demandas de las mujeres. Por eso, espero que los diálogos que los hombres construyen entre sí, escuchen también las voces de quienes padecemos esas masculinidades violentas, homofobas, clasistas y racistas. Sí, ustedes y nosotras tenemos que trabajar por nuevos tratos y contratos sociales, en donde los valores sean equivalentes y no equidistantes.

Que no ignoren las dos alertas de violencia de género que tenemos en el estado de Jalisco; que les alerte que 7 mujeres son asesinadas por sus parejas todos los días; que no ignoren que aquí también se desparece a hombres y mujeres, que no ignoren que aquí se localiza la mayoría de fosas clandestinas, que no pretendan invisibilizar las vivencias de las miles de mujeres que se han sentido violentadas a lo largo de sus vidas, muchos menos olviden a las mujeres que han violentado.

Queremos hombres que sean solidarios, que acompañen, que deconstruyan los roles tradicionales; que promuevan el diálogo, la empatía y la igualdad; que se alejen de la dominación y la violencia física o emocional; que reconozcan sus emociones y que fomenten relaciones respetuosas, solidarias y pacíficas.

Los diálogos desde espacios no patriarcales le harán mucho bien a la sociedad, a las mujeres y a los hombres. Espacios donde los derechos de las mujeres no se perciban como una amenaza, sino como un camino que conduce a buen término; donde los discursos antifeministas sean reprobados; donde nos comprometamos a cuidar y acompañar las infancias; que los cuidados paternos se hagan realidad; que reconozcamos a las familias con las que convivimos; que la organización heteronormativa que ha sostenido las violencias y violaciones a las niñas, adolescentes y mujeres se convierta en cosa del pasado, como creencias arcaicas y reprobables.

Es tarea de todas y de todos construir espacios seguros para las niñas y las mujeres. La solidaridad es fundamental para impulsar prácticas de acompañamiento y avanzar hacia una sociedad más justa. Resistir a los embates machistas todos los días, es profundamente desgastante para miles de mujeres; y, para algunos hombres también lo es, porque tienen que sostener una idea de masculinidad que les exige demostrar que son machos, fuertes, que nunca experimentan miedo. Afortunadamente existen hombres que están transformado esas masculinidades, que han aprendido a construir relaciones igualitarias en las que no temen perder nada. Están conscientes que gana cuando cuidan en igualdad, acompañan y son corresponsables en sus afectos.

Todas las instituciones sociales, incluidas las religiosas, también tienen una responsabilidad ineludible en la erradicación de esas violencias. No basta con enunciar valores: es necesario que revisen sus discursos, que abandonen narrativas que han sostenido la desigualdad y que asuman el compromiso de construir relaciones más justas e igualitarias.

La igualdad no se predica: se ejerce. Y toda forma de violencia debe ser rechazada.

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